En la entrega anterior de “El Chaneke Verde”, se presentó un relato en el cual, los árboles de la ciudad de Pachuca, se habían revelado y atacaron a sus habitantes humanos. Solo un niño, en vez de huir, decidió hablar con el árbol, aquí continúa su diálogo:

-“¿Y cómo quieres que te escuchen si solo vas por allí, rompiendo sus casas y aventando sus carros? Eso no se hace, diría mi mamá. Para ser respetado, hay que respetar. Para que te oigan, primero hay que aprender a escuchar.”

-“¿Y a mí, quien me respeta? ¿Quién me oye? Hemos rezado por siglos a ése Dios suyo para que detenga esta matanza y nada, por eso arrancamos su estatua. Mis hermanos frutales han bajado su producción, están cansados, no pueden más y nadie los escucha. Hemos querido hacerles ver que sin nosotros, el calor aumenta cada año y les afecta cada vez más a ustedes los humanos y nadie nos escucha. No nos ha quedado de otra más que venir a marchar y hacer destrozos frente a esta construcción, como lo hicieron las féminas humanas hace pocos meses, creemos que tenemos más razones para quejarnos que ellas y debemos ser escuchados por sus gobernantes, quienes al parecer viven aquí.”

-“¿Entonces no quieres matarnos?”– preguntó el niño.

-“Solo quiero que me escuchen, quiero seguir viviendo, sin miedo a que me corten o me quemen. Quiero agua y aire limpio, sniff”–la voz del árbol se cortó y de sus ojos salieron grandes lagrimones de blanca sábila, cuando recobró la compostura, preguntó al niño– “¿Cómo es que puedes entenderme, niño? Nunca antes ningún humano me ha oído, yo si les oigo, me cuentan sus penas y sus historias de amor quedan grabadas en mi piel, mira, tengo aquí un corazón con las letras A y S. No se quienes sean, pero seguro que se querían.”

-“Soy un niño, no un adulto. Los adultos viven encerrados en sus cosas y pensamientos, nunca escuchan nada. Pero no soy un niño cualquiera, pertenezco a una raza antigua de sirvientes de la naturaleza. Mi bisabuelo era un poderoso chamán y me enseñó el idioma ancestral de los árboles. Ya casi nadie lo habla en mi comunidad. Mis padres ni siquiera saben que puedo, creen que estoy loco cuando me ven platicando con el durazno de nuestro jardín. Tal vez pueda ayudarte.”

Y fue así que el niño pidió ayuda a un policía que intentaba evitar que un pino arrancara la estación del tuzobus. Lograron entrar a las instalaciones del edificio de gobierno se organizó una junta urgente, una mesa de negociación. Con el niño como traductor, los humanos aceptaron no construir más casas ni carreteras si ello implicaba talar aunque sea un pequeño árbol. Acordaron extender el área protegida de El Chico y cancelar toda actividad de agricultura, ganadería y pesca en la zona. Los humanos recogieron la basura del bosque y los árboles regresaron a sus posiciones, firmando así una tregua con la humanidad; no sin antes dirigir furiosas y desconfiadas miradas a los humanos, amenazando con su regreso si el acuerdo era violado.

¿Tenemos que llegar a eso para que por fin se haga algo por el bien de nuestro entorno? ¿Necesitan los árboles vengarse?, espero que no.

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