La Guarida(ejercicios de mirar la cuarentena)* (tercera parte)

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Héctor Bujanda**

Hace unos días, una ambulancia entró a la calle con su escalofriante ruido de sirenas, se estacionó en la acera de la morada vacía, a unos 30 o 40 metros, y se llevó a una señora no mayor de 70 años.

Ignoro su suerte en este momento, igual que la suerte de casi todos mis vecinos, porque no los conozco y no sé nada de sus vidas, incluso desde mucho antes de que me embutiera a tiempo completo en la Guarida. Mi condición extranjera se ha potenciado a una escala inaudita, ya no distingo si estoy viviendo en un cráter lunar o en una ciudad que agoniza.

Hace unos meses, vi una serie llamada “Umbrella academy” sobre la historia de unos hermanos superhéroes. Uno de ellos, llamado Número Uno, vive precisamente en la Luna, haciéndole honor a su nombre –solo uno– con una planta a la que riega todas las mañanas dentro de una estación espacial. He estado añorando últimamente una mata, incluso pequeña, a la que cuidar.

O un gato que, llegado el momento, pueda comerme si la necesidad obliga.
En los primeros días de encierro, cuando aún no se podían medir los potentes estragos que el virus causaría en la ciudad, bajé las escaleras de la entrada a la Guarida al final de una tarde, a dejar una bolsa de basura sobre la acera.

Al abrir la reja, me topé con un caminante que, al verme, salió corriendo, desmandado. No paró hasta que se sintió a salvo, mucho después de pasar a la calle siguiente, cuando finalmente volteó para mirarme.

Este tipo fue un visionario, me digo ahora. Días antes de que apareciera la ola de cadáveres botados por toda la ciudad, ya él sentía terror por la cercanía de cualquier ser humano, como si cada uno de nosotros llevara en su mascarilla el sello inconfundible de la Parca.

No se equivocaba. Han pasado días desde aquel inusual evento, admito que en un principio al tipo lo di por loco, pero hasta esa frontera se ha venido difuminando rápidamente y ya no podemos distinguir una cosa de la otra.

Entre los grupos de Whatsapp que tengo con amigos y colegas de la ciudad, he sondeado la posibilidad de que me regalen un gato. Va siendo hora de cuidar, aunque sea, a un animal.

En la Guarida, definitivamente, está faltando la presencia de otro ser vivo que me acompañe a prudente distancia, sin besuqueos relamidos y que se “empierne” conmigo cada noche,
una vez que haya logrado conciliar el sueño.

Conservo de esta calle un solo nombre: Catalina. La conocí al segundo o tercer día de mi mudanza a la Guarida. Regresaba yo de la universidad y me encontraba abriendo el candado de la reja cuando salió de la oscuridad una figura muy delgada, de ojos saltones y pulso tembloroso, que casi me mata del susto.

Mostraba una cesta de mimbre donde tenía chocolates. En todo momento me llamó vecino y a mí me dio por no conseguir encajar la llave en el candado. No quería venderme un chocolate solo, quería que le comprara la cesta entera, con unos 20 o 30 Milky Way.

Le dije que era alérgico, para no entrar en detalles, pero insistía en que por esa cantidad de unidades me quitarían fácilmente 20 dólares en el supermercado, y que, por ser Catalina, mi vecina, me dejaba los chocolates con todo y cesta de mimbre por el módico precio de cinco dólares. Logré hacer que el candado cediera y cuando finalmente pasé, ella trató de seguirme.

Por un momento tuve que ejercer algo de peso con mi cuerpo para devolverla a la calle.
Me insistió en la oferta que hacía, a la que terminé diciendo sí, sí para sacármela de encima. Cuando empecé a subir por la escalera hacia la Guarida, la escuché decir que iba a esperarme en la puerta hasta que viniera a buscar los chocolates. Esa noche entendí que la ventana podía ser sumamente peligrosa. Catalina estuvo unas cuatro horas gritándome que me estaba esperando, que cumpliera con mi palabra, que no fuera cobarde. Cuando se callaba por instantes, me asomaba a la ventana de ladito, para evitar que pudiera verme, pero no alcanzaba a ubicarla en la oscuridad.

Catalina es un auténtico demonio. Efectivamente es mi vecina, vive con su madre y le entran ataques de ira tan descomunales que una vez vació la casa de corotos y los lanzó, uno por uno, al medio de la calle.

Por su vivienda desfilan policías, traficantes de drogas, mientras ella pasa con facilidad del “ojalá te mueras”, que supongo le dice a su madre, hasta “te voy a quemar vivo, chucha de tu madre”, que parece una frase proferida al traficante que ha llegado con las manos vacías.

Son tantos y tan seguidos sus monos, que no hay hora del día en que no bata puertas, grite o golpee a su propia madre. Desde la ventana la vi una vez alcanzar y abofetear en la calle a la señora, que es tan delgada y torcida como su hija.

No sé si llamarlo suerte, pero una mañana llegó un carro, se bajaron dos tipos, la tomaron cada uno por un extremo –ella gritaba y le pedía a la mamá auxilio– la alzaron y se la llevaron a otro sitio, probablemente a un centro de rehabilitación.

Eso fue días antes de la cuarentena. La madre, que se había ido con ellos, regresó. Ahora habita silenciosa esa morada que ha quedado, literalmente, en ruinas.

Me he preguntado en estos días por la suerte de Catalina. Cómo llevará el encierro, cómo lidia con esa necesidad de fumarse al mundo entero de una sola bocanada. A veces me despierto, empapado de sudor, jurando que he escuchado sus gritos de incendio trepar por la ventana.

Después de lo ocurrido con el hombre que salió espantado al verme, ahora bajo de la Guarida y antes de abrir la reja, miro con atención hacia los lados para cerciorarme de que nadie esté pasando en ese instante.

Ya no bajo a una hora fija para dejar la basura, lo hago, en verdad, cuando me viene en gana, cuando me acuerdo, cuando el mal olor de los desechos empieza a agravar la habitual falta de aire que hay aquí adentro.

El camión del aseo, que solía pasar religiosamente entre ocho y nueve de la noche, ahora pasa a horarios impredecibles, la mayor parte de las veces a altas horas de la madrugada, cuando entra a la calle haciendo un descomunal ruido de motores y gases que se comprimen y descomprimen cada vez que la máquina de compactar los desechos se activa.

La primera vez que pasó de madrugada, casi a las cuatro de la mañana, salté de la cama y me asomé a ver qué tipo de nave era la que estaba aterrizando.

Me encontré, desde la ventana, con una imagen tenebrosa que me ha condenado a repetirla noche a noche. Casi que la espero como un niño. La angustia no tiene límites, busca siempre su alimento. Aparte del ruido tremendo que ocasiona la mecánica del motor, hay varios seres que se mueven a su alrededor (¿son tres o cuatro? No estoy seguro), van de una acera a la otra, recogen los desechos que dejo.

* Texto escrito en Guayaquil durante los duros días de abril de 2020, cuando el coronavirus atacó de lleno a la ciudad y la colmó de muertos. El 15 de abril, el gobierno nacional terminó admitiendo que su cifra de fallecidos era muy pobre y de un solo plumazo reconoció que en la ciudad no habían perecido 800 personas, como decía, sino casi 6 mil, solo en las dos primeras semanas del mes. Muchos de esos decesos se fueron asfixiando lentamente en sus propias casas, sin recibir atención médica.

** Es periodista, escritor y profesor universitario. Es autor de La última vez, merecedora del premio de novela en la segunda Bienal Adriano González León. Es profesor en el postgrado de comunicación para el desarrollo social y en la especialización de periodismo de investigación de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas. Actualmente, vive en Guayaquil y prepara su tesis de doctorado “Formas del conflicto sociopolítico en la Venezuela del siglo XXI”

+Este texto forma parte del libro Covid-19. Apuntes desde el timeout coordinado por Mayte Romo de Editorial Elementum. Su descarga es gratuita y puede realizarse en la tienda virtual de la firma desde Lektu.com

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