– ¿Qué atuendo tenía?– preguntó Cornelio.
–Vestía ropas elegantes– respondió Junio.
–¿Puede ser más específico?
–…llevaba un sombrero de copa, esmoquin negro con moño al cuello– y después de pensar un momento–. Pareciera usar el atuendo para una boda.
–¿Algo más?
–Si. Lo curioso es que no traía pantalón, se encontraba desnudo de la cintura hasta abajo.
–¿Desnudo? ¿Entonces era varón?– Cornelio se masajeó la barbilla.
Junio titubeó, desconcertado. No recordaba con claridad.
–Creo… creo que sí. No había pensado en eso, pero ahora estoy seguro de que era varón. Si no lo fuera, entonces llevaría vestido de novia ¿cierto?
–Es posible. Pero no existe ninguna ley sobre quién puede o no usar vestidos de novia o esmoquin. Es una simple norma social, que comienza a ser maleable en estos tiempos tan modernos.
–…yo no soy tan moderno– dijo Junio a la defensiva.
–Y yo no lo estoy juzgando– concilió Cornelio.
Hubo un incómodo instante de silencio, que Cornelio disolvió con un nuevo cuestionamiento.
–Así que ¿con quién se identifica más?
–¿Qué quiere decir? ¿Se refiere al vestido o al esmoquin? ¿Piensa que mi inconsciente proyecta una ambigüedad sexual latente que no me atrevo a revelar más que…?
–Espere. No me refiero a eso– interrumpió Cornelio al observar el exaltamiento de Junio–. Aludía al personaje en el cuál siente que usted se proyecta ¿Cuál de los cuatro es usted?
–¿Cuatro? Pero si solo son dos.
–¿Está seguro?
–… por completo– dijo Junio, no tan seguro.
La memoria de Junio revolvió el pasado. Momento que Cornelio aprovechó para hacer las anotaciones pertinentes.
–¿Y bien?– preguntó Cornelio.
–Está equivocado. No son cuatro. Solo están el unicornio y el hombre– dijo Junio con más firmeza.
–Olvida usted el bosque y la fuente.
–¡¿La fuente?! ¿Cómo puede alguien ser una fuente? ¿Y cómo puede alguien proyectarse en un bosque?
–¿No se identifica con nadie?
–Por supuesto que no con la fuente, ni con el bosque. Tal vez con…– Junio pensó–. No. Yo no soy ninguno, yo soy un espectador.
–Qué interesante.
–¿A qué se refiere doctor?
–A qué la sesión ha finalizado.
–¡Vaya! Y justo cuando llegábamos a algo. Al menos puede decirme ¿qué significa todo ésto?– quiso saber Junio.
–Es prematuro darle un resultado. Se requiere de muchas sesiones para lograr concretar resultados satisfactorios– dictaminó Cornelio–. Pero puedo decirle que no tiene, dentro de los parámetros establecidos, ningún problema grave.
–¿Y problemas agudos?
Cornelio contuvo su risa, que hubiera resultado poco profesional.
–Todos estamos llenos de pequeños problemas. Usted tiene la saludable cantidad estándar. Tal vez no los ve todos, pero su inconsciente los proyecta en su cartelera mental noche tras noche. Solo basta poder descifrarlos. Y para hacerlo son necesarias nuevas sesiones. Por favor, establezca el horario de las próximas consultas con mi secretaria. Lo acompaño a la puerta.
Cornelio se levantó y ayudó a Junio a pararse del diván. Después de una despedida cordial Cornelio se dirigió a su escritorio, donde se preparó un trago y se acomodó en su sillón.
Comenzó a leer sus notas mientras daba un ligero masaje a su barbilla, típico movimiento que hacía en cada ocasión que pensaba.
No es nada extraordinario que Junio tuviera el sueño de “El hombre, el unicornio y la fuente en el bosque”, pensó Cornelio. Este sueño ha sido cotidiano a lo largo de la historia. Es común que todos soñemos criaturas fantásticas de vez en vez.
Lo que incomodaba a Cornelio era el esmoquin, combinado con la desnudez parcial. Esta imagen traía evidentes connotaciones sexuales y una ansiedad reprimida, y tal vez cierto rechazo hacia sí mismo.
Cornelio tendría que pensar con más profundidad. Era posible que olvidara algo, que pasara por alto algo importante. Tendría que volver a consultar los simbolismos ocultos en el sueño de “El hombre, el unicornio y la fuente en el bosque”. Terminó su trago y caminó a la estantería de libros. Mientras buscaba el ejemplar adecuado recordó la exaltación de Junio cuando le preguntó si se identificaba con la fuente. “¿cómo puede ser alguien una fuente?” había dicho.
Cornelio siempre se deleitaba con la idea de que existe un lugar con pensamientos, leyes y normas diferentes, donde los objetos como las fuentes también van a consulta y también tienen sueños maravillosos.
Cuando encontró el libro que necesitaba lo colocó en su escritorio. Se preparó un nuevo trago mientras se sentaba, dio un sorbo y leyó el título “La metáfora del hombre en los sueños”. Como también era su costumbre, con su cuerno abrió el libro, y comenzó la lectura.

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