Ya es un fenómeno común que previo a una elección los partidos tengan sacudidas que cimbran sus bases. La primera gran escisión de la historia mexicana contemporánea ocurrió cuando diversas fuerzas políticas decidieron gravitar en torno a la figura del entonces candidato del bloque de izquierda Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, en el ya lejano 1988. En ese entonces un grupo de priistas, que previamente había conformado una corriente democrática al interior del Partido Revolucionario Institucional (PRI), decidió renunciar para apoyar y sumar al candidato del Frente Democrático Nacional, que posteriormente se convertiría en un partido aglutinante: el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Hoy, 30 años después, un fenómeno similar ocurre en torno al partido Movimiento Regeneración Nacional (Morena), encabezado por Andrés Manuel López Obrador, que este año competirá por tercera ocasión para ocupar la presidencia de la República. Quizá, a diferencia de 1988, los personajes y fuerzas políticas que se suman a Morena tienen orígenes variopintos que siembran en los críticos y observadores dudas sobre el interés detrás de esas manifestaciones de apoyo. Pero lo que es innegable es que esa suma de intereses y fuerzas hacen viable un pacto de gran alcance que posibilita una nueva alternancia en el Poder Ejecutivo federal de nuestro país. El Congreso estatal fue muestra ayer de ese fenómeno nacional que hoy colocó a Morena como la segunda fuerza política en el Legislativo local. Sin duda, la elección de julio de 2018 será un parteaguas de la historia de nuestro país, o al menos así lo demuestra el preludio que hoy vivimos. De filón. En esto de la normalización del delito, una de las manifestaciones más cínicas es el nuevo deporte nacional: el huachicoleo. Pero siempre hay otro nivel: ahora con las redes sociales, ya hay grupos de compra y venta de combustible robado por Internet. ¡Fuera
máscaras!

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