El espacio social del periodismo o la comunicación –al que Bourdieu le llamaría campo- es como el de la ciencia, el arte o la política, en el que se producen símbolos. Un espacio en el que los agentes que ahí participan son una expresión de las disputas de poder que, en un contexto histórico determinado, expresan y manifiestan intereses de todo tipo, incluido el económico, así como los intereses de poder que subyacen en toda acción humana.

La producción simbólica de ese espacio social se debe entender de manera muy simple: se trata del diseño y circulación de ideas que pueden tomar la forma de un discurso, una imagen o simplemente un gesto. Acá, contrariamente a otros espacios, no se producen licuadoras, aviones, relojes o celulares. Es un campo de la acción simbólica e inmaterial. Como se le quiera ver, pero el espacio simbólico es el espacio de espacios de la vida social y humana.

Mientras que, por ejemplo, en el caso de la ciencia, el objetivo que domina ese campo es la disputa por la verdad (aunque la verdad en sí no exista, lo que existen son verdades no la verdad, dice Albert Camus), en el caso del espacio de la comunicación y el periodismo, su actividad se regula por el propósito de informar a la opinión pública. Así como en la ciencia la verdad en sentido estricto no existe, igual ocurre en la comunicación: no existe, es relativa.

Los medios de comunicación, así como las nuevas tecnologías de las imágenes y la información, están diseñados para que el mensaje circule de manera vertical. Aunque la revolución de las tecnologías de la información ha modificado esa relación, en general la situación no se ha modificado sustancialmente por más que se lancen bendiciones y halagos a las “benditas redes”. Existe una matriz de poder como trasfondo de todo ello, y es ineludible socialmente hablando.

Los periodistas, entendidos como agentes de ese campo de la información, forman parte de la sociedad y como tales no son ajenos a la influencia que sobre ellos ejerce la cultura y el lugar que ocupan dentro del espacio periodístico, así como la experiencia personal que cada uno vive. De tal manera que, en general, los comunicadores nos posesionamos en ese campo de poder de acuerdo a la manera en que comprendemos el mundo.

Cada biografía personal está sujeta a la experiencia vivida en un contexto social específico. Las biografías personales no son una línea recta. La reproducción de la vida en el ámbito personal y su relación con el mundo de la comunicación influye en la conformación de las representaciones que nos hacemos de la vida. Esa ruta biográfico-personal, también es una ruta en donde se cruzan, ineludiblemente, las clases y la constitución de las subjetividades de los comunicadores.

Ahora bien, en el espacio de la producción de bienes de carácter simbólico como es el caso de la comunicación, se requiere una cierta legitimidad. Es decir, no basta  solamente producir información. Para que esa información tenga un impacto en la opinión pública es necesario que el medio que la construye o el profesional de la comunicación que la difunde tenga cierto prestigio entre la opinión pública para que tenga el efecto deseado.

El prestigio es algo indispensable en el caso de la comunicación y de los que ejercemos el periodismo de alguna manera. Para que un sector de la opinión pública deposite su confianza en tal o cual periodista o medio es necesario que el medio o el comunicador haya ganado un prestigio que lo haga susceptible de que sus puntos de vista sean tomados en cuenta. Ahora bien, prestigio quiere decir tener buena fama y nada más.

Y la buena fama o prestigio que se construye ante la opinión pública puede ser falsa, según el caso de quien se trate. La relación entre el prestigio y opinión pública no es estática, sino de constante transformación. Lo anterior, debido a que el ambiente social en que se construye el prestigio es cambiante; la sociedad nunca está quieta por lo que en su interior prevalecen relaciones de poder. Lo que ahora goza de cierto prestigio, el día de mañana dejará de tenerlo, a veces, será algo inducido.

Es importante saber distinguir entre el prestigio creado por y desde el poder, así como aquel que tiene un sustento en crear una opinión pública cualitativamente bien informada. La relación de Televisa y el sistema de partido único hizo visibles periodistas como Jacobo Zabludovsky. Esa empresa logró empoderarse y capitalizar su relación con el partido en el poder, el cual gozó de cierto prestigio hasta la posguerra.

Al caer el sistema del partido único también se vino abajo el prestigio que tenía esa empresa ante la opinión pública. Eso también es lo que explica las dificultades que ahora tiene para operar. Y lo mismo ocurre con quienes desde sus espacios lograron hacerse visibles como miembros del campo de la comunicación. Es lógico que el sistema haya deseado aprovechar o premiar el prestigio de que gozaban ante ciertas capas de la opinión pública.

Hace falta un buen estudio de los columnistas en México. La columna política surgió como un pilar de los medios de comunicación impresos. Más tarde, se extendió a los medios electrónicos a través de incorporar expertos que expresan su punto de vista en noticieros o programas ideados para ese fin. Entre la clase política y ciertas capas de la opinión pública gozan de enorme prestigio Julio Hernández o Salvador García Soto. 

Antes de esa generación, destacó Manuel Buendía. La lista podría ser bastante amplia, pero es imposible dejar fuera de esas menciones a José Gutiérrez Vivó y a Carmen Aristegui. En la época de la “transición amigable” PRI-PAN, figuró Carlos Ramírez. Pero en qué lamentables condiciones todavía existe la columna de Ricardo Alemán.

Ahora bien, los periodistas que son quienes en el caso de la comunicación construyen la información, no son los dueños de la información y del “sentido” de la misma, salvo en el caso de los columnistas o comentaristas, y no siempre. La información o lo que comunican no es propiedad del periodista. Eso es debido a que el sentido de la comunicación es propiedad de la empresa que finalmente la difunde o puede no difundirla. Existen medios e informadores que lógicamente comulgan en todo, pero es otro asunto.

Con respecto a la lista de periodistas que recibieron dinero del anterior gobierno y que fue dada a conocer por el periódico Reforma, se puede concluir que no todo el que recibe dinero implica que “el que paga manda”, pero algo hay de cierto en eso si lo ubicamos en todo el espectro sociopolítico que aquí hemos tratado de rastrear.

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