Jesús Adrián Hernández Luna
Área académica de historia y antropología

Nos encontramos en el mes patrio, a tan solo unos días de celebrar un aniversario más de la Independencia de México, esta celebración es muy importante para todos los mexicanos, y uno de los principales puntos de esta celebración, es la comida, la cual sin duda es muy variada, desde chiles en nogada, tamales, mole, tostadas preparadas, tacos y pozole. Son solo algunos de los platillos más conocidos, entre ellos el más antiguo es el pozole, el cual tiene un origen sin duda interesante, este se remonta al pasado prehispánico.

La palabra pozole tiene su origen en el náhuatl potzolli, que significa espuma. El pozole es un guiso que consiste en un caldo condimentado, cuyos ingredientes principales son granos de maíz, chile y carne de cerdo o pollo. Durante el pasado prehispánico este platillo era muy peculiar, pues contenía carne humana, el pozole parece haber sido, durante la época de los mexicas, un plato ceremonial destinado a festividades religiosas, el cual solo podía ser ingerido por el tlatoani, los sacerdotes y los guerreros de más alto rango.

El acto de comernos unos a otros es conocido como antropofagia, en el caso de los mexicas, existió tanto la antropofagia ritual como gastronómica, esto según el objetivo de consumo de la carne humana.

El consumo de este tipo de carne, se dio principalmente por motivos religiosos, los ingredientes del potzolli tenían toda una carga simbólica. Este platillo, era dado tras la captura de un gran señor, después de algún sacrificio gladiatorio y en algunas fiestas o sacrificios.

Comer carne humana era algo de suma importancia para los guerreros, pues creían que obtenían la fuerza de sus enemigos, el consumo del cuerpo de la victima obedecía a reglas asociadas a la jerarquía social, pues las clases más altas recibían las partes más apetitosas del cuerpo. Sahagún relata que ciertas partes del cuerpo de las victimas eran enviadas a Moctezuma, las piernas y los brazos eran las porciones más apreciadas y las que con mayor frecuencia se comían. La carne de las víctimas se cocinaba según la ocasión, con maíz, sal y chile. Narra Torquemada que a los cautivos y a los niños sacrificados en honor de los tlaloque (dioses de la lluvia) los cocinaban con flores y tallos de calabaza.

El cuerpo de la victima era dividido entre el numero de captores, el primero que lo había capturado recibía una parte del cuerpo central y un muslo derecho, el segundo el muslo izquierdo, el tercero el brazo derecho, el cuarto el brazo izquierdo, y el quinto el antebrazo derecho. El consumir carne humana era todo un privilegio y a su vez había partes del cuerpo que solo podían ser ingeridas por ciertas personas, este es el caso de la cabeza y el corazón, pues los únicos capaces de comerlas eran los sacerdotes, pues –de acuerdo con la cosmovisión náhuatl– el corazón y la cabeza eran los centros de dos entidades anímicas, y los únicos capacitados para sobrellevar esa carga eran los sacerdotes.

Gran parte de las victimas sacrificadas eran comidas, con excepción de los ixiptlas que eran una representación de los dioses, en estos casos los cuerpos regularmente eran enterrados o quemados. No siempre se comían a los sacrificados, había toda una serie de ritos posteriores que podían sustituir el consumo de la víctima.

Otra gran muestra de este acto ritual se puede encontrar en la lámina 73 del códice Magliabecchiano, en donde se ve a Mictlantecuhtli y a diversas personas consumiendo carne humana durante una ceremonia. La historia del pozole es sin duda interesante, es importante conocerla y sobre todo entender que para nuestros antepasados tuvo una gran importancia ceremonial, pues había todo un sistema ideológico que justificaba y engrandecía este acto.

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