La guarida (ejercicios de mirar la cuarentena)* (segunda parte)

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Héctor bujanda

No se escucha una alma en este horno de fogones encendidos, como si el encierro también significara la obligación de guardar silencio, el orar permanente ante un altar sin dioses.

La casa que tengo enfrente, de dos plantas, se ha ido vaciando a medida que la cuarentena ha venido asentando sus garras. Una de las ventanas, la que da directamente a la mía, quedó abierta, como si del apuro de la huida hubiesen olvidado cerrarla.

También cabe la hipótesis, para darle un voto de confianza al que vive allí, de que esa era la única forma de ventilar el piso. Dejar una ventana abierta, como es lógico, impide que se concentre en los espacios cerrados el olor de cualquier cosa que se descomponga.

Con el calor que hace, todo aquí se está pudriendo. La leche que he dejado sobre la cocina se ha vuelto nata ácida, a las naranjas que me trajo un motorizado de Glovo les ha salido piel de iguana, la Coca Cola de tres litros que compré hace unos días estalló en el piso, sin aviso. Cuerpos en descomposición, expuestos a una cuarentena feroz.

Cada vez que llueve a cántaros, en esos largos aguaceros de la ciudad, miro hacia esa ventana y siento que desde la oscuridad más profunda que dibuja su marco alguien vendrá a cerrarla con brusquedad, antes de que el agua entre a ráfagas y lo moje todo. Pero no. El aguacero entra libremente por la ventana, sin que nadie pueda remediarlo.

La residencia vacía debe ser ahora un importante foco de mosquitos, me digo. La ciudad muere de pandemia y dengue, por eso vuelvo a cerrar la malla que me protege del mundo exterior y miro, de nuevo, fijamente, hacia la ventana abierta, vencida por el agua.

En ciertas noches que no logro conciliar el sueño, me asomo a la calle y siento que, desde el cuadrado oscuro de esa vivienda, hay unos ojos que siguen, atentos, cada movimiento mío en la Guarida.

¿Hay vida aún detrás de esas fachadas? Me pregunto.

Desde que vine a vivir a la Guarida, no me había asomado tantas veces por la ventana. Alquilé el anexo convencido de que sería un hogar transitorio, por pocos meses, hasta que los astros pudieran alinearse a mi favor.

Qué carajo. Siempre vendrán tiempos mejores, pensaba. Así que pasé por alto la incomodidad de este espacio, su escasa entrada de luz y de aire, la puerta de metal, el incomprensible lugar que tiene por sala y cocina –sin ventanas–, la bombona de gas que es una viga en el ojo. Todo eso me confirma que no vivo exactamente en un hogar, sino en un depósito, como los ratones. Sin aire acondicionado (el verdadero pulmón de la clase media guayaquileña) ni conexión a lavadora, la Guarida se convirtió en una forma de vida porque tenía una ventaja que hacía olvidar todas sus calamidades: queda a media cuadra de la universidad donde trabajo, en la que paso una cantidad de horas nada desestimable casi todos los días de la semana, incluyendo no pocos domingos.

Saber que podía ducharme, vestirme y en 10 minutos estar frente a mis alumnos sencillamente no tenía precio. Así que vivir en la Guarida, como he bautizado este lugar durante el encierro, era como vivir en San Antonio de Los Altos o en Nueva Casarapa: asumir que has alquilado un dormitorio satélite, un lugar para encender la lámpara de noche y leer antes de dormir, para escribir de madrugada y comer un par de tostadas con queso y mermelada antes de salir de nuevo a la brega.

Ahora que el mundo está paralizado y la universidad se ha vuelto un bosque lleno de pájaros, gatos e iguanas, ahora que he quedado, como uno de los parásitos de Bong Joon-Ho, atrapado dentro de la Guarida, pienso en los errores, en las decisiones equivocadas.

Un motivo más al que me aferro para no regalarle nada a este virus: enderezar el camino, estirar el cuerpo, arrancar de nuevo. Pensar en el amor esférico, cuya circunferencia está en todos los lugares y su centro en ninguna.

Me bebo un largo trago de ron y cuento los días, como los presos, para salir de aquí.

Perder de otra manera es, también, una forma de esperanza.

**** Tengo una extraña relación con las ventanas. Antes de mudarme a la Guarida vivía con mi esposa y mi hijo en un amplio apartamento de varios cuartos, aire acondicionado y una cocina con línea blanca por estrenar que hacía olvidar los tobos y los detergentes restregados a mano. Pero una noche aquel paraíso del mundo migrante se vino completamente abajo. Desde una casa que daba justo a la ventana de nuestro cuarto, una señora venenosa como una cobra tenía por deporte asediar a su hija recién llegada del exterior, a quien acusaba de preferir a su padre y a partir allí hilaba argumentos hirientes que ni un culebrón mexicano.

Sin conocerla físicamente, más de una vez la imaginé con el parche en el ojo, a lo María Rubio en “Cuna de lobos”, tal era su verborrea feroz. Tanto trasegó el cántaro en esa residencia, que un día terminó estallando en pedazos.

La mujer enloqueció, con su herida incurable, y le dio por delirar. Gritaba, insultaba a sus sombras, denunciaba presencias que solo ella podía ver.

Nuestro apartamento era de techo alto y las ventanas, propiamente, no estaban al alcance de la vista. Pero eso no atenuaba sus efectos. La locura se escuchaba como si estuvieran recitándola al pie de nuestra cama. Yo, entonces, hacía una tesis doctoral sobre Lacan y Zizek y no podía dejar de pensar en la profunda ironía que significaba todo aquello.

Cada noche, les explicaba a mis colegas, la psicosis toca a mi ventana. Intenté escribir un guión que ha podido titularse “Ventana de lobos”, en el que una mujer era torturada psicológicamente por un esloveno tragón y un francés encorvado, con cara de pervertido, que repetía cada cierto tiempo ante las cámaras aquí falta el significante del padre.

Perturbado por aquellos gritos, una noche me monté sobre el mueble del lavamanos de nuestro baño y pude mirar por la ventana hacia la vivienda de la psicótica. Tenía tres plantas, era una casa portentosa, igual que todas en la urbanización.

Las ventanas estaban encendidas, como un hotel, y los gritos desgarrados parecían salir, más bien, del jardín arbolado, custodiado por muros altos que lo protegían. Nuestro hogar se convirtió entonces, durante la noche, en un verdadero manicomio y nuestros nervios se vieron alterados durante semanas, hasta que recluyeron a la mujer en un psiquiátrico.

Meses después, me vine a vivir a la Guarida, sin saber tampoco que la locura, como el virus tenaz, brotaría de nuevo ante mi ventana.

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