M miraba a K. No como siempre sino de una forma distinta, más indiferente; sin tanto amor como el que acostumbraba a sentir por su marido y que se reflejaba en sus ojos, espejo ellos del sentir profundo y a veces apasionado que ella sentía.
No había sucedido nada en concreto ese día, ni tampoco en los días y semanas anteriores. Sin embargo, se había despertado inquieta y al posar su vista en él lo había sentido lejano.
Se preguntó por qué sentía esa indiferencia con respecto a la persona que había llenado su vida y mente de amor. Era una pregunta sin respuesta, que sabía que no la tenía pero que le era angustiosamente necesario formular.
Se sentó en la cama. No podía encender la lámpara ni hacer ruido. No quería despertarlo y tener que dar explicaciones sobre su insomnio y enfrentarse a los ojos escrutadores de M.
Se aburría. Miraba al techo y se aburría, miraba las paredes oscuras y húmedas y se aburría. Se estremeció de puro aburrimiento. El cuerpo de su marido se movió, hizo su giro habitual de cambio de posición. Eran las 2:30 de la madrugada.
Levantarse no era una opción, lo despertaría y habría preguntas. No quería preguntas, odiaba que indagaran sobre sus sentimientos. Sobre todo él, que era un especialista en sonsacarle hasta la mínima emoción.
Las 2:35 y el tiempo inmóvil, sin movimiento para alcanzar el día. Sudaba frío y le dolía la columna. Los pies no los sentía y las manos hacían círculos suaves entorno a su frente.
Las emociones estaban desbordadas, la excitaban hasta un punto cercano al paroxismo. Era el cambio: una radicalización de la novedad. “¿Qué con eso?”, se preguntó. La pregunta sonó en el aire como otra respiración.
“¡Ahí voy!”. Utilizó el singular, no el plural que lo incluía. Se dio cuenta de ello y quiso rectificar, pero no pudo. Ahora sí estaba claro por dónde iban a salir las cuadraturas de los círculos de su entelequia.
Refinó el argumento, es decir, lo alejó al hacerlo lógico. Lo convirtió en una objetivación precisa que la volvió indiferente hacia sí misma y hacia K con ella o sin ella.
Las 2:38 y K roncaba. Apunto de estallar y despertarlo de una buena vez para que hablaran de lo que estaba pasando, pero para qué. El pondría, como siempre, su cara de “yo no sé nada” o su otra versión, peor, “no entiendo que me estás diciendo”, seguida de un innumerable número de porqués desarmadores.
No lo despertaría, idearía la manera de hacerle entender a través de un cambio en las rutinas a las que era tan afecto. Eso, de seguro, lo inquietaría y le haría reaccionar de algún modo que buscara las explicaciones que solo ella podía darle.
Pensó: primero le negaría la despedida y luego llegaría tarde. Bueno, a la misma hora pero con el cambio de horario, unido al despiste habitual de K sobre el asunto, tarde. Sería suficiente para detonar la situación.
Romper la rutina era hacer estallar en mil pedazos los delicados lazos de su relación. Significaba establecer un nuevo orden desconocido para ambos en el que M imprecisamente creía.
Las 2:40. Se volvió a acostar y le dio la espalda a K. Miraba su sombra reflejada en un espejo imaginario que rebotaba sus palabras como ecos llenos de lluvia de voz. “Voces en las burbujas que vuelan sobre el acantilado”, pensó de forma poética. “Yo en ellas y tú abajo con las vacas, mugiendo y comiendo del pasto verde”.
Giró el cuerpo y se encontró con los ojos abiertos de K que la miraban intensamente, escrutándola. Se inquietó y negó. Le dijo: “Nada cariño. Te quiero mucho”.

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