La niña se quita su pijama de Hello Kitty color rosa. Debe arreglarse para la fiesta, una mujer le prepara un vestido brilloso que se pega a su pequeño cuerpo y le coloca el número 48 como una tira de reina de belleza. Le pide que deje en la recámara el oso de peluche que recibió en Navidad y la arregla con esmero. Sale al salón que está entre penumbras, se queda de pie al lado de las demás niñas que, como ella, tiemblan y les sudan las manos. Detrás de las luces están los hombres; rostros lúbricos las estudian, las contemplan, las desnudan. Cada uno elegirá el número que le plazca, se apurará para ser el primero de la noche que disfrute de ese cuerpo pequeño, les hablarán con palabras obscenas que ellas, debido a la constante repetición, van entendiendo como las instrucciones que deben de seguir.

A la niña le quedan unos años antes de que su cuerpo cambie inevitablemente, y será en ese momento cuando acuda al segundo piso, en donde tendrá que usar otra ropa y comenzar a tomar algunas pastillas. Sabe que esa casa es su única morada, no tendrá escuela, aprenderá algunas letras y números que en los descansos la mujer que la arregla le va enseñando.

Esa será la vida de la niña, hasta que, tal vez, la justicia detecte la casa y la quiera salvar, dependerá mucho si el dueño sigue siendo intocable o si comete un error que lo convierta en un blanco fácil de los informes del sexenio en turno.

Mientras tanto, la niña fue elegida por un hombre más, un gordo de nariz gruesa y poros abiertos que come con la boca abierta y se ríe a carcajadas mientras le salen fragmentos de carne. Él la espera en la habitación color púrpura, la misma que, cada noche desde hace cinco años, es su lugar de trabajo.

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