No era la gran cosa, por mucho una chispita que aluzaba a lo lejos y se fue haciendo cada vez más grande. ¡Mira! –gritó un niño asustado que pasaba con su mamá en el nocturno paseo que la cuarentena les había vuelto habitual– ¡Por allá se ve fuego! –completó. Ya sé que siempre por estas temporadas hay incendios en los alrededores, así que no le puse atención. Bastante ya tengo con buscar qué hacer para cansarme y poder dormir como para sumarle a mis angustias las que agobiaron a Cuauhtémoc –y no precisamente Blanco–. Pero a ver, si les pido encarecidamente que no piensen en elefantes rosas, ¿lo van a hacer? Pues lo mismo pasó entre el resplandor y yo.

¡Doña Llama! ¿Qué tal le va? ¿Qué cuenta de nuevo? ¿Cómo está la familia? –le dije a la lumbre que percibí en el horizonte, pero se vio bien grosera y no hubo respuesta. Debería haber una escuela de buenos modales para fuegos y llamaradas, así hasta evitaríamos chamuscadas y desgracias; pero no, por desgracia no la hay y la muestra fue doña Llama que nomás’ no respondió. Iba a corresponder su grosería volteándome para otro lado, pero ayudada por el viento y antes de que pudiera reaccionar, me arrojó una bocanada de humo justo frente al rostro. Quise reclamar, pero la tos no me dejó y cuando abrí la boca, salió un vahocillo que ondulaba vacilante frente a mis ojos.

Haciendo chiras-pelas con la mirada –término canical y coloquial para decir que haciendo bizcos– me fijé en el humito para ver qué pasaba. Nada. No se manifestaba. Le quise picar las costillas de un lado y se hizo para el otro. Lo quise aplastar y se movió. Pensé en conseguir un frasco vacío para intentar atraparlo y en eso, dio un giro que pretendía ser espectacular pero no le salió ¡Ja! –seamos honestos, he visto mejores vueltas en las luchas– y en eso a la fumarolita que acababa de salir de mí, se le formó un sombrero, un bastón y un cigarrillo, adoptó pose de estrella de Hollywood como de los 1950 y se sentó enfrente con aire triunfal.

Más intrigado que sorprendido, me le quedé viendo tratando de averiguar lo que estaba pasando. ¿Acaso mis exhalaciones se habían mezclado con las de algún indio Sioux y era esto una señal de humo? ¿O era el espíritu del bracero de mi tía Juana que por nunca lavarlo quería cobrar venganza? Divagaba entre esas y otras dudas cuasi existenciales, cuando el humito se me acercó. Me hice a un lado; tanto han insistido con la sana distancia, que ni modo de no aplicarla con las propias emanaciones, pero era rete’ terco. No solo se acercaba, igual me seguía. Estuve a punto de poner un vals para aprovechar su cadencia, pero en eso, alzó su bastón y señaló hacia el resplandor.

La vida nos pone pruebas. Unas más sencillas y más difíciles que otras, pero tratar de entender una fumarola muda no es tarea fácil. Se presta a malas interpretaciones. Si apunta a una casa uno puede pensar que se refiere a sus habitantes y en realidad habla del perro o señala un carro y uno piensa que le gusta, pero lo que en verdad quiere es aprender a conducir. El humito movía el bastón de arriba abajo y entonces por fin me di cuenta. Se quería subir a mi bicicleta. ¡Vaya! –pensé– por fin algo coherente, vio burro y se le antojó viaje. Extendí cordialmente mi mano y, sin abandonar su aire hollywoodesco, se subió y tocó a mi hombro. ¡Lo que me faltaba! No solamente había que entenderlo, sino obedecerlo. Lo coloqué sobre mi costado izquierdo y luego, como si él hubiera sido un jockey y yo un pura sangre –o creo que más bien un caballo percherón– me hizo andar por el fraccionamiento hasta recorrer un par de leguas y yo acabar por el cansancio, enseñando la lengua.

Decidí mostrar coraje y por fin me detuve. No iba a permitir que un aliento cualquiera me mangoneara, ¡Si es mi aliento el que me impulsa, igual es mi aliento el que me detiene! Paré repentinamente y ahí, junto a los juegos, aún se veían los restos de hojarasca que habían puesto a quemar los jardineros. De mi hombro saltó la fumarolita y sin decir adiós, huyó mezclándose con los restos de la hoguera, como escapan al fuego los destinos cuando no quieren ser alcanzados.

Tomé aire, estiré las piernas y recuperé las fuerzas. Los calambres provocados por el ostracismo previo se empezaban a desvanecer. Fue entonces cuando me di cuenta. Encierro, insomnio y falta de actividad no hacen buen equipo.

Por eso luego ahí anda uno exhalando el último aliento nada más con una vuelta en bicicleta.

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