En estos tiempos de total deshumanización en los que permea el individualismo a todo lo que da y los valores éticos y morales han entrado a una espiral de destrucción a tal grado, que las nuevas generaciones comienzan a carecer de los principios básicos de convivencia, respeto, solidaridad y hasta rebeldía. Aquí, las imágenes siguen siendo un factor determinante en las nuevas relaciones de poder que surgen del uso indiscriminado y tergiversado de las tecnologías digitales, la imagen se ha vuelto desechable y con ella la memoria.
Al igual que el uso del libro sustituido por el texto digital y que comprobado por algunos estudios científicos, no se asimila de la misma forma la información a través de la pantalla del ordenador que el impreso en papel. Con la fotografía pasa lo mismo pero además se pierde también su poder aurático; si la foto en su momento puso en tela de juicio a la obra de arte con el tema de la reproductibilidad técnica y la pérdida de su poder aurático, como señalaba en su momento Walter Benjamin, con la foto digital se pierde más que eso, se pierde el objeto de contemplación y más grave aún la memoria.
Es decir, la fotografía cuya función esencial era capturar el momento para la posteridad, retener la imagen del recuerdo de forma física, manipulable y como objeto de contemplación se volvió desechable. Esta “foto del recuerdo” de algún evento importante, por ejemplo la cena familiar del Año Nuevo de 2017, hoy navega en el universo infinito de bytes de la world wide web (WWW), archivos digitales y tarjetas de memoria donde el objeto foto no es físicamente tocable sino virtual a menos de que se le imprima en papel o algún soporte físico. Así, el “baúl de los recuerdos”, el álbum de fotos de ese evento es tan solo virtual y forma parte de algún archivo digital que a partir de este momento se irá perdiendo en el universo de archivos guardados en los ordenadores y o en la memoria virtual de las redes sociales de donde no saldrá probablemente nunca y con el tiempo se perderá cuando se reciclen los nuevos programas que procesan imágenes, que es cada rato.
Se pierde la continuidad del tiempo y con ello la memoria. La imagen se vuelve tan desechable que las fotografías que se tomaron, se vieron, se publicaron y anduvieron en boca de todos en las redes sociales el día de ayer o hace un par de días, hoy se olvidaron, perdieron su temporalidad y su importancia. Así, la memoria comienza a borrar el instante para darle paso a nuevas imágenes, nuevos recuerdos temporales que volverán a ser desechados y la continuidad de la línea de tiempo se comienza alterar, mezclando imágenes del ayer con el de hoy con las de la semana pasada e incluso con las del mes o el año pasado.
La fotografía pierde su impacto a corto plazo o se convierte en meme alterando su sentido original y la avidez por la novedad innata del ser humano hace que sea fácil desechar los recuerdos capturados y provocando que vivamos solo en el momento o en la coyuntura.
Metidos en esta dinámica, la falta de memoria, por ejemplo la colectiva, nos impide aprender y más fácilmente estamos destinados a volver a cometer los mismos errores una y otra vez y con más frecuencia cada vez. No tenemos un respaldo en nuestro banco de datos, por decirlo de alguna manera, que nos permita comparar o tener marcos de referencia de un acontecimiento que nos impidan volver a repetir el evento.
Pero qué nos espanta, así es la cultura del capitalismo, desechable a tal grado que el mismo ser humano comienza desecharse a sí mismo. Todos los objetos que se adquieren son desechables y sustituibles por otros. Tecnológicamente, el teléfono móvil que se adquirió hace unas horas se vuelve desechable y obsoleto en escasos 15 días porque salió una nueva versión lo mismo pasa con los programas de computación, con el videojuego, con las cámaras digitales, bueno hasta los amigos en las redes sociales también son desechables un día emocionados los aceptamos y otro día con una simple tecla los eliminamos de los listados de los que apenas 10 por ciento son realmente la gente con la que tenemos alguna relación de amistad.
La ciencia ficción de Ray Bradbury es una realidad, estamos a punto de quemar la historia, la memoria, el libro, la imagen, la obra de arte, nuestras identidades. La tecnología es una herramienta maravillosa pero con uso adecuado y responsable y no como peones del capitalismo, hacernos conscientes de ello es el primer acto de rebeldía y no jugar el perverso juego será la primera acción de resistencia.

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