Nadie podía creer lo que estaba pasando, la gente se alejaba aterrorizada, corrían despavoridos por las calles del centro histórico de Pachuca, los mercados Primero de Mayo, Benito Juárez y Surtidora se vaciaron en un instante; la parroquia de la Asunción se llenó de feligreses que lloraban y rezaban, pidiendo angustiosamente el perdón de sus pecados, creyendo que había llegado el día del juicio final.

La gente de las casas y comercios, cerraron sus puertas, buscando así un refugio ante tan devastadora manifestación. Algo nunca antes visto, una horda iracunda de árboles bajaba del cerro de El Lobo y por la vieja carretera al Chico, habían decidido romper con su voto de inmovilidad, sacando sus raíces del suelo que les vio nacer, marchando con furia hacia el centro de la ciudad, destruyendo todo a su paso con sus poderosas ramas y raíces que se habían convertido en mortíferos tentáculos; ni siquiera la estatua del Cristo Rey se salvó de tal furia vengativa.

La prensa local transmitía en tiempo real el horrendo espectáculo por cadena nacional, la gente de otras partes del país reenviaba los vídeos y rápidamente, el mundo se conmocionó al ser testigo de la inverosímil situación: toneladas de escombro volando por los aires, cientos de muertos y heridos por las calles en un mar de sangre y destrucción. Pachuca sucumbía impotente ante los árboles que por milenios les habían dado a sus habitantes confortable sombra y madera, árboles que por miles de años habían estado apacibles e ignorados, árboles que antes eran amigos.

Llegaron los Bomberos, la Policía, artillería ligera del Ejército y la Guardia Nacional, pero sus armas poco podían hacer contra la furia de los árboles, que seguían avanzando aunque fuera a pedazos, ante el poder de la metralla, que a lo mucho les arrancaba un par de ramas, incrementado su ira.

Había civiles intentado herir a los árboles con sierras y hachas, pero esos, conocedores de la capacidad lesiva de tales armas, las arrancaban de las manos de los hombres, arrojando el arma a un lado y a su portador al otro, gravemente herido. Solamente el fuego podría servir de defensa ante el ataque masivo y despiadado de la naturaleza, pero no había nada que lo produjese tan rápido, salvo la gasolinera que nadie se atrevía a incendiar.

Conforme avanzaban por la ciudad, se les unían a la batalla los árboles de los parques, jardines y guarniciones, mostrando sus ramas mutiladas y aún sangrantes, producto de ésas podas “necesarias, preventivas u ornamentales” que tantas heridas les han causado. Podas que, por cierto, son innecesarias e injustificadas.

En medio del caos, solo un niño quiso hablar con ellos, creyendo desde el fondo de su corazón, con fe ciega, que los árboles escucharían su voz. Permaneció de pie, junto a la estatua de Juárez cuando un árbol que bajaba por la calle Guerrero, el cual, detuvo su marcha frente a él.

Entre las arrugas del tronco de aquel enorme pirul un rostro emergió. Tenía ojos que veían, oídos que oían y una boca con voz propia: “Pero, ¿qué te sucede niño, no vas a huir de nosotros?”, preguntó el árbol con furia “¿Por qué hace esto señor árbol, si nunca le hemos hecho nada?”, respondió el niño, sin miedo.

“¿Nada?, ¿nunca nos han hecho nada? Miles de mis hermanos han muerto por nada, mis hijos no logran crecer, los han cortado para hacer leña para sus hornos; con nuestros brazos, han hecho sus casas, con nuestros troncos han construido sus minas y vías. Les hemos ayudado a progresar y ¿con que nos pagan los humanos? ¡Con la muerte!, nos podan para que ‘nos veamos mejor’, nos talan porque estorbamos en sus banquetas o porque nos vemos mal en el jardín.

Hemos sufrido por siglos de maltrato y abandono, siempre en silencio, ya casi no tenemos agua para subsistir, ya que ustedes la han acaparado, han construido presas y desviado los ríos que nos alimentaban. Tenemos sed y toda el agua está reservada para ustedes en esos depósitos de plástico que llaman tinacos. ¿Te parece poca cosa todos los incendios forestales que hemos resistido?” “Pero señor árbol, para eso hay leyes que le pueden ayudar, señor árbol. Hay personas que gobiernan y hacen cosas por el bien de todos. Eso dice mi maestra de la escuela.”

“Niño, a ésa gente no le importamos, tan solo mira: eres el único que no ha intentado quemarnos o talarnos hoy. Eres el único que ha querido hablar con alguno de nosotros hoy y en mil años.”

Continuará….

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