Últimamente el feminismo ha dado bastante de qué hablar, por “últimamente” me refiero a los pasados 150 años. En estos tiempos de debate y controversia, es importante recordar que México es un país con una larga y persistente historia feminista. Los debates sobre la salud reproductiva, el aborto y acceso de las mujeres a una vida libre de violencia no son nuevos, es nuestra obligación informarnos y reconocer al feminismo como un movimiento que ha tenido influencia en la forma en la que vivimos las mujeres en el país.

Los datos sobre conocimiento del feminismo entre la población mexicana son alarmantes. De acuerdo a la Encuesta Nacional de Género 2009, el 29.

4 por ciento de la población encuestada piensa que el feminismo tiene que ver con valores de belleza, ternura o el color rosa. Apenas el 6 por ciento lo identifica como movimiento social. Cerca de la mitad de las personas piensan que las feministas odian a los hombres. Ese tema tiene tan poco que ver con ellos que se les menciona solo una vez en este texto.

El feminismo se articula como una teoría y práctica política de las mujeres, implica reconocer las discriminaciones y la violencia que sufren por la sola condición de ser mujer y se organizan para acabar con ellas. Tiene aplicaciones teóricas, pero también existe como movimiento social. La teoría feminista se desprende de una larga tradición científica y filosófica. Si se habla del feminismo de calle, basta con recordar los innumerables mitines, las marchas y las concentraciones que ponen sobre la mesa la violencia de género, el aborto y los derechos humanos de las mujeres.

La larga historia del feminismo se divide en tres momentos clave, tres olas. En México, la primera ola tiene lugar durante el Porfiriato, donde el país se enfrentó al paso de la sociedad secular a la sociedad laica. Para las mujeres era imposible formar parte del progreso teórico y tecnológico del país, su papel era el de procurar el trabajo doméstico y los cuidados, ellas se oponían a esas condiciones. En 1916 tuvo lugar el primer Congreso Feminista, que puso sobre la mesa la discusión de temas como el aborto, la prostitución, el trabajo y el matrimonio.

Durante la segunda ola, las mujeres mexicanas tomaron conciencia de la importancia de su participación durante la Revolución, la relevancia de la historiografía feminista y de mujeres radica en recuperar sus memorias, una historia que parece haber quedado en el olvido, o peor aún, sugiere que ellas no participaron en el proceso. La década de 1920 fue una época de tensión y de movimientos políticos. Las figuras de Antonieta Rivas Mercado, Guadalupe Marín, Frida Kahlo y María Izquierdo destacaron como participantes activas de dichos movimientos. Ninguna de ellas se reivindicó como ícono feminista, pero sí como mujeres con una postura política muy clara.

Posteriormente surgió el Frente Único Pro Derechos de la Mujer, que reunió a organizaciones feministas y de mujeres, alcanzando a congregar a más de 50 mil asistentes. Los temas sobre los que se debatía era el control natal y la sexualidad femenina. Posteriormente, entre 1952 y 1953 apareció la Alianza de Mujeres de México y se obtuvo el derecho al sufragio.

En la década de 1970 inició la tercera ola. En 1977 tuvo lugar la Conferencia Internacional de la Mujer en la ahora Ciudad de México, fue durante esa ceremonia que fue establecido el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer. Es en esa década cuando la Constitución mexicana reconoció a las mujeres como ciudadanas y aseguró que toda persona estaba en derecho de decidir cuándo y en qué condiciones tendría una familia. Esa condición es de suma importancia, ya que el Movimiento Nacional de Mujeres inició la primera Jornada Nacional para la Liberalización del Aborto, donde exigió que ese servicio fuera de libre acceso y además gratuito en todas las instituciones sanitarias. De la misma forma, se exigió mayor difusión y formación en métodos anticonceptivos y la planificación familiar.

En la década 1990 comenzó la polémica sobre los feminicidios en Ciudad Juárez. Las “muertas de Juárez” eran tratadas por los medios como víctimas de violencia, producto de su supuesto trabajo sexual, como si asesinar prostitutas fuera menos importante. Cuando fue desmentida la ocupación de esas mujeres, los comentarios giraban en torno a sus vestimentas o sobre sus actividades nocturnas en lugares públicos. Esa situación es de vital importancia para evidenciar la violencia que sufren las mujeres mexicanas dentro y fuera de sus hogares.

La lucha está muy lejos de acabar, como lo ha dejado claro el movimiento #MeToo. Gracias a todas esas mujeres que vinieron antes de nosotras es que ahora puedo yo hablarles, es nuestra labor garantizar que todas aquellas que vienen después vivan en un mundo donde ser mujer no sea sinónimo de opresión.

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