El escenario es una playa, mamá y papá sostienen la mano de Ana, una niña sonriente. Mamá tiene 20 años, el pelo suelto cubre los hombros pecosos y un sombrero le oculta medio rostro; viste con una falda muy corta y una blusa de manta. Ana lleva un traje de baño color rosa. Papá viste un short amarillo y le falta el rostro, lo retiraron con una pluma pasándola muchas veces por el contorno. Papá solo es cuerpo y manos.
El resto del álbum familiar son fotografías similares, papá vestido de traje, papá con un pantalón de mezclilla, papá siempre sin rostro. Cuando Ana cumplió cuatro años, sus padres se divorciaron, desde entonces solo se ve la madre —con el gesto fruncido y el pelo excesivamente corto— posando en las fiestas infantiles, las vacaciones con los primos, la graduación de la escuela.
En esta casa no se menciona a papá, los hombres son seres oscuros que buscan sacar ventaja, abandonan, siguen con su vida, egoístas. Son malos. No sirven para nada.
Solo hay un hombre bueno, el abuelo de Ana, don Rubén, que la mira desde una vieja fotografía que restauraron alguna vez. El único rostro que se puede evocar es el del pasado.
Ana se casó a los 16 años con Mauricio, el novio de la preparatoria. La ceremonia fue muy precipitada. Fue una fiesta sencilla y tras una comida simplona, se fueron a su nueva casa, el cuarto de servicio de la mamá de Ana, acondicionaron una cocineta y pusieron la cama al lado de una cuna que perteneció a ella.
Mauricio siguió estudiando y ambos asistieron a la graduación, solo llegaron a misa pues la mamá de Ana accedió a cuidar al bebé dos horas. Bebé, así le llamaban desde que nació, todavía no podían encontrar un nombre. Llamarlo Mauricio, sería condenarlo al fracaso.
El nuevo álbum de fotos tiene a Mauricio, Ana y el bebé una tarde en el parque, la boda, ellos dos de novios con cientos de fotografías digitales que imprimieron.
—Mira lo que has logrado: nada. Si se llama Mauricio terminaría llevando a su esposa a un cuarto de azotea.
—Es temporal.
—No quiero que mi hijo sea temporal. Que se llame Rubén, como mi abuelo.
—Tu abuelo se suicidó.
—No se suicidó, se resbaló de la azotea de ese edificio.
—Seguro se aventó porque no soportaba a tu abuela.
—Eres un idiota, no hables de los muertos. El bebé no se va a llamar como tú. Punto.
Por las mañanas, Ana y el bebé ayudan a su madre en los Abarrotes Don Rubén. Si su hijo se llamara Rubén, un día sería un hombre respetado.
—No sirve para nada. Si no fuera por ti, estaríamos muertos de hambre en la calle.
—Déjalo, todos son iguales. Aquí no les falta nada.
Mauricio va a estudiar contabilidad, es una carrera corta y en este mundo todos necesitan un contador. Pese a que sus calificaciones son mediocres, logró un lugar en la universidad pública. Consiguió un trabajo de medio tiempo en un centro telefónico, le suplica a quien contesta que escuche los beneficios de la compañía telefónica que representa.
Le dan 10 pesos por cada persona que cambie su línea a la compañía neozelandesa que contrató al ejército de personas, quienes —durante cinco horas consecutivas— se encierran a marcar el teléfono y repetir las frases que aprendieron en la capacitación.
—Buenas tardes, ¿hablo con el titular de la línea?
—¿Quién habla?
—Soy Mauricio Torres de la nueva compañía telefónica neozelandesa.
—¿Por qué tiene mi número?
—Porque sus datos nos los proporcionaron para que le podamos contar los beneficios de nuestro paquete.
—Si tiene mi número, lo menos que puede hacer es decir mi nombre.
—Esos datos son confidenciales.
—También mi teléfono.
¿Por qué no contestó una mujer mayor?, las mujeres mayores siempre tienen disposición, son educadas, escuchan y son fáciles de convencer. Pero las mujeres jóvenes son defensivas, te hablan de leyes, derechos, de manejo de información confidencial. Si supieran que muchos datos solo son variaciones de números, juegos de azar, dejarían de ser tan quisquillosas. Mauricio debe respirar y no perder el tono neutral.
—Su teléfono es público, desde que es obligatorio registrar su línea telefónica.
—Pues quiero que me lea la fracción en donde diga que cualquier empresa, no importa su nacionalidad, puede marcarme por teléfono.
No puede colgar, la llamada puede estar siendo grabada para fines de calidad, cuenta la leyenda que alguna vez los clientes de la empresa neozelandesa eligieron grabaciones al azar para escuchar el proceso de convencimiento, dicen que fue una mujer rubia de más de metro 80 de estatura quien, entre todos los archivos de audio, eligió al azar algunos para garantizar la calidad. Así fue como escuchó al “despedido”, lo escuchó antes de que su estatus fuera despedido. Él respondió a una mujer enardecida con un insulto. Desde entonces, todos en el centro de atención telefónica hacían acopio de fuerza para no perder el control. El “insulto” ni siquiera se sabía si se trató de una palabra hiriente o un “chingue a su madre”. Entonces, para no perder su trabajo, medio tiempo, prestaciones de ley, sueldo base y comisiones, mejor no utilizaba ni tonos de voz, ni palabras que pudieran comprometerlo.
—Señora, no puedo leerle esa fracción porque usted debe tener su contrato en casa.
—Deje de estar molestando, le he pedido que me borren de su base de datos.
—Señora, quiero hablarle de las llamadas e Internet ilimitados…
Debía leer la perorata, eso garantizaba que al menos percibieran su esfuerzo.
Mauricio salía agotado.
—¿De qué te cansas si estás todo el día sentado? Muy cómodo en la escuela con tus amigos y después, hablando por teléfono.
—Es que no es tan fácil.
—¿Y así vas a mantener al bebé? Mi mamá tiene razón.
Esa noche, Mauricio se levantó en la madrugada, tuvo cuidado de despertar a Ana, entró al baño, el único sitio apacible en esos días, tomó su álbum de fotos y, con paciencia, comenzó a delinear su rostro de cada una de las imágenes.

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.