Charlando con mi buen amigo Roger Bartra, doctor en sociología por La Sorbona y que se formó en México como etnólogo en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, llegábamos a la conclusión de que sin duda alguna el movimiento estudiantil del 2 de octubre que desembocaría con la matanza de los estudiantes en la plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, fue resultado de una oleada de movimientos revolucionarios que sacudieron al mundo en 1968. París, por ejemplo, simboliza esa efervescencia, sin embargo, también participaron lugares tan disímbolos entre sí como: México, Berkeley, Tokio, Varsovia, Praga o Roma.

Esos movimientos sociales no estallaron por dificultades económicas; los procesos revolucionarios habían estallado básicamente por la vinculación a estados de conciencia de la generación nacida tras la guerra, que cuestionó los mecanismos económicos, moldes políticos reactivos y comportamientos anquilosados. Los protagonistas fueron los estudiantes universitarios que por vez primera en la historia aumentaban masivamente, cuando la educación superior dejó de ser privilegio de unas cuantas minorías.

En cuanto a México, nuestro país, el año de 1968 nos ha dejado dos herencias: la derrota y la transición. José Revueltas dijo que la experiencia fue altamente positiva, aunque inmediatamente agregó: “a condición de que sepamos teorizar el fenómeno” (México 68: juventud y revolución, p 21). Pero la teoría en la que pensaba Revueltas no salvó al movimiento estudiantil, que fue concebido por él como la representación política de un proletario (temporalmente) ausente. Durante muchos años, los nacidos en los años setenta y ochenta se han negado a admitir la derrota. Haciendo toda clase de malabarismos leninistas o maoístas, la memoria del 68 fue transformada en una épica gloriosa que había retrocedido solo transitoriamente para buscar nuevos cauces revolucionarios. Esos nuevos cauces desembocaron, desgraciadamente, en una guerra sucia que enfrentó a guerrilleros duros y dogmáticos con una represión cruel y con frecuencia ilegal. En esta segunda vuelta de tuerca, los guerrilleros herederos del 68 volvieron a perder.

Por otro lado, hubo una crítica marxista dogmática al movimiento estudiantil que reaccionó contra las nuevas ideas. Acaso el ejemplo más extremo de esa posición fue el máximo dirigente del Partido Popular Socialista, Vicente Lombardo Toledano, quien publicó precisamente el primero de octubre de 1968 un folleto titulado La juventud en el mundo y en México. A sus 74 años, el dirigente de izquierda más conocido del país, que había dedicado su vida a fortalecer el Estado institucional revolucionario, sintió la necesidad de aleccionar a la juventud. Criticó ásperamente a los jóvenes que “diciéndose reformadores del marxismo para calumniarlo” buscan desencadenar una nueva revolución y abrir paso a una nueva izquierda “por un camino que no es el del marxismo-leninismo”. Aquellos jóvenes, como sus compañeros en muchas otras partes del mundo, buscaban con imaginación creadora nuevos caminos para el socialismo: pero Lombardo –y con él un gran sector de la izquierda cobijada bajo las alas del nacionalismo autoritario– no fue capaz de entender la rebeldía de los estudiantes. Al día siguiente de la publicación del folleto de Lombardo contra el movimiento estudiantil, miles de jóvenes se reunieron en Tlatelolco, donde fueron reprimidos duramente por el Ejército, en un acto de barbarie que dejó un rescoldo de amargura en lo más profundo del sistema político mexicano. Los jóvenes, por supuesto, no escucharon a Lombardo. Él tampoco quiso dejarse “deslumbrar por las palabras sonoras ni por las frases brillantes y audaces” de los “ideólogos de la nueva revolución”. Seis semanas después de la masacre de Tlatelolco, Vicente Lombardo Toledano falleció –en olor a santidad leninista– sin haber querido comprender que los gritos de los jóvenes estudiantes no eran “una provocación antinacional”.

Desde la cárcel, en contraste, la gran estatura intelectual y la inteligencia de José Revueltas lo convirtieron en un ejemplo de honestidad política. En prisión, Revueltas estaba convencido de que la represión de 1968 tendría la misma función histórica que la matanza de los obreros de Río Blanco en enero de 1907: daría paso a la revolución. La eficacia represora en Río Blanco –dijo– fue circunstancial, ilusoria y fugaz. Igualmente, la violencia mortífera en Tlatelolco sería efímera y ciega. La ceguera del gobierno represor denotaba –según Revueltas– que estaba derrotado, como ocurría en la antigua Grecia cuando se creía que los dioses cegaban primero a quienes habían destinado a la perdición. La historia habría acelerado sus ritmos y la nueva revolución se acercaba.

Pero la revolución no llegó. Y tuvieron que pasar más de 30 años para que llegara la democracia. Los gobernantes, pese a su ceguera, continuaron trastabillando por el camino durante mucho tiempo. La eficacia feroz de la represión de Tlatelolco no logró impedir que las mismas heridas de la derrota recibiesen las semillas de una lenta transición política. El sistema autoritario estaba herido, pero el proceso de putrefacción política duró poco más. Las elecciones presidenciales de 1988 mostraron que el autoritarismo estaba agonizando: el sistema se había resquebrajado, el priismo se había dividido y la mayoría de los mexicanos votó a favor de la nueva alternativa representada por Cuauhtémoc Cárdenas. El fraude electoral –endémico en México– negó el triunfo a la izquierda. Hubo que esperar hasta apenas este año en curso cuando las causas remotas de la transición tuvieron su origen, en parte, con el movimiento estudiantil de izquierda.

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