Natalia Cardona Quintero*

El 24 de octubre de 1938 escuchaba a la Luna recitando canciones de cuna, esas que se entonan en lo profundo del mar. El cielo oscurecido lloraba y gemía entre luces y sombras. La vi vestida de blanco con una mirada triste y de aparente calma, con el rostro surcado por lágrimas de angustia que agitaban su respiración. Lentamente se acercaba al abismo, siguiendo un sendero labrado con penas, yendo al encuentro de un solitario camino que aguardaba tras el risco; un mar en tempestad prometía la calma que la tierra no le había podido dar. Me miró con los ojos llenos de bondad acompañados de una sonrisa que me acarició el alma y me llenó de un sentimiento confuso entre la alegría y la tristeza para después, con su fina boca, modular un “gracias” que me ataría a ella en la travesía que seguía tras el salto.

Podía sentir el viento en mis ropajes, no recordaba en qué momento me arrojé a la nada, pero podía ver la pequeña y estilizada figura arropada por un blanco manto entre la oscuridad, unos metros más abajo; traté de acercarme lo más posible a la figura de aquella delicada mujer, pero, cuando estaba a punto de atrapar su mano, el agua me golpeó.

Entre la luz y la oscuridad,
entre el norte y el sur,
si miras bien, estamos allí,
entre el viento y las olas,
entre las arenas y las costas,
escucha con atención,
entre las rocas y la tormenta
entre la esperanza y la creencia
es allí, entre la luz y la sombra
entre el tiempo y la eternidad
donde reposa la calma
de nuestras voces
en lo profundo del mar.

La melodía inundó todos mis sentidos, ya no era oxígeno lo que pedían mis pulmones o luz lo que buscaban mis ojos ni mi piel anhelaba ya una caricia. Casi sentí como si pudiera vivir en esas voces, en esa ensoñación. Pero los sueños se acaban y, cuando la canción se detuvo, vi su rostro; yo había dejado de llorar y miraba la luz de plata. Ella era heredera de la belleza y la serenidad del mar; en este mundo entró así en silencio, alejándose del fantasma de una vida que la atormentaba.

Su alma se quedó y yo fui arrastrada por las olas junto a su cuerpo, hacia las playas del Mar de Plata, donde un 25 de octubre, tras una noche de horror, un mar en calma había dejado su cuerpo reposando suavemente sobre la arena y el rostro de Alfonsina Storni al fin tenía una expresión serena. Yo me había alejado comprendiendo que aquel “gracias” era por acompañar su cuerpo inerte hasta donde sus amados pudieran alcanzarlo. Y desde entonces recorro sus poemas con el ritmo de aquella melodía que solo se escucha en las profundidades del Mar de Plata.

Comentarios