La guarida (ejercicios de mirar la cuarentena)*

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(primera parte)

Héctor Bujanda**

Vuelvo a la única ventana que tiene la guarida. Descorro la malla que sirve para protegerme de los mosquitos, tengo la esperanza de que ahora sí pueda conseguir una buena bocanada de aire fresco. En el horno donde vivo, el aire adquiere volumen propio, puede verse o tocarse cuando flota por el cuarto.

A veces, salto de la cama para intentar atraparlo o, cuando tengo ánimo, corro como un niño alrededor de la mesa y juego a desplazarlo sin que se deshaga o desaparezca como una burbuja de jabón.

Pero en este momento, cuando el calor convierte a la ciudad en un pozo de lagartos agonizantes, no encuentro nada adentro que me haga respirar.

Así que me instalo en la ventana y aspiro profundo con medio dorso afuera. Quisiera inhalar todo lo que veo a mi alrededor, raíces, guayacanes, columnas, fachadas, cloacas y vehículos, muros y casetas; que entren en lo más profundo de mis pulmones, que en el torbellino en el que han quedado sumidos se vuelvan mezcolanza irreconocible y después los expulse ruidosamente con la misma sensación de alivio que dejan las tormentas o los huracanes cuando han terminado de pasar.

A pesar del esfuerzo que hago al respirar, el mundo detenido en el que vivo no cede ni un poquito, como si hubiese esperado este momento para demostrarnos que no nos necesita, que no está allí para ayudar.

Siento a cambio la humedad de fuego, pegajosa como el aceite, bullente, que enloquece al más cuerdo de los encerrados.

Últimamente, a mis pulmones les cuesta trabajo conseguir su antiguo ritmo, por momentos siento una disnea en progreso o un incipiente ataque de asma. No ocurre todo el tiempo, afortunadamente, pero el encierro que ya lleva semanas agrava mi desesperación.

Más que un ritual saludable para los pulmones, volver a la ventana varias veces al día se ha convertido en un gesto irreflexivo, como quien abre la nevera sopotocientas veces para mejorar la temperatura del cuerpo o se unta escarcha del refrigerador debajo de las axilas. Soy capaz de hacer cualquier cosa, me digo, con tal de superar esta sensación de asfixia.


La calle sigue desierta, solo hay un par de carros estacionados, una camioneta roja de la década de 1980 y un Aveo negro, justo frente a mi casa. Llevan semanas allí, clavados en el mismo lugar.

Si no fuera por las motos de los servicios de transporte, que pasan temprano en la mañana a dejar repartos de comida o medicamentos, se pensaría que la calle está completamente vacía y solo quedan en pie las fachadas lánguidas y vetustas, dueñas de una sed de progreso que el tiempo ha ido desapareciendo.

Este paisaje deslucido, clavado en la inmovilidad, se parece de tantos modos al cuerpo que merma en la guarida.

Un cuerpo que ha ido perdiendo su antigua agilidad. Hace rato que dejé de ser joven y eterno y el ciclo de la vida parece sentenciarme. He perdido esa sed, la sed de mañana, que en estas circunstancias resulta esencial para sobrevivir al encierro y a la tortura del tiempo detenido.

Aquí en la ventana siento que me mimetizo con esas fachadas mohosas y despintadas. En un momento dado, empiezo a mostrar, de manera impúdica, casi pornográfica, como si fuera una resonancia magnética en movimiento, el cúmulo de heridas abiertas, las cicatrices, los tantos esguinces, los desamores irredentos, el tórax remendado, las huellas de lo ausente forever, las malas elecciones, el disco de la L4, L3 y también la L2, mi hermana hecha cenizas que dejó una pregunta urgente a la que no encuentro modo de contestar, la válvula mecánica con sus tres puertas, el plasma reinyectado, el ozono, los pies planos.

Toda esa seguidilla de revelaciones se dispara de manera tan inesperada, que no queda más remedio que adoptar la actitud del superviviente, del que ha logrado salvarse del deslave de su propia historia.

Supongo que eso mismo le sucede a este barrio. Nos sobrepasa tanto el pasado, que se nos va la vida tratando de proyectar una imagen nueva.

Sin yoga ni prácticas curativas o milagrosas que valgan, estirado como estoy ahora en la boca de la ventana, con el dorso completamente afuera, siento que este barrio muere desde hace tanto como estoy muriendo yo en este momento, sin una bocanada de aire fresco.

Me pregunto si podremos sobrevivir al virus que viene aniquilando a los habitantes de esta ciudad. El transcurrir del tiempo quita vida, lo sabemos, pero eso que llamamos morir siempre ha sido un accidente cundido de misterios.

Hay que morirse entonces para poder morir, así ocurre en todas las salas de urgencia del planeta. Yo he estado allí por otros motivos, sin poder moverme, atravesado por tubos y marcapasos, sostenido por ritmos cardíacos mínimos.

Entendí hace casi seis años que, para morirse, tienen que ocurrir muchas cosas a la vez. El que se va, lamentablemente, nos deja un misterio irresoluto. ¿Por qué él, si tenía mucho menos edad que la media de los fallecidos? ¿Por qué no luchó como los otros, que sí han logrado salir?

¿Por qué parecía tan bien ayer y hoy va directo al crematorio?

Mi única estrategia en la guarida podría resumirse de la siguiente manera: concentro todos mis esfuerzos en evitar ese accidente, último y definitivo, que es el morir.

*Texto escrito en Guayaquil durante los duros días de abril de 2020, cuando el coronavirus atacó de lleno a la ciudad y la colmó de muertos. El 15 de abril, el gobierno nacional terminó admitiendo que su cifra de fallecidos era muy pobre y de un solo plumazo reconoció que en la ciudad no habían perecido 800 personas, como decía, sino casi 6 mil, solo en las dos primeras semanas del mes. Muchos de esos decesos se fueron asfixiando lentamente en sus propias casas, sin recibir atención médica.

** Es periodista, escritor y profesor universitario. Es autor de La última vez, merecedora del premio de novela en la segunda Bienal Adriano González León. Es profesor en el postgrado de comunicación para el desarrollo social y en la especialización de periodismo de investigación de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas. Actualmente, vive en Guayaquil y prepara su tesis de doctorado “Formas del conflicto sociopolítico en la Venezuela del siglo XXI”

+Este texto forma parte del libro Covid-19. Apuntes desde el timeout coordinado por Mayte Romo de Editorial Elementum. Su descarga es gratuita y puede realizarse en la tienda virtual de la firma desde Lektu.com

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