Héctor Bujanda**

Parecen figuras de otro orden, espectros que habitan en la más rotunda oscuridad. Solo se les identifica por la mascarilla que llevan puesta. No dicen nada, son sombras que guardan un cerrado luto funeral.

Toman las bolsas, las echan al interior del vehículo, silban para darle instrucciones al conductor. Se suben de nuevo a la nave que los transporta por el Hades de la mitad del mundo y se agarran fuerte a sus mástiles, con una resignación casi bíblica.

**** Hoy en la mañana nos ha visitado otra ambulancia. Se ha parado unas recidencias más adelante de la mía, después del imponente flamboyán que está cargado de flores. Impresionante que esté así, tan frondoso, tan lleno de vida. El árbol ha dejado una auténtica alfombra en color naranja sobre el asfalto, que brilla cuando el Sol le pega de lleno.

La ambulancia, necesariamente, tuvo que haberla pisado cuando pasó, silenciosa, por la calle. Han quedado sus marcas sobre los pétalos. En todo caso, se agradece la discreción. No se escuchó nada, imposible percatarse de ella, solo supe que estaba aquí, entre nosotros, cuando prendió motores de nuevo, encendió la sirena y arrancó con el paciente encamillado en su interior, rumbo a la sala de urgencias.

Descorrí la malla para tratar de encontrar a alguien a quien identificar, pero no había nadie. Saqué de nuevo el torso por la ventana para tratar de seguir su rumbo, quería saber si iba hacia el norte o se dirigía al centro de la ciudad, pero alcancé a ver muy poco. Cuando desistí de su seguimiento, ya el sonido de la ambulancia se había hecho cada vez más débil, parecía un eco reverberando en el fondo de una caverna.

“Otro que se ha ido”. En el acto me di cuenta de que había dicho esa frase en voz alta, como si se la estuviera diciendo al gato que aún no tengo, justo en el mismo momento que intentaba atrapar una nueva carga de aire fresco. ¿Cuántos quedamos, cuántos se han marchado ya de aquí? **** Sigo rumiando. Camino por las paredes, invento trayectos imaginarios, proyecto planes de contingencia, imagino próximas vidas, organizo el lecho de una mascota que no tengo.

Tomo un libro y lo abandono al momento, enciendo el televisor, no puedo con la tarea hercúlea que significa empezar una nueva serie. Vuelvo al celular y todos los medios me recuerdan los miles de muertos, los hospitales abarrotados, las salas de emergencia sin suficientes respiradores, las engorrosas normas de desinfección que hay que adoptar para sobrevivir, las nuevas modalidades de féretros de cartón, tan desechables como los cuerpos infectados que debemos desaparecer a como dé lugar.

Me doy ánimo y recuerdo que tengo un termómetro de mercurio conmigo, me lo meto en la boca cada vez que sospecho que el quebranto sostenido a lo largo de la cuarentena puede que se haya disparado.

También tengo un viejo inhalador que dejó mi hijo en la ciudad, hace casi un par de años. Lo trajimos de Caracas, recuerdo. Cuando ya no puedo más con la sensación asmática, apelo al dispositivo con fecha vencida y me meto un par de bombazos que me ayudan a recuperar, en poco tiempo, la tranquilidad. Así he podido conciliar el sueño durante varias noches, cuando he caído largo y tendido por el agotamiento.

**** Mi cardiólogo, por teléfono, me pide que mantenga la calma, que estoy somatizando la angustia, que no hay nada que indique que deba salir corriendo a una sala de urgencias y sumarme a tantos moribundos que agonizan en la ciudad.

Desde el principio me ha dicho: “La única receta que existe para superar esta situación es mantenerse en total resguardo, sin contacto con nadie y, sobre todo, aprender a escuchar lo que dice el cuerpo”.

Precisamente: ese es mi problema. He desarrollado últimamente un oído espectacular para auscultar cualquier mal en estado de evolución. Gracias al oído que tengo –me digo, para creer que no desafino, que no soy un pobre hipocondríaco atrapado en una ratonera– he podido atajar a tiempo una nueva culebrilla, que apareció justo debajo del tórax y que se extiende, con un largo sarpullido reptil, hasta el centro de la espalda.

“Estás megaestresado”, repite mi médico por teléfono tras escuchar los nuevos reportes que le doy. “Si sigues así, voy a tener que medicarte contra la depresión”. Guardo silencio en la línea, mientras pienso que me vendría mejor un potente somnífero que me haga dormir por semanas. Quiero hibernar como los osos en invierno, hasta que el mundo entero pueda salir de su guarida.

**** Conseguir la calma, distraer la mente, recuperar el ánimo. Sacar pulmones, si es necesario. Pensar, volver al ejercicio libre que ha estado asociado desde siempre con el errar, el derivar, el fugarse hasta el olvido de uno mismo, del peso enorme que significa tener que preservar el funcionamiento del cuerpo, de la vida.

Pensar, en mi caso, ha servido sobre todo para deshacer entuertos y para tratar de empezar de cero, una y otra vez, como quien se ilusiona con los traspiés y los tropiezos que justifican un nuevo trayecto.

Pero esta catástrofe resulta mucho más exigente. Es una apuesta directa por la supervivencia, por seguir latiendo en la oscuridad, por no separarse del cuerpo. El pensamiento debe volverse signo vital, convertirse en plaquetas, burbujas de oxígeno, glóbulos rojos.

Va siendo hora de tener un corazón en mi cabeza, como pedía un personaje de Beckett encerrado en un refugio nuclear. Voy a necesitar entonces dos órganos en uno, para salir de esta: latir pensando, pensar latiendo.

Un corazón en la cabeza que sepa reconocer, en este silencio sin límites que se estira desde la cama, como mi culebrilla, hasta el centro mismo del mundo, los días buenos, las horas preciosas y florecer, como el imponente flamboyán que tengo afuera, en la calle.

A pesar de este silencio que no respira, que agoniza, como la ciudad y sus tantos muertos, empiezo a conocerme en el encierro. Cuando mi pecho se descomprime y logro respirar con normalidad, como ahora, la cabeza se llena de proyectos y adopto esa actitud que podría, en otra circunstancia, ser tildada de bipolar.

No me preocupan los saltos de ánimo, así que festejo este momento, puedo llegar a sentir cómo muevo el mundo desde mi ventana.

O eso parece.

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