Luego de revisar los libros usados y comprar 10, Ricardo caminó al puesto de LPs; encontró un par de su gusto pero, tras negociar, adquirió 20 por el precio de 15, ahora solo le faltaba dónde tocarlos. Siguió con las herramientas usadas, aunque no eran de su completo interés todo lo que vendían estaba realmente barato, una suerte encontrar el tianguis; bajo una montaña de pericos, desarmadores y martillos, halló una pequeña caja oxidada con una manivela en claro desuso, la inspeccionó; en la parte de inferior estaba grabado “Máquina de hacer brujas”.
– Disculpe buen hombre– dijo Ricardo al robusto vendedor de herramientas–, ¿esto qué es?
– Ahí dice en la caja.
– Sí, pero ¿qué hace?
– Ahí dice en la caja.
– Ya… ¿y en cuánto sale?
– No está en venta.
Típico, pensó Ricardo, una antigua táctica para vender: ofrecer un producto, desear que sea comprado y luego mostrar reticencia a venderlo para elevar el precio. Vale, juguemos.
Ricardo dio varios precios para la máquina, pero ninguno fue aceptado, luego abordó otra estrategia. ¿Y si le compro varias herramientas y me da la caja como ganancia? ¿Cuántas herramientas? Compró cinco desarmadores, tres seguetas y seis utensilios que no estaba muy seguro de cuál era su utilidad, pero al final el vendedor accedió a regalarle la máquina.
Con malabares para cargar sus adquisiciones salió del tianguis, se dio cuenta que no llegaría a sus habitaciones con su botín completo, pidió un taxi y metió todo a la cajuela. Otra vez hizo malabares desde el taxi, atravesó su pequeño jardín y llegó a la puerta de su casa. Soltó las herramientas apenas la abrió, dejó los libros y discos en la mesa de la cocina, y se enfrascó en la tarea de descubrir cómo funcionaba la pequeña caja. En la parte de abajo, o bien pudiera ser la de arriba, estaban grabadas las instrucciones: “Jale la manivela para activar. No apto para su venta”. Ricardo giró la manivela. Nada pasó. La volvió a girar dos, tres, doce veces entre chirridos oxidados. Nada pasó. Vaya, pensó, lo bueno es que me la regalaron.
Fue a la ducha para limpiarse el polvo y grasa que dejaron las herramientas. Cuando salió de su baño, justo a lado de la máquina había un reproductor de LPs… al parecer la caja funcionaba. Lo enchufó y colocó el primer acetato. Se sentó en un sillón rojo, aunque había olvidado que tenía un sillón rojo, y comenzó la lectura con uno de los 15 libros que compró… ¿o habían sido 10? Leyó, no tardó en quedarse dormido por culpa del reconfortable sillón.
Despertó entrada la mañana siguiente, colocó el libro en la pila donde estaban los otros y fue a la cocina a preparar café, el reproductor de LPs daba un sonido sordo, con la aguja en el centro del acetato que giraba. Sorteó montones de herramientas, abrió una alacena para sacar una taza de las múltiples que tenía y la colocó en la primera cafetera que vio. Con su taza en la mano, colocó un nuevo disco, volvió al sillón azul, ya que el rojo estaba atiborrado de discos, y recomenzó la lectura. Llegó la hora de la comida, Ricardo optó por salir antes que meterse de nuevo a la cocina; aunque hubiera querido ya no había espacio para él entre tantas ollas, sartenes y trastos desparramados.
Con el estómago satisfecho, tuvo que empujar la puerta de su casa para derribar la pila de desarmadores que descansaba contra ésta. Quiso reanudar la lectura, pero ya no había espacio dónde se sentara, ni el sillón marrón, el crema, el rojo o el azul. Suficiente, se dijo a sí mismo; rascó entre objetos oxidados y encontró la máquina.
En la plaza del tianguis donde compró la máquina solo había dos vendedores, uno de frutas picadas y otro de ropa. Ninguno quiso comprarle la máquina.
Iba camino a casa, luego lo pensó mejor y antes adquirió varios metros de hule y rafia. En su jardín extendió los plásticos. Esta vez debió entrar por la ventana; amarró herramientas, trastes y cosas que no sabía ni qué eran ni para qué servían. Fue colocándolos en el jardín, la máquina siempre a la vista, pero en cada ocasión que regresaba con más libros y discos, estaba enterrada entre herramientas.
Comenzó a dormir afuera de casa a falta de espacio; no estaba tan mal, el sillón marrón en verdad era cómodo, y reclinable. Los clientes tardaron días en llegar, apenas y se llevaban algo aunque Ricardo ofrecía precios baratísimos, y hubiera regalado todo lo que tenía, pero despertaba más suspicacia y le restaba clientes.
Pasaron dos semanas, o tal vez seis meses o tres años, hasta que un muchacho de aspecto tosco removió un montón de herramientas y encontró una caja con una manivela.
– Eh, gordo– le dijo a Ricardo–, ¿y esto para qué sirve?
– Es una máquina de brujas, pero no está en venta– respondió Ricardo.

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Maratón Anual de Lectura 2017, semana cinco

  • Leonardo Muñoz
    En pausa. Total: dos
  • Leticia Andrade Martínez
    En pausa. Total: uno
  • Leslie Edith Varela Saavedra
    El diario del bunker / Kevin Brooks (leyendo). Total: cuatro
  • Iridián Luqueño
    Ciudad de ceniza / Cassandra Clare. Total: dos
  • Su guardián servidor
    ¡Guardias! ¿Guardias? / Terry Pratchett. Obras reunidas. Cuento / Ricardo Garibay (leyendo). Total: tres
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Egresado de la UAEH, amante de la ciencia ficción, cafeinómano empedernido y simpatizante indiscriminado del chocolate