Sandra Pérez Monter*

Oscuridad, intensa oscuridad, no hay más que color negro, no hay luz, no hay sonido, no hay nada. Trato de ver algo en ese lugar completamente oscuro y no lo consigo, quisiera que mis ojos me dieran fe de algo, pero no puedo sentirlos, no sé si aún los tengo. Pienso en mis párpados y les ordeno abrirse, pero no logran percibir nada; ni siquiera los siento.

El silencio es abrumador, no percibo el zumbido de mis oídos, solo silencio, tanto que hasta podría escuchar el latido de mi corazón, y sin embargo no lo oigo. No escucho ni siquiera el vacío.

¿Alguna vez te has preguntado cómo será el paso siguiente luego de morir? ¿Seremos conscientes de ese trance? No tenemos ni idea de cómo será ese proceso, no sabemos si es igual a ver una luz intensa, o si por el contrario, es solo oscuridad intensa, un silencio denso, agobiante. No sabemos si alguien guiará nuestros pasos o si solo estaremos a la deriva. No sabemos si será como renacer. Frente a esa incertidumbre, lo mejor es no pensar en ello. O quizá no está mal especular. Como en este Maldito Vicio.

Quisiera gritar como en mi primer momento, llamar a alguien con la esperanza de que me despierte de esta pesadilla, de este sueño inhóspito. Pero no puedo, mi cuerpo se ha ido, no existe. ¿Estoy muerta o simplemente me encuentro inmersa en un sueño profundo del que no he podido despertar? Es un estado desconcertante. No recuerdo haber muerto, si es que se puede recordar algo así. ¿Habré tenido un accidente? ¿Me habrá dado un infarto? No recuerdo haber sentido nada. No puedo estar muerta, no podría estar muerta, ¿o acaso lo estoy? Acabo de cumplir 33 años, solo 33 vueltas al Sol. Es tan poco, mi hijo, mi pequeño Isaac, mi pequeño tololoche, si estoy muerta voy a hacerle mucha falta. Es solo un niño. Tengo que regresar con Isaac. Debo verlo, asegurarme de que está bien. Tal vez pueda imaginar algo y así pueda regresar a ver a mi hijo.

De pronto: una voz distante. No entiendo qué dice. ¿Será una mujer? No, es de un hombre, o ¿será de un niño? La voz se hace cada vez más clara, pero todavía no entiendo que dice. ¿Estará hablándome a mí, o hay alguien más aquí?

Trato de hablar, pero mi voz no se escucha. No soy capaz de emitir ningún sonido; pareciera que mi laringe tampoco existe. Mis cuerdas vocales se habrán podrido llenas de gusanos dentro de una fosa tres metros bajo tierra. ¿Será el infierno? ¿Seré un alma putrefacta y ruin que aguarda su castigo sempiterno? ¿Será ese espacio de tormentos donde estaré condenada a pensar en la ausencia de mi hijo? ¿Dónde esperaré mi dolor?

No creo haber sido tan mezquina después de todo. No he matado a nadie, no he robado nunca, no he estafado. ¿He pecado? Seguramente. Desde luego he mentido, no lo niego, y no tengo más excusa que el placer de observar lo que sucede después. ¿Será ése –mi peor rostro–, el que me ha traído hasta aquí?

¿Qué es eso? ¡Es la voz! ¡Ahí está otra vez! la escucho claramente, pero no entiendo qué dice. Poco a poco empiezo a sentir mis ojos, trato de parpadear y lo logro…

— Raquel, Raquel, mira la luz.
¡Eso dice la voz! ¿Cuál luz? ¿Dónde?

— La luz. Raquel, mírala.

¡Ahí está! ¡La veo, puedo verla! Es un parpadeo, como un latido, una luz blanquiazul muy tenue. Es tan pequeña que apenas puedo alcanzar a verla. Es hermosa, enervante, muy clara. Puedo ver. ¿Será un sueño? Ahora estoy más tranquila. Es una luz bellísima. También puedo verme. La luz está iluminándome. Me encuentro sumergida en una especie de agua cristalina con destellos azulados hermosos.

La luz crece rápidamente y revolotea en una madeja incesante de movimientos tan rápidos que apenas puedo percibirlos. Parece un enjambre furioso. La luz se hace cada vez más intensa: intensa y tenue, intensa y tenue. Se expande y se retrae en veloces latidos, como un vaivén vertiginoso.

— Mira la luz
— La veo, es preciosa.
— Sí, es hermosa.
— Es cautivante. Espera, estoy hablando contigo. ¿Quién eres? ¿Dónde estás?
— Mírala, Raquel.
— ¿Dónde estás? No puedo verte. Quiero saber dónde estás. Tengo derecho a saber quién eres y dónde estás.
— Todos creen que tienen derecho a todo.
—¡Espera! ¡No te vayas! me siento muy sola aquí. Tengo miedo.
No te vayas. Por favor no me dejes.

De repente, en una oleada, la luz comienza a hacerse cada vez más brillante. Cada vez más y más intensa. Casi no puedo ver ya. Me ciega. Es tan intensa que duele. Es demasiado brillante, estoy deslumbrada. Mi mirada se pierde, me es imposible continuar observando. Ya no puedo ver por la intensidad tan grande de los destellos. Mis ojos son inútiles ante tal magnitud.

Ahora escucho un ruido extraño, nuevo para mí, parecido a un zumbido enorme. ¿Qué son esos estallidos tan horribles? No puedo ver nada ahora. No comprendo. No comprendo.

“¡Ayúdame, por favor! Quien seas, ¡ayúdame, ¡Por piedad!, ¡por Dios, ayúdame! Te lo suplico. Ayúdame, estoy muriendo. Estoy muriendo. Me estoy desvaneciendo. ¿Estoy aquí por haber mentido? Dios, si existes, escúchame. Perdóname, si me escuchas. Perdóname por no poder pedirte perdón”.

— No Raquel, estás equivocada. No pidas perdón. Hoy has resucitado.
— ¿Yo, he resucitado? Entonces ¿sí morí? No comprendo.
— Raquel, todo el tiempo antes de este momento, has estado muerta.

 

*Autora del libro Los sueños de Raquel: crónicas iniciáticas, de Editorial Elementum (2017). “La luz” es un extracto de su primer capítulo. Originaria de Actopan. Es ginecóloga de profesión y directora general de la empresa hidalguense de productos ecológicos de salud femenina: Mamita chula.

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