Jorge Contreras Herrera*

No hace mucho. Quiero decir que soy testigo, aunque aún era un niño de unos siete años de edad, puedo recordar muy bien a don Bernabé. Ya era viejo, o así me parecía pues todo su pelo era blanco, lleno de bucles, casi chino, algo más algodonado. Su mirada era muy vidriosa, al parecer tenía una catarata en uno de sus ojos y el otro lo tenía siempre irritado. Posiblemente necesitaba lentes pero como era un hombre muy necio. Nunca salió del pueblo ni aceptó consejo alguno, tampoco era como de ir a un médico, además, tenía fama de no gastar nunca una moneda. Su ropa era harapienta, sus zapatos estaban remendados con alambres que se encontraba en el camino y su hediondez era a ganado, específicamente a borregos.

Tenía más de 100 cabezas que pastoreaba en el cerro todos los días desde muy temprano. Salía siempre con los primeros rayos del Sol y regresaba entrando la noche. Se sabía que ya venía, pues se escuchaba el balar de sus ovejas.

Jamás quiso vender ninguna y por más que su rebaño representaba cierta riqueza, para él no era motivo de vender alguna.

No tuvo familia ni novia y si se acercaba a la familia era para ver qué le regalaban, al parecer no le gustaban mucho las personas.

Si uno lo seguía al cerro y mantenía la distancia prudente para no ser visto, lo podían descubrir sin pantalones atrás de alguna de sus borregas, metía sus manos en la lana profunda y se recostaba sobre la oveja, mientras esta balaba una especie de mantra “me-e-eee-eeee-eeee”.

Para los amigos que lo llegamos a espiar fue muy perturbador ver eso, mientras salías los domingos a comer barbacoa de borrego. Era inevitable pensar en el cerro y sus secretos.

La costumbre en un pueblo es saludar a quien te encuentres y cuando pasaba el viejo pastor y su grey uno gritaba: ¡Adiós, don Bernabé! Él respondía, ¡bueeeeenas taardeeees!

Una vez mi tío Saúl, que llegó a visitar a mi papá, vieron al viejo pastor y después de saludarse mi tío preguntó su nombre: Beeeernabéeee. Quizá es de las cosas más espantosas que he visto y escuchado.

No nos habíamos dando cuenta que el señor tenía artritis. Sus manos se habían engarrotado, sus dedos estaban torcidos y no podía extenderlos y mostrar la palma.

Parecían más pezuñas esos puños enroscados, sus belfos eran los de un ovino, su cara toda era la expresión humanoide de los rumiantes, sus orejas eran negras y contrastaban tanto con su pelo blanco que parecía lana.

La metamorfosis de Bernabé nadie sabe con exactitud cómo concluyó. Se dice que unos cuatreros se robaron el ganado, encontraron a los ladrones muertos con el rostro horrorizado y unos suponen que fue el susto al no saber si Bernabé era un ser humano o un borrego, de lo demás no se supo nada.

*Nació en Tizayuca en 1978. Es poeta y fundador del World Festival of Poetry y Santuarios poéticos; asimismo, ha fungido como director del Festival Internacional de Poesía Ignacio Rodríguez Galván; miembro del comité del Festival Internacional de Poesía de La Habana y presidente honorario para 2018. Sus poemas se han vertido al inglés, alemán, italiano, portugués, árabe, náhuatl y catalán.

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