La mañana del jueves 13 de octubre (tiempo de México), la Academia Sueca anunció un suceso que dejó perplejo al mundo: el cantautor Bob Dylan era elegido Premio Nobel de literatura 2016. El eco no se hizo esperar: mientras los medios alrededor del orbe difundieron la noticia, las redes sociales se volvieron una tormenta de arena comandada por vítores, elogios, críticas, opiniones iracundas y los siempre bienvenidos memes, casi todos realizando el mismo cuestionamiento: ¿es Dylan lo suficientemente trascendente para ganar ese reconocimiento?
La pregunta se vuelve todavía más peliaguda revisando la terna de nominados al galardón: el poeta sirio Adonis, el novelista estadunidense Phillip Roth, el ensayista y cuentista keniano Ngugi wa Thiongo, y el superéxito en ventas japonés Haruki Murakami, todos ellos grandes exponentes de la literatura contemporánea, por lo que la decisión de elegir a Dylan con el Nobel, y más siendo músico, resulta todavía más polémica para algunos. Sin embargo, la Academia Sueca nunca ha estado exenta de controversias: solo basta recordar la elección de Alice Munro en 2013, la de la periodista Svetlana Alexijevich el año pasado o dejar fuera a autores como Don DeLillo o Cormac McCarthy.
Sin embargo, la trascendencia de Dylan rebasa la de sus compañeros en terna. No, no es porque sea estadunidense (la Academia Sueca no premia países, una de las prenociones que debemos quitarnos de encima sobre el Nobel), ni su relevancia tampoco se limita a ser el creador de expresiones poéticas en la tradición musical de su país. La elección del músico como Nobel de literatura va más allá: por un lado, tenemos a la figura que evoca a los juglares, a los bardos, a los trovadores; es la reconciliación entre la música y la poesía, hermanas separadas celosamente por la imprenta pero que nunca han negado su fraternidad.
Por otra vertiente, se encuentra el crítico social. En plena Guerra Fría y con la censura a flor de piel, el cantautor de Minnesota empleó la metáfora como arma letal para denunciar las injusticias que ocurrían en la sociedad gringa, y justo cuando la izquierda perdió su bastión ideológico supo retirarse a buen tiempo a la vez que, discretamente, le daba cachetadas con guante blanco a la derecha, situación que lo emparenta con Thiongo.
Por último, tenemos al músico, al varón hecho expresión. De roquero a intérprete folk, Dylan se convirtió rápidamente en gigante gracias a temas complejos como la siempre joven “Like a rolling stone” o “Hurricane”, pasando por el romántico empedernido de “Knockin’ on heaven’s door”, convirtiéndose en leyenda con álbumes como Modern times de 2006. No por nada es el músico más estudiado por los círculos académicos, la chispa de diversos trabajos científicos (sin importar la distinción entre ciencias naturales y sociales) y el único de los grandes de los 60 (The Beatles, The Rolling Stones y un largo etcétera) que fue estudiado por sus compañeros de gremio.
No queridos lectores, el Nobel a Bod Dylan no significa que la literatura haya muerto ni que el próximo año se impongan exponentes como Dross o el Werevertumorro. Tampoco es para que los agresivos fans de Murakami se alebresten: calma, ya habrá tiempo para el japonés. El triunfo del otrora Robert Zimmerman es, simplemente, es un digno reconocimiento al hombre que con su pasión por las letras nos ha brindado un gran legado para musicalizar la vida, pero también, para hacer de la vida un poema.

@Lucasvselmundo
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Licenciado en ciencias de la comunicación y maestrante en ciencias sociales. Reportero ocasional y columnista vocacional. Ayatola del rock n’ rolla. Amante de la cultura pop, en especial lo que refiere a la música, el cine y los cómics. Si no lo ve o lo lee, entonces lo escucha. Runner amateur, catador profesional de alitas.