La muerte como hecho y concepto está presente en todos los grupos humanos, en la sociedad mexicana quienes somos o hemos tenido contacto con la tradición cultural mesoamericana asumimos a la muerte como celebración para el cierre de ciclos de siembra, cosecha y ofrenda a los antepasados. En los últimos años, la muerte es un hecho cotidiano aderezado de violencia que ya no distingue a hombres o mujeres, jóvenes o viejos, culpables o transeúntes, comensales o pasajeros, en fin, cualquier circunstancia es propicia para perder la vida.

La muerte por vejez marca un ciclo de vida, su ocurrencia representa una cantidad mínima con respecto a las muertes derivadas de hechos violentos; en nuestro país se están apilando los cuerpos despojados de vida, esa vida arrancada de manera violenta para quedar en carácter de cadáver que sigue siendo violentado cuando es enterrado de manera clandestina y anónima, o peor aún, cuando los cadáveres son resguardados en cajas frigoríficas para luego ser abandonados en alguna parte del territorio mexicano.

En nuestra cultura, la muerte de un ser humano es un hecho colmado de simbolismo y significado que nos motiva a efectuar rituales que honran el cadáver; sabemos que los cuerpos están despojados de vida, pero ello no impide tratarlos con solemnidad, no sabemos si para tranquilidad del difunto o para acallar la conciencia de los deudos, lo importante es que cada cuerpo carente de vida, generalmente es ritualizado hasta ser cremado o sepultado.

Se “culpa” al crimen organizado y la violencia cotidiana del cúmulo de cuerpos en fosas clandestinas, los criminales son la mano ejecutora de un proceso de muerte violenta anunciada por actos de omisión, impunidad y corrupción de quienes están a cargo de la seguridad pública de este país. Aún en la muerte, esas personas siguen siendo despojadas de su derecho a ser conmemorados en su tránsito de vida y muerte. El ultraje se magnifica cuando esos cuerpos están bajo las autoridades que con recursos públicos ultrajan el derecho de los muertos, porque sus cuerpos son apilados, transportados y abandonados con la simple explicación de recursos financieros insuficientes.

La falta de respeto por la vida o la muerte de sus ciudadanos hablan de un gobierno autocomplacido y autosostenido en la minimización de los hechos, nuestra mudez o indiferencia contribuyen a incrementar los niveles de tolerancia a la violencia que abona a la autocomplacencia de los gobernantes. No sorprende entonces que en esa búsqueda de la justicia, que supone el acceso a lo que se tiene derecho: seguridad, alimentación, salud, entre otros, distintos sectores de la sociedad extiendan y consoliden delincuencias colectivas que se expresan en la realización y encubrimiento de linchamientos para infractores del bien individual o colectivo. Tampoco sorprende la protección y/o complicidad en el tráfico y consumo de combustible, ambas son reacciones de grupos sociales que están asumiendo hacerse de sus derechos con sus propios recursos, porque están recordándose que el recurso más valioso tenido es la acción colectiva. Solo que desde la sociedad civil también se están provocando muertes iguales o tan violentas como las derivadas del crimen organizado.

Sin apenas darnos cuenta, la cotidianidad de asesinatos masivos nos está erosionando en la ritualidad y solemnidad que como cultura mexicana hemos construido en torno a la muerte, también nos están despojando de considerar el derecho de los cuerpos humanos inertes a ser significados y conmemorados por sus deudos, la muerte ahora nos significa omisión…

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