Todas las tardes mi calle estaba impregnada de aroma de pan en proceso de cocción, automáticamente mi mirada y mis pies se dirigían a la pequeña panadería donde los bolillos, las conchas, las banderillas, las orejas y otros panes estaban exhibidos invitando a ser probados; comprar pan recién hecho se convirtió en un ritual repetido por lo menos tres veces a la semana. Luego, en los últimos seis meses poco a poco el número de charolas fue disminuyendo hasta que llegó el anuncio: “¡Vecina, le aviso que ya no abriré, ya no puedo seguir así, ya no me sale!”
Ahora suman dos semanas donde el ruido de las cortinas metálicas dejaron de escucharse y el aroma del pan horneándose desapareció; en mi colonia, en los últimos años, innumerable cantidad de comercios fueron abiertos y cerrados pocos meses después. De cerca he atestiguado el entusiasmo e ilusión de personas que realizan un trabajo excelente para presentar sus productos a la venta, para luego escuchar la tristeza del anuncio de cierre de sus negocios.
¿Por qué fracasan quienes ofrecen productos de primera necesidad? ¿Por qué las personas dejan de consumir productos de excelente calidad y buen precio?
La apertura indiscriminada de negocios y su inevitable cierre cumplen con el tiempo de vida de los pequeños comercios familiares, aquellos que cuentan solo con la inversión de sus ahorros, con el trabajo de sus dueños y con la intuición y ánimo de sus creadores, esos pequeños y pequeñas empresarias que buscan ganarse la vida de manera honesta ante un mercado laboral que cierra sus puertas.
Hace más de una década, desde la política económica del gobierno de la República mexicana, nos hicieron creer que todos podían iniciar un “changarro”, es decir, iniciar un negocio familiar que permitiera asegurar el desarrollo económico de las familias. Solo que visto desde los espacios cotidianos y colonias populares, cada vez es menos creíble pensar que la solución a los problemas de desempleo es la changarrización de la economía, porque los pequeños negocios familiares o individuales enfrentan dos situaciones: la primera involucra directamente al ofertante del servicio, porque su pequeño negocio carece de crédito, el personal no tiene capacitación y compite con empresas ya consolidadas; lo segundo se debe al consumidor, quien puede tener acceso a una amplia oferta de servicios y productos en el pequeño comercio o en tiendas departamentales, pero su posibilidad de elegir se reduce cuando carece de ingresos. Para las y los consumidores un recurso para continuar comprando es recurrir al crédito; los pagos a meses sin intereses y los “abonos chiquitos” son posibilidades que pueden ofrecer las tiendas ya consolidadas o departamentales, pero un negocio que se sostiene del ahorro y el trabajo familiar no puede darse el lujo de distribuir sus productos para cobrar después.
La falta de dinero es una situación que ha acompañado a los sectores populares de nuestro país, solo que en el pasado la posibilidad del crédito y el préstamo era más fácil porque se trataba de colonias o barrios donde todos se conocían y las relaciones de confianza prevalecían. La confianza es un capital social que permite a un grupo de personas sentir seguridad en sus casas y sus calles, la confianza obliga a conocer y reconocer a las personas que cotidianamente transitan por la calle, la confianza otorga la certeza de que el saludo será contestado con la misma cortesía. En ese ambiente de confianza, los espacios comunes permitían ciertos apoyos como el sistema de préstamos de productos básicos que eran liquidados hasta el día de quincena, por ello era común que las tiendas del barrio tuvieran su cartera de deudores.
Entre comerciantes del barrio y deudores prevalecía una relación de confianza, donde las relaciones cara a cara y el cumplimiento de la palabra comprometida eran un asunto de honor y confianza. Esto es algo que en la sociedad actual está roto, ¿cómo confiar en los desconocidos que por azares del destino y del crédito social se convirtieron en vecinos?, ¿cómo otorgar crédito a quien ignoramos su capacidad de pago?
El proceso de empobrecimiento de los salarios sigue impactando a todos los sectores sociales, pero se nota más en las colonias populares donde la inseguridad social y la ruptura de las relaciones de confianza se suman en contra de los pequeños comercios.
No hay que perder de vista que las panaderías, las cocinas económicas, las cenadurías, entre otros negocios de productos preparados, son intentos de personas que buscan una manera honrada de sobrevivir en un contexto donde el dinero en efectivo es cada vez más escaso.

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