La Garza lectora

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Garza lectora

Las cenizas de Ángela

Frank McCourt

Rosa María Valles Ruiz
Directora de fomento a la lectura

Frank McCourt
Nació en 1930 y falleció en 2009. Se trasladó de Nueva York a Irlanda en la época de la gran depresión. Tras vivir en Limerick regresó a Nueva York, donde se desempeñó como profesor a lo largo de 30 años. En la contraportada de su libro Las cenizas de Ángela, se afirma que nadie imaginó que aquel profesor se convertiría en el autor de un best seller y sus novelas cautivaran a más de 17 millones de personas en todo el mundo. El estilo de McCourt es ameno, sencillo, con atención extrema al detalle de lugares, personas, con el asombro propio de un niño que va descubriendo a veces de manera gradual, en ocasiones de forma drástica, modos de vida, discrepancias sociales, desfasamientos, discriminaciones. México: Océano-Maeva Ediciones, 2017.

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La lectura de la novela Las cenizas de Ángela de Frank McCourt provoca sentimientos diversos: alegría, asombro, indignación y al final de todo: la convicción de que la esperanza existe y las posibilidades de un mundo mejor, también. Publicado en Nueva York en 1996 por la editorial Scribner, el texto de McCourt registra la vida del propio autor, quien se describe a sí mismo “bendito entre los hombres”, por la buena influencia sobre él de varias mujeres, de manera especial, de su nieta Chiara, quien, subraya, le ayudó “a recordar el sentimiento de asombro de un niño pequeño”.

Ese niño, Frankie, Francis o Frank, relata sin autocompasión ni rencor la cotidianeidad de su familia en Nueva York sus primeros cuatro años, el transcurso de su vida en Irlanda (Limerick) adonde llegó posteriormente con sus padres Malachy y Ángela y sus tres hermanos.

La novela intriga desde el primer párrafo en el cual Frank reflexiona: “Mi padre y mi madre debieron haberse quedado en Nueva York, donde se conocieron, donde se casaron y donde nací yo. En vez de ello, volvieron a Irlanda cuando yo tenía cuatro años, mi hermano Malachy, tres, los gemelos Oliver y Eugene apenas uno y mi hermana Margaret ya estaba muerta y enterrada” (McCourt, 2017: 9).

Las infancias felices, considera, no merecen atención y las desgraciadas sí, aunque estas últimas son peores si son irlandesas “y la infancia desgraciada irlandesa católica es peor todavía” (p9).

Instalada la familia en un paupérrimo callejón de Limerick, Irlanda, Frank va descubriendo su ruda existencia: su padre cobra el subsidio por desempleo y en lugar de comida (una hogaza de pan para todos, un poco de té y algunas papas), se para en la taberna ubicada al paso a “echarse una pinta”. Bebe y entona canciones nacionalistas en las cuales recuerda los héroes que lucharon contra los ingleses. Al llegar a casa sin nada y muy borracho, exige a dos hijos mayores, Frank de cuatro años y Malachy, de tres, adopten la postura de soldados y se comprometan a morir por Irlanda. Frank se asombra: su padre, a quien ama, pese a su carácter desobligado, no piensa en la vida, sino en la muerte.

Ni comida en casa ni higiene. El retrete está instalado en la puerta de la vivienda de los McCourt y todo el vecindario vacía las cubetas de excremento allí. El contexto, la segunda Guerra Mundial. A eso se suma el papel de la iglesia católica como manipuladora de las conciencias, lo que provoca en Frank una terrible angustia.

Quienes no profesen esa religión, machacan los curas, están condenados al infierno. Verdad irrefutable. No recibirán la gracia santificante quienes se inclinen por la codicia, dicen los sacerdotes, aunque Frank observa, ya adolescente, que la guerra significa crisis para los desposeídos, como él y su familia, pero no para la clase pudiente, en cuyas mansiones hay coches de lujo, mesas bien servidas y servidumbre.

Frank llega a ser un “joven de los telegramas” y ese oficio le lleva desde recibir propinas de viudas esperanzadas en recibir el giro de su pensión hasta conocer el amor con una joven enferma de tisis, a quien llega a querer realmente más allá de mantener relaciones íntimas por primera vez para ambos.

Realiza pequeños hurtos a cambio de favores como cobrar un giro telegráfico y hacerles las compras a ancianos incapaces ya de movilizarse por sí mismos. Reúne el dinero necesario para viajar a Estados Unidos donde vive experiencias que se relatan en el segundo libro de McCourt: Lo es.

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