Alejandra Araiza y Verónica Muñoz

Violencia de género es un término que muchas veces resulta poco claro. Barbara Biglia y Edurne Jiménez (2015) prefieren hablar de violencias de género para referirse a múltiples formas de violencia provenientes de la situación desigual del género. Es decir que no solo las mujeres, sino otros colectivos –como los colectivos LGTBIQ y las infancias– pueden ser blanco de este tipo de violencias, pues se asocian al género femenino. Frecuentemente, se confunde el género con las mujeres y, por tanto, se les victimiza. También hay una tendencia errónea a pensar que la equidad de género ya se consiguió, y que la violencia de género la pueden recibir mujeres y hombres por igual. Ninguna estadística nacional ni internacional da pautas para pensar que es así. Muy por el contrario, las estadísticas demuestran que la dominación masculina aún impera y que se simboliza y materializa con mayor o menor intensidad en distintas formas de violencia hacia las mujeres y lo femenino.
Otro problema para visibilizar las violencias de género es que se suele pensar solo en las violencias física o sexual. Y otros tipos de violencia –como la psicológica, económica o patrimonial– no son tan reconocidos. También se tiende a pensar que, en términos de género, se han dado grandes transformaciones, que los hombres mayores eran “machistas” y que los jóvenes ya no lo son. Pero, en realidad, las violencias se han reconfigurado de acuerdo con los nuevos tiempos e inclusive se han agudizado como respuesta a las conquistas logradas por los distintos frentes del movimiento feminista.
Uno de los motivos del surgimiento de esta forma de violencia más sutil, tiene su raíz en las campañas permanentes que el Estado ha mantenido por décadas, en un esfuerzo bienintencionado pero poco eficaz, por visibilizar las formas de violencia más radicales. Al ser medidas paliativas contra los estadios más graves de la violencia de género, un resultado secundario es la invisibilización de las agresiones menos obvias. Así, los mecanismos de violencia pasan desapercibidos y parece que es solo un problema de las mujeres.
Si bien se han implementado algunas medidas como el “violentómetro”, diseñado por el IPN y que advierte sobre los distintos grados de violencia en el noviazgo, poco se habla de la manipulación emocional o la violencia económica. Por lo tanto, más de uno está dispuesto a intervenir si en la vía pública encuentra a una pareja discutiendo y de pronto el hombre se muestra violento, pero si sabemos de una conocida que sufre de violencia psicológica permanentemente por parte de su pareja, nos quedamos con aquello de “la ropa sucia se lava en casa” y hacemos la vista gorda frente a abusos sufridos por familiares o amigas porque “no es asunto nuestro”. Producto de la normalización de estas actitudes, no consideramos estos otros tipos de violencia como graves hasta que tienen finales trágicos como el suicidio.
El problema de las violencias de género debe tratarse como un asunto complejo que es responsabilidad de todas/os. No solo la violencia evidente (física y sexual) deja marcas agresivas en el cuerpo y la psique; todas aquellas violencias más sutiles también forman parte del problema. Como sociedad y como científicas sociales, debemos estudiar y proponer soluciones frente a un problema cada vez más preocupante.

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