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Cuando se establezca la nueva República, no habrá más Ejército en México. Los ejércitos son los más grandes apoyos de la tiranía. No puede haber dictador sin su Ejército. Pondremos a trabajar al Ejército. Serán establecidas en toda la República colonias militares, formadas por veteranos de la Revolución. El Estado les dará posesión de tierras agrícolas y creará grandes empresas industriales para darles trabajo. Laborarán tres días a la semana y lo harán duro, porque el trabajo honrado es más importante que el pelear y solo el trabajo así produce buenos ciudadanos. En los otros días recibirán instrucción militar, la que, a su vez, impartirán a todo el pueblo para enseñarlo a pelear.”

“Más claro ni el agua”, reza un dicho popular. Cuando se le preguntó a Francisco Villa, el Centauro del Norte, qué opinaba acerca del Ejército, la respuesta no fue más inesperada, pero sí certera y con un gran dejo de sabiduría, este no era más que un gremio innecesario que solo servía para los intereses de los tiranos y lamentablemente no para los del pueblo. Por ello, darle el poder al Ejército es prácticamente un suicidio, teniendo en cuenta que las Fuerzas Armadas solo reciben órdenes, mas no se caracterizan por indagar si son las adecuadas para llevarlas a cabo, o bien, si estas traerán dificultades. Solo recibir órdenes que deben ser acatadas, mas no cuestionadas.

La historia de México está plagada de la participación de los militares, golpes de Estado, intrigas, muerte y corrupción. En gran medida, el siglo XIX y el XX se caracterizaron por eventos en los que el Ejército tenía un protagónico único en la vida diaria.

Varios presidentes de México fueron militares e hicieron del poder un rehén que solo era para ellos; el fuero político que tenían era escandaloso e incluso ofensivo. Sería hasta prácticamente entrado el siglo XIX cuando Benito Juárez y sus contemporáneos liberales trataron, con las Leyes de Reforma, separar la Iglesia del Estado y poner también en su lugar ese fuero militar que tanto daño había hecho al país. Se logró por un tiempo, sin embargo, llegó al poder otro militar que duró tres décadas siendo presidente de la República mexicana, sí claro, aunque en la forma debía ser una República pero en el fondo era una dictadura solo con tintes democráticos inciertos.

La milicia tuvo su gran oportunidad cuando surgió la Revolución mexicana y con ella aquellos militares que no estaban más que acostumbrados a desfiles y bailes portando sus mejores galas e insignias, arropados con el uniforme de una República inexistente bajo el lema de “Paz, orden y progreso”, por fin podrían poner en uso lo aprendido en las mejores academias militares no solo de México, sino de Europa. La guerra revolucionaria necesitaba de la ofrenda de su sangre, el pueblo los necesitaba.

Bueno, no exactamente el pueblo, sino una vez más las elites que se aprovecharían de ellos y los mandaban a combatir a un pueblo de donde habían emanado y al que juraban proteger, sí, proteger de los embates que lo perjudicaran y, sin embargo, pareciera que esto era solo una arenga más de algo inexistente. La milicia estaba bajo las órdenes de las altas cúpulas políticas y en absoluto protegía a los desposeídos y marginados, aquellos que necesitaban de las Fuerzas Armadas.

Los embates pasaron y ahora sabemos que una parte del Ejército se opuso ante aquel hombre que juraba defender la democracia, aquel Francisco I Madero, el Apóstol de la Democracia, caía abatido a tiros después de un golpe de Estado justamente a manos de la milicia; aclaro, no toda la milicia, pero sí aquellos que ostentaban privilegios y obedecían órdenes de los poderosos antirevolucionarios.

Y llegó el gobierno decadente y usurpador de Victoriano Huerta, durando 18 meses, los cuales fueron perfectos para lograr que se antepusieran los intereses de una milicia vil y corrupta. El pueblo de México no podía permitir esa afrenta y, por tanto, envalentonado y con bríos de destituir a Huerta se alzó en armas jurando que solo el pueblo es quien manda y dejando en claro que la democracia es la única vía alterna para llegar a la felicidad. De este clamor de justicia surgieron personajes importantes como Carranza, Villa, Zapata, Obregón, Calles, et al.

El pueblo se había unido, pero las ideas lo separaban y nuevamente una guerra marcaba el destino de los mexicanos. El Ejército se alineó con los victoriosos más no con el pueblo y, otra vez, inició un gobierno de elites que se hacía llamar “revolucionario”, pero solo en el discurso, pues en la realidad estos líderes serían los mismos a los que se combatió originalmente. Hijos del sistema caduco y represor.

El gobierno se institucionalizó y se convirtió en un partido político bajo los colores de la bandera nacional y con el eslogan de ser hijos de la Revolución, sus herederos. Nuevamente se hacían con el poder los mafiosos y oportunistas, los corruptos y desalmados arropados bajo una Constitución que no arreglaba de tajo las necesidades del pueblo llano, y protegidos con las Fuerzas Armadas, que curiosamente también se sentían herederas de una Revolución en la que participaron, pero no para darle el poder al pueblo ni protegiéndolo, sino para someterlo a las nuevas cúpulas del poder.

Ahora se baraja una idea, ante tanta inseguridad es menester que el Ejército salga a las calles a proteger al pueblo, sin embargo, la pregunta es: ¿Protegerá al pueblo o lo someterá a decisiones que no lo favorezcan? Las Fuerzas Armadas argumentan que lo protegerán. ¿Tú lo crees?, yo tampoco.

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