Los dos hombres subían lentamente por la escarpada montaña. Ambos sabían que aún les quedaba mucho camino por recorrer para alcanzar la cima, aunque el término camino no era el más indicado para definir por donde transitaban: un manto blanco por el que era extremadamente difícil caminar o siquiera dar el paso siguiente.

Hacía ya bastante rato que les costaba respirar y que la altitud les enturbiaba la mente, haciéndoles ver visiones extrañas que nada tenían que ver ni con el lugar ni con ellos mismos y sí, mucho, con sus angustias más personales.

El más alto iba delante, con la espalda encorvada, por la que se escurrían copos de nieve en forma de polvo. Los ojos mirando al frente, nunca al horizonte, la cintura agarrada fuertemente por la cuerda que lo unía al compañero de viaje. La mano izquierda revoloteando al aire helado y la derecha apoyada en el bastón de esquiador que le servía para equilibrarse.

El que lo seguía era un hombre bajo, pero bien formado, mucho más musculoso que el de delante. Sin embargo, sus ojos estaban más dispersos y aguados, y sus manos apenas daban algún signo de vida. A primera vista se notaba que era el que peor estaba de los dos.

Estaban a una corta distancia del lugar donde se habían propuesto acampar, pero eso no quería decir nada, puesto que aunque la distancia fuera corta, el tiempo que podrían tardar en recorrerla, dada su condición y la de la montaña, sería largo.

Como montañeros experimentados que eran sabían perfectamente que cualquier precipitación en su intento de llegar a la cima podría costarles la vida. Así que seguían caminando a una velocidad apenas perceptible para un ojo no acostumbrado a ver dos hombres poniendo un pie detrás de otro en aquellos parajes desolados.

Llevaban horas en silencio y lo único que les permitía saber que el otro seguía ahí era la cuerda, a la que llamaban cordón umbilical. Tampoco les hubiese servido de nada hablar, pues las palabras se hubiesen helado nada más salir de la boca. Pero lo más importante era que no tenían nada que decirse y ni siquiera les acuciaba esa necesidad de comunicarse que a veces tienen los solitarios.

Por lo demás, los dos hombres sabían perfectamente que el reto vital que se les presentaba era de tal magnitud que solo con una suerte extraordinaria podrían conseguirlo y que solo con una imposible podrían, además, salir con vida para contarlo.

A aquellas alturas de la apuesta no les importaba nada cuál había sido la intención o la ambición que los había llevado allí, y ni siquiera les afectaba demasiado cual fuera el resultado de todo aquello.

Se mantenían firmes, subiendo un poco más a cada paso, alejándose incluso de ellos mismos. Soñaban un suelo blanco, un cielo blanco, una cima blanca en la que estar un minuto y ver el mundo. Siguieron andando, aún quedaba mucho para que llegaran al campamento base. Su cansancio era infinito.

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