VERÓNICA MUÑOZ
Pachuca

Existe una delgada línea entre la libertad de culto y la discriminación. Yo tengo derecho a creer lo que me parezca más adecuado, a expresar y difundir mi opinión. Pero esta tolerancia al pensamiento individual no debería significar libertad para fomentar el odio hacia quien no comparte mi punto de vista.
Es hasta contradictorio escudarse en el derecho a opinar para coartar la libertad de expresión del otro, exigiendo, por ejemplo, que parejas del mismo sexo no se prodiguen muestras de afecto en espacios públicos.
La religión es una institución reguladora de la sociedad que se encarga de marcar lo que es moral, ¿pero qué pasa cuando la sociedad evoluciona más rápidamente que las instituciones religiosas? Existe un doble discurso que provoca conflictos tanto internos como en la interacción con la sociedad.
Las reformas jurídicas a favor de la diversidad sexual son sin duda alguna un paso importante en el camino hacia la integración de la comunidad LGBT, pero mientras no se cambie el discurso moral, la homofobia y los crímenes de odio no van a detenerse, sino todo lo contrario, tienden a recrudecerse cuando se logra un avance de esta naturaleza.
Para un chico que quiere salir del closet poco importa que se haya legalizado a favor del matrimonio igualitario si papá y mamá piensan que ser homosexual es un pecado; de nada sirve que la ley garantice el derecho de un adolescente transexual para vestir como quiera cuando sus padres ven eso como una enfermedad y tienen derecho a acudir a pseudoterapeutas que prometen “curar” la supuesta desviación sexual por medio de medicación innecesaria y toda clase de prácticas inhumanas.
Con esto no quiero decir que sea contraproducente legislar a favor de la diversidad sexual, sino que es necesario complementar dichas legislaciones con acciones de concientización y regulación que eviten la propagación de discursos de odio, que más a menudo de lo que nos gustaría admitir, desembocan en la comisión de delitos violentos y suicidio.
El carismático papa Francisco I se ha ganado la simpatía de propios y extraños con su discurso aparentemente liberal y pacifista; no obstante, si uno mira con recelo sus movimientos “políticos” (porque es un jefe de Estado además de líder de una de las instituciones de más peso a nivel mundial) nos damos cuenta que la aparente reforma que está haciendo de la Iglesia católica es solo de forma, pero en el fondo la cosa sigue igual: por una parte desdeña la suntuosidad propia de los dirigentes católicos y se pronuncia contra la discriminación de los homosexuales… por la otra, concede la indulgencia a los Legionarios de Cristo, una de las órdenes más conservadoras, poderosas, acaudaladas y corruptas, sin mencionar los múltiples escándalos que protagonizó su fundador y la mayor parte de sus miembros por pederastia.
En resumidas cuentas, definimos nuestro mundo a través de símbolos e ideas, y la Iglesia, con todos sus simbolismos, tiene un peso enorme en nuestra percepción del mundo. ¿Cuánto tiempo más vamos a permitir que la diversidad sexual sea tratada por las iglesias como una enfermedad o una desgracia? ¿Realmente es solo una cuestión de libertad de culto?

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