K se preguntaba dónde estaría M, sobre todo porque no se había despedido con su habitual grito de salida. Eso estaba lejos de las costumbres de ella y debía ser, por demás, premeditado con mucha antelación. Obedecía a algo, pues. Pero él no sabía, en su fuero interno, a qué.
Ese detalle lo tenía inquieto, le impidió trabajar. Contaba las horas, los minutos y los segundos. El tiempo le parecía eterno, como si flotara en un espacio denso de inmovilidad absoluta. Era perturbador y doloroso ver el segundero.
La puerta del garaje no se abría, la voz de M no llegaba y el momento preciso de su habitual regreso estaba a punto de llegar. Él, más tenso que nunca y seguramente más nervioso que en toda su vida, se debatía entre seguir sentado delante de la pantalla blanca, que era la prueba evidente de su estado de ánimo, o levantarse e ir hacia la ventana y mirar a la calle en busca de las ansiadas señales.
Optó por quedarse inmóvil, por ser estatua de sal amarga y resquebrajada. Fue su opción, que aunque no la meditó demasiado, no por ello la encontró menos adecuada que las otras que podía haber tomado.
Le tranquilizó estar quieto y sin hacer nada, aunque ello supusiera acumular una tensión inmensa. De momento solo esperaba, con la emoción a flor de piel y la boca seca. Caía por la desesperación de su ausencia, añoraba su amada presencia.
Llegó la hora esperada, pero M no llegó y tampoco el teléfono sonó, ¡al menos eso!, para quitarle la ansiedad y el dolor en el pecho que empezaba a sentir, y que era causado por una intuición que ronroneaba, con arañazos incluidos, en su fuero interno.
Se levantó, no aguantando más la quietud que se había impuesto, y se dirigió a la ventana. Todavía el Sol estaba en lo alto, aunque ya había iniciado su descenso a la colina más cercana, donde se ocultaría a las siete de la tarde.
Miró su reloj y comprobó que eran las 4:30 en punto. Apenas pasaba media hora de la hora en que su mujer solía llegar. Pero era la primera vez que se atrasaba. ¿Qué le habría sucedido?, ¿era intencional su tardanza?, ¿llegaría?
Empezó a sudar frío. Las gotas pegajosas empezaron a caerle de la frente a los ojos y de los ojos, como lágrimas, a las mejillas arrugadas y pálidas que expresaban, en aquellos momentos de angustia, su dolor.
Escuchó el motor de un coche que se acercaba, esperanzado salió corriendo a la calle. Se tropezó en el vano de la puerta principal y casi se cae. Le salvó que en el último momento recobró el equilibrio.
Estaba equivocado. No era ella, sino el vecino de enfrente que regresaba de trabajar. Su decepción fue mayúscula. Se volvió a la casa triste, desolado, más de lo que hubiese podido imaginar. Se dio cuenta de que seguía enamorado de M.
Solo, se encontraba solo y destruido, con un alma picoteada por la duda, con la incógnita de M metida en su ser. Era extraño sentirse así, era extremadamente raro tener esas sensaciones.
Quizá, no la volvería a ver; quizá, su ausencia sería definitiva. Podría ser que voluntariamente ella se hubiese alejado para siempre. Todas esas suposiciones lo herían en lo vivo, le escocían y le ardían por todo el cuerpo; pero no las podía evitar, estaban pegadas como lapas en su mente.
Suspiró aliviado al escuchar la puerta del garaje y el grito de su mujer. Eran las cinco en punto de la tarde. Ella se acercó y le preguntó: “Querido, ¿has trabajado mucho en mi ausencia?” Él se limitó a sonreír. La abrazó y la besó.
“¿Atrasaste la hora o se te olvidó como siempre?” K se dio un golpe en la frente, se le había olvidado que era el día en qué las cinco eran las cuatro. Eso explicaba la tardanza, pero no el porqué ella no se había despedido.
M lo miró y enseguida supo que a él le pasaba algo. ¡Lo conocía tan bien! “¿Qué te pasa, querido?”, le preguntó. “Nada serio. Me preguntaba, ¿por qué no te despediste al salir? Se me hace muy extraño en ti”. “Se me rasgó la media y eso me distrajo. Ni siquiera me di cuenta de que no te dije nada”.
Eso explicaba todo. La rutina, y con ella la esperanza de una tranquilidad perpetua, volvía a ser la parte sustancial de sus vidas. Sus ojos se miraron y se encontraron en el vacío inmenso de la soledad compartida.

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