Aquella frase le causó un gran impacto, tanto así que se quedó toda la noche pensando en ella y preguntándose por qué le había tocado tan adentro y destruido sus capas psicológicas protectoras.

Quizá tuviera que ver con quien la había dicho o tal vez con su propio contenido, aunque en principio parecía tan inocua como otras que había escuchado antes. Probablemente el asunto tenía que ver con el momento.

Pero lo cierto era que el conjunto de toda una serie de circunstancias, unido a la situación anímica en que se encontraba, en conjunción con el contexto en que había sido dicha la frase, habían hecho que esa le llegara a lo más hondo de su ser, dejándolo en un estado lamentable.

Abrió los ojos y vio una rendija de luz que se colaba por la persiana de la ventana. “Un nuevo día”, pensó con cierta esperanza nacida del rayo de Sol que se filtraba.

Veía el aire en forma de polvo y hasta distinguía el cúmulo de ácaros ascendiendo, en el vientecillo cálido de la habitación, hasta el artesonado del techo, donde se incrustaban hasta formar una densa costra de suciedad.

Un doblez de la almohada se le hundía en la mejilla derecha. Cambió de posición y los muelles herrumbrados de la cama resonaron con tristeza. Desaparecido el filo de luz del nuevo amanecer, apareció en su lugar un pequeño círculo de claridad –que era apenas distinguible en el centro de la pared blanca de enfrente– iluminando una mancha de humedad que le recordó su niñez entre lluvias y monotonías.

¿Le dolía el oído o le picaba? No distinguía muy bien si era lo uno o lo otro, pues estaba en aquella zona intermedia en que la intermediación entre ambos fenómenos era mutuamente intercambiable. Se hundía en la zozobra de esa intermediación sin poder librarse de ella, pese a las gotas que se había suministrado con dispendio.

Escuchó a su lado el respirar profundo y regular de su mujer, quien dormía plácidamente. Envidió aquel plácido sueño y quiso hacerlo suyo, unirse a él para evitar aquella pesadez del cuerpo que sentía y, sobre todo, olvidar aquella frase que le martilleaba en el cerebro.

Pensó que si fijaba intensamente su mirada en el círculo de luz y calculaba su trayectoria, como le habían enseñado de joven, podría transformar el insomnio en sueño. Si lo conseguía dejaría de dar vueltas y el cuerpo en reposo daría al cerebro el descanso que necesitaba. Tardó todavía un rato en alcanzar el efecto deseado y cuando lo consiguió sonó el despertador, al que miró desesperado antes de manotearlo y hacerlo caer al suelo con estrépito.

El sueño no volvería, eso lo sabía. Aun así permaneció en la cama un largo periodo de tiempo antes de levantarse y mirar su cara, en el espejo del baño, transformada por el horror nocturno en una frase de la que ni siquiera se acordaba.

Comentarios