“La lucha del actor es la paz“

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Alejandra

Dice el maestro Diego Piñón: “Hay que aprender a navegar en la incertidumbre”. Es uno de los miedos más grandes, puesto que como seres humanos necesitamos certezas, quiénes somos, cómo nos llamamos, cuál es mi lugar en la familia, qué voy a estudiar, de qué voy a vivir. Así que buscamos certezas que sean aceptadas por el medio social. Por lo tanto, nos olvidamos de nuestros deseos. El deseo se vuelve vergonzoso, al grado de ocultarlo. Respondemos al medio no por deseo, respondemos por inercia, puesto que en ella hay seguridad, hacemos lo que todos los demás hacen,
no lo que nuestra voluntad desea. Ser artista es un acto de amor en el que hay incertidumbre y, por lo tanto, se requiere de valentía.
Regularmente cuando nos enfrentamos a la decisión de hacer teatro nos encontramos con el rechazo del medio social. Así que dedicarse al teatro tiene una labor doble, hacerse cargo de la propia formación e informar a la sociedad por medio del propio trabajo la importancia del hacer teatral, del hacer arte. Para recordarnos esto, cito a uno de los investigadores escénicos más importantes del siglo XX, J Grotowski, que en su libro Teatro pobre nos dice: “El arte no es la fuente de la ciencia, es la experiencia que surge cuando nos abrimos hacia los otros, la que nos confronta con ellos a fin de entendernos a nosotros mismos: no con el sentido científico de recrear el contexto de una época en la historia, sino con el sentido elemental y humano.”
Por lo tanto, habría que pensar en las artes como esa posibilidad de relación con lo bello, la naturaleza, lo divino, el libre pensamiento y las formas, ese espacio de libertad para relacionarnos con la naturaleza del “ser humano”, atreverse a ser humano para comprendernos.
Antes de ser artistas escénicos tenemos que recordar que somos personas y como tales vivimos ante una serie de condicionamientos sociales, culturales, económicos y morales. Por esos condicionamientos vivimos obstruidos, con pocas posibilidades de relacionarnos con nuestro cuerpo, con nuestras emociones y con el entorno. Usamos máscaras correctas para nuestras funciones sociales, que inmovilizan el rostro, lastiman y enferman el cuerpo y tiranizan la mente.
Vivimos en “la catástrofe” a la que alude Witkiewicz en La forma pura, con su “hombre del futuro” alejado de la naturaleza viviendo en una “mecanización”, cuyo deseo son los bienes materiales, olvidándonos del “sentido trágico de la existencia”. Sin embargo, aquellos individuos conscientes son capaces de “sentir la unidad en la multitud” por medio del arte, y lo más importante, solo puede hacerlo el hombre.
Para alcanzar todos estos preceptos, el artista escénico debe estar dispuesto a realizar un acto de transformación, como dice Yoshi Oida en su libro Un actor a la deriva: “(…) la vida que buscamos implica la ruptura definitiva de una serie de hábitos”.
Durante mi formación teatral me di cuenta que tenía que romper con distracciones, por lo tanto era necesario ejercitar la atención al presente, una herramienta principal para el desarrollo de la creatividad. Esta capacidad de percepción que permite la reacción orgánica y coherente del individuo.
Vivir en el presente es una acción riesgosa y hay muchos caminos para lograrlo, sin embargo, un primer paso es liberar el cuerpo de una idea arraigada por el ser cotidiano. Es riesgosa porque hay que atreverse a romper las fronteras que imponen el cansancio y el miedo.
“Cuando digo: Ir más allá de sí mismo, estoy pidiendo un esfuerzo insoportable. No puede uno detenerse a pensar en la fatiga (…)”. Esto significa que uno se ve obligado a ser valeroso. Y, ¿a dónde conduce esto? Hay ciertos niveles de fatiga que rompen el control de la mente, un control que nos bloquea. Cuando hallamos el valor de hacer cosas imposibles, descubrimos que nuestro cuerpo ya no nos bloquea. Hacemos lo imposible y la división que existe dentro de nosotros entre el concepto y la habilidad del cuerpo desaparece (Grotowski, 2008).
Este proceso de liberación física abre paso al flujo de energía, se experimentan emociones, muchas veces reprimidas que ante el proceso de oxigenación se desbloquean y manifiestan.
“(…) Para quienes aprendimos muy pronto a bloquear, suprimir o negar muchos de nuestros sentimientos, la expresión emocional puede resultarnos tan dolorosa al principio (…) No nos arriesgamos a expresar nuestros sentimientos para evitar ser heridos. Nos habituamos a un estado de inercia emocional, a una especie de insensibilidad generalizada, una muerte en vida que nos protege del dolor pero nos priva de la alegría de vivir el ahora o nunca”, Gabriel Roth.

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