Muchos años después, frente a la ventana de su mansión, el coronel Cienfuegos veía pasar el tiempo de las hojas muertas y recordaba. Nunca se había sentido tan emocionado como en aquellos momentos finales de su vida. Lloraba.

El tiempo era frío. Sintió un estremecimiento de hielo en sus ojos. Eran las lágrimas, que abundantes, surcaban por sus arrugas y llegaban amargas a sus labios de anciano curtido en las mil batallas de una vida que nunca había tenido piedad por el hombre que, temblando, miraba por la ventana.

La muchacha de la sombrilla le recordó a otra que había cruzado, de la misma forma, una calle semejante. Hacía ya tantos años de aquello que apenas le quedaba un resquicio de imagen unida a un sentimiento profundo.

No tendría más de 15 años cuando Elisa. “¿La había llamado así o de otra forma?”, se preguntó. El nombre no era realmente importante… Cuando la muchacha de la sombrilla, desplegada como sombra protectora ante el sol inclemente, reverberó en su mirada como una calima de niebla que no supo descifrar.

Después de aquello se sintió inquieto por el día y desasosegado por la noche. Ni las matemáticas, a las que tanto amaba, lograban sacarle de aquel pasmo que ocupaba su tiempo en idas y vueltas a la ventana por donde había aparecido aquella aparición venida para turbar sus días y azorar sus noches.

La volvió a ver, la última, unas semanas más tarde en la plaza del mercado de Paloquemao. Ni siquiera pudo acercársele. Estaba rodeada de admiradores que la lisonjeaban y, obsequiosos, le compraban todo lo que su capricho deseaba.

Fue solo un instante, pero creyó que sus miradas se habían cruzado, a pesar de la mucha gente que había entre ellos. Esa mirada perduró en él como ascua ardiendo, como rescoldo de fuego vivo.

Poco tiempo transcurrió hasta que su padre, miembro de la casta militar, lo envió a seguir sus pasos, pese a los ruegos de su madre, quien no quería de ningún modo que su hijo ingresara en la academia militar.

La vida castrense era demasiado dura para un joven delicado como él. Cayó gravemente enfermo y los médicos no le daban vida. Sin embargo, entre delirios, la imagen de la joven de la sombrilla fue la que le salvó.

Era la promesa de un reencuentro feliz la que día con día lo fortalecía más, era aquella vida soñada con ella, la que noche con noche vencía a la enfermedad, eran los ojos dentro de los ojos de ambos los que alimentaron sus deseos de vencer a la muerte.

El viejo coronel dejó la ventana y se sentó junto al fuego de la chimenea. Las lágrimas seguían cayendo por los laberintos de su rostro. Su esposa se acercó y le preguntó qué le pasaba. “Nada querida, es el humo”, le contestó. Los ojos en los ojos de la muchacha de la sombrilla seguían abrasándole.

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