Así como Inglaterra cuenta con Aldous Huxley y HG Wells, Estados Unidos con Edgar Rice Burroughs y Hugo Gernsback y Francia con Julio Verne, Bélgica también tuvo un padre de la ciencia ficción, no menos relevante así como pesimista e inventivo. La mort de la Terre se ubica entre sus trabajos más famosos, así como uno de los más visionarios de que se tenga registro en la historia de la ciencia ficción, además de plantar la raíz para una mirada ecologista.

En ella, la raza humana prácticamente ha desaparecido de la faz de la Tierra gracias a la escasez del agua; el globo entero es un desierto con escasísimos yacimientos del preciado líquido, a los que se accede si la suerte le sonríe a los sobrevivientes, excavando.
Los pozos improvisados duran poco gracias a las temperaturas elevadas de la atmosfera, que contribuye a la rápida evaporación del agua, así como a una nueva forma de nomadismo que impide la estadía de nadie en un mismo lugar, a costa de encontrar más líquido, sin la certeza de dónde lo habrá.

La novela comienza con una familia que se sabe a punto de perder la poca agua que ha logrado cuidar, además de la inminente partida con rumbo desconocido, hasta que encuentran una segundo asentamiento que como ellos busca acceder a un yacimiento mejor provisto. No obstante, en el tránsito dan con una nueva especie de vida que representa el siguiente paso en la evolución y no pertenece a los reinos animal, ni vegetal, los “ferromagnetales”, criaturas indiferentes a cualquier otra manifestación animada excepto ellas mismas. Por si fuera poco, agresivas y letales.

Cuando la novela se cierra, prácticamente cada personaje introducido al inicio ha fallecido y todo lo que sobrevive es tanto el padre como la certeza de que la historia humana ha llegado a su fin.

Negra como pocas, esta novela constituye uno de los llamados de atención más intensos de que gozan las letras europeas a propósito de la noción de un fin de la Tierra, mucho tiempo antes de cualquier trabajo cyberpunk, a la vez que desesperanzador y más que probable, independientemente de las causas que llevaron a la raza humana hacia dicho final.

Gracias a Rosny, hubo toda una vertiente de relatos conformados como la historia antes de la historia –cuya Guerra por el fuego sirvió para la adaptación de Jean-Jacques Annaud–, además de probabilidades genéticas tampoco exploradas por uno solo de sus contemporáneos, hasta mucho después de la década de los 80, cuando las obras de Rosny aparecieron a principios del siglo XX.

Dicha conciencia melló a Christian Vander, otro belga que a su vez haría historia con la conformación de Magma, una de las agrupaciones surgidas del movimiento RIO (Rock in Opposition), cuya marca la constituyó un sonido particularmente oscuro, más bien hermanando con la música sinfónica en la que Vander se formó como percusionista y daría origen a Kobaïa, un planeta ficticio parecido a la Tierra, en un futuro hiperdistante del que Magma relató su historia en kobaïano, la lengua de sus habitantes.

Un rasgo común de los 10 discos que componen el Kobaïa de Magma, es precisamente la existencia un globo tenebroso, asolado por la falta de recursos, en donde todo lo que alguna vez fue abundancia, ha caído en el deterioro y sirve de hogar para una raza decadente, pero como Rosny, Vander también se atreve a narrar parte de su pasado del que Köhntarkösz constituye el punto medio del relato entre un pretérito perdido y el presente negro de sus pobladores.

Quizás porque el concepto no solo fue coherente, sino extenso, pocos de los escuchas de su tiempo llegaron a conocer el sonido de Magma, bien calificado de sórdido, la mayor parte del tiempo inaccesible, a menos que hubiese mucha disposición para escucharlo.

Solo para ilustrar la densidad de la música de Vander en ese tiempo, gracias a la llamada de Jodorowsky para el proyecto maldito de Dunas, que jamás se logró, la música con la que se habría decorado a la civilización harkonnen era una derivado de Magma. Asimismo, HR Giger, quien también participó en el proyecto, ilustró uno de los discos de Magma, después de que ambos creadores se conocieron por Jodorowsky.

Pero la profecía de un planeta desolado, de una eventual destrucción del orbe, ya estaba en la mente de Rosny, así como Vander y, después de ellos, la realidad de un punto muerto para lesa humanidad.

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