Anton Chekov es referencia indispensable del cuento corto universal. No hay un solo creador del siglo XX que pueda prescindir de su nombre ni de los recursos que aportó al universo tanto de la prosa como de la dramaturgia, que a la fecha son indispensables para todo creador.

La famosísima “pistola de Chekov”, un recurso ultramoderno que señala con toda precisión y sabiduría que nadie debe emplear o siquiera mencionar la existencia de un arma en una narración, a menos que su propósito sea por completo claro –sin importar que no se empuñe o se dispare–, debe aportar a la narración o de otro modo será inútil.

Asimismo, cuando filosofía, crítica y análisis literario se desvivían por enfatizar la existencia de una característica propia de la literatura, única e intransferible, un más allá de la forma que conecta la creación con propiedades que escapan a la revisión superficial, justo durante la transición de la medicina a la literatura, La gaviota cambió casi todas las reglas de la dramaturgia.

En el espacio de un solo montaje, Chekov decidió que el universo de las referencias teatrales clásicas podía prescindir de tramoya y utilería, en la medida que mediante la puesta en escena y a través del diálogo una obra de teatro podía desarrollarse, así como extender su duración, si los personajes aludían circunstancias enteras de las que se podía prescindir su escenificación, siempre que tuviesen el tratamiento apropiado, así como las necesarias intervenciones para ampliar las características de la obra.

Sin proponérselo, Chekov fundó el uso del “subtexto” como un elemento esencial del montaje y el guionismo, pero aunque ya estaba instalado como práctica y recurso, a su vez abrió el paradigma de la adaptación y las verdaderas dimensiones del desarrollo de la dramaturgia. Se puede hablar de una guerra entera, en el interior de una habitación, sin ver ni testificar el conflicto bélico, pero sí la reacción de quienes lo sufren. De la misma forma, la profundidad humana que permea dicha circunstancia específica.

En La gaviota se atestigua el dilema de cómo “la obra escrita” puede afectar una obra primaria en la que se representa, y de qué manera los personajes transitan entre dos representaciones, la obra mayor y “la obra adentro de la obra”; en tal caso, cuál sería la narración relevante, la primaria, la secundaria o la dinámica que se da entre ambas.

El ejercicio, además de complejo, se preserva tan ambicioso como invitante. Autores de la calidad de Charlie Kaufman se han obsesionado hasta el punto de mantenerlo como sello de autor, cuyos ejemplos figuran con toda claridad en los filmes El ladrón de orquídeas, Eterno resplandor de una mente sin recuerdos y Sinécdoque, Nueva York; el danés Christoffer Boe en Adaptation; Harold Pinter con La amante del teniente francés, entre otros, de tal manera que la línea divisoria entre ficción y “realidad” se vuelve tenue e indistinguible, mucho tiempo antes de que se postulara la realidad virtual derivada del trabajo de Philip K Dick. Chekov lo exploró décadas antes.

Pero gracias a su calidad de autor de grandes vuelos, así como ese toque de inmortalidad bien ganada, cada cierto tiempo se desprende una adaptación o variante que retoma el libreto original del creador ruso para actualizarse con un montaje, sea teatral o cinematográfico, como es el caso de Lemon de la realizadora jamaiquina Janicza Bravo.

En ella, Bravo se las gasta para retomar sus principales influencias teatrales y cinematográficas, para elaborar un relato sobre lo que le sucede a un hombre de mediana edad, quien de pronto se ve a sí mismo sin la compañía de su pareja de años, con quien jamás formaliza un compromiso y ella decide concluir la relación. En esa deriva, Brett intenta reconstruir mediante remembranzas su posición personal ante la vida.

Bravo entonces decide hacer, ya desde la postura de directora, una versión además musical de su propio guion que con el apoyo de Heather Christian quedó una banda sonora no solo decorosa, sino que independiente de la cinta y muy atractiva.

Cada pista que corresponde al Seagull oratorio (El oratorio de la gaviota), presenta aspectos que revelan la influencia de Danny Elfman en una narración de corte dramático, además de toque manieristas propios de la ópera intimista de posguerra; juegos de ensambles que pasan de lo orquestal ampuloso a la música académica experimental, entre muchos otros, pero con extractos del libreto original de Chekov.

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