Se dice que cuando Moncayo accedió a las glorias del Conservatorio Nacional, fue bajo la dirección de Carlos Chávez, quien habría de ofrecer a los jóvenes bajo la guía de su escuela una educación lo más amplia e integral, sin limitarse solo a lo que la música ya les daba y era el interés central de los estudiantes. De esa forma, Blas Galindo, Daniel Ayala, Salvador Contreras y José Pablo Moncayo, los chamacos de una generación se encontraron atendidos por la docencia de Chávez, Carlos Pellicer y Salvador Novo.

Así como en la actualidad se mira el universo musical mexicano que no cabe abstraer sin la presencia de Manuel M Ponce, Silvestre Revueltas y Carlos Chávez, en una sola generación y sin previo aviso, Chávez tuvo frente a él a los que se conocería como El Grupo de los Cuatro”, talentos que marcarían a la música mexicana en forma imperecedera pero por cuyo virtuosismo, Moncayo ha opacado en fama a los tres restantes.

Por una parte, el énfasis de Chávez fue revolucionario a más no poder, en la medida que propuso desarrollar un mapa curricular que considerase la composición en todas las vertientes musicales conocidas, sin limitarse a la tradición académica y de esa forma extender el abanico de la concepción que considerasen los alumnos, permitiendo las tradiciones que ya podían tener consigo los jóvenes y de esa forma devolver una visión musical más amplia, más mexicana. En el caso de Daniel Ayala y Blas Galindo, cuyas raíces mayas y un crisol de wixarika, huichol y purépecha de Galindo, aportaron la visión étnica que buscó Chávez.

Pero si el grupo, por sí solo ya era ecléctico, único en sí mismo, los profesores contribuyeron a agitar más el caldo. Por una parte un Pellicer que rabiaba a más no poder por todo lo que representara a México, su arte y su literatura, además de sus antecedentes en el Grupo Solidario del Movimiento Obrero. Él, junto con Salvador Novo, se encargaron de enseñar historia universal y literatura, el segundo, para los jóvenes creadores.

¿Qué pasó? Hay abundantes anécdotas a propósito de compositores legendarios de jazz, quienes sobrevivieron trabajando desde su adolescencia en burdeles para llevar dinero y comida a sus casas, creando el ambiente musical de las casas de citas, de tal manera que para evitar la estridencia de un sonido fuera de la complacencia de los clientes, tuviese una mezcla tanto dinámica como placentera al oído, sin dejar que ello distrajera ni el propósito de los negocios en la casa, como la libre improvisación a falta de recursos. Durante sus primeros años, para financiar su educación, Moncayo fue pianista de jazz y Daniel Ayala fue uno de los músicos oficiales del legendario Salón México.

Con esa conciencia de clase y pertenencia, no pasó demasiado tiempo antes de que el pequeño grupo empezara a dar muestras claras de qué buscaba la representación de un nacionalismo, apenas 10 años después de la guerra de Revolución. Novo, en su calidad de turista intelectual, pese a que el énfasis de su obra lo representó su poesía, toda la malicia y mordacidad que lo caracterizaron en la apertura del movimiento modernista, dejó bien plasmada su percepción de un México al que se le permitió entrar en los grupos de poder, sin perseguirlo ni radicalizarlo.

El mismo autor de La guerra de las gordas, entre sus obras posteriores, se encontraba profundamente preocupado por la creciente capacidad del gobierno para generar en su interior una suerte de Guerra Fría, muy bien permeada por los intereses de sus militantes y el apetito de control sobre los recursos de que se hacía, a medida que libraba batallas intestinas para extender su poder a quien se lo permitiese, cuando no era dominado por la fuerza.

Así, aun cuando podía decantarse con una pasión comparable a la Pellicer por un rabioso amor a la patria, de la misma forma, era capaz de instalar las mismas contradicciones que se encontrarían en la historia europea, pero en el seno de las comunidades que como en La guerra… libran Tlatelolco y Tenochtitlán, con un énfasis claro y un lenguaje que solo puede ser descrito como política, pese a que la palabra ni siquiera figuraba en la experiencia de sus protagonistas.

Así, cuando hoy escuchamos el Huapango de Moncayo, lo que en realidad se escucha es una visión triunfal del mundo, sí inocente, pero a la vez revolucionaria y lograda, de un maestro que no se limitó a la esfera de su dominio inmediato.

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