La muerte que da la vida

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MANUEL ALBERTO MORALES DAMIÁN / Pachuca.- La muerte es una condición de la vida, es parte de ella y es solo un momento en el ciclo continuo de la existencia natural y humana; la muerte no es definitiva, ni un final desastroso para los seres humanos, sino que es parte de un proceso de transformación que garantiza la existencia perenne de la naturaleza. Esas son algunas de las ideas que podemos extraer del estudio histórico del pensamiento indígena prehispánico acerca de la muerte.

En los códices, esos maravillosos testimonios indígenas que utilizan formas de comunicación visual y escrita, suele aparecer representado el dios de la muerte como un señor que gobierna el inframundo, un espacio subterráneo, húmedo y poblado de semillas. En realidad, el dios de la muerte es considerado un fecundo y es por ello que se le representa eyaculando mientras sostiene una nube cargada de lluvia o se le muestra en posición de parto, de tal suerte que la muerte es masculina y femenina, un andrógino que tiene el poder de dar la vida. Siguiendo los patrones de género del mundo indígena, la muerte vestida de mujer se sienta a tejer o se cubre con el paño de cadera de los varones para realizar las actividades propias de la milpa: talar, quemar el monte, roturar la tierra. La muerte, por tanto, puebla la vida cotidiana: está en la lluvia, en el monte,
en la casa, en la milpa.

En la página ocho del Códice Madrid, el dios creador Itzamná sostiene dos glifos: uno que representa a una semilla y sobre él otro que representa a una teta, juntos se han leído como “alimento”. La deidad está sentada sobre una formación irregular delimitada en azul, en cuyo interior se muestra una serie de numerales, se trata de la representación de una nube,
de la cual se desprenden líneas azules que semejan la caída de agua de lluvia. Es el dios creador del cielo fecundando la tierra.

El dios de la muerte, Kimil, aparece de pie con las rodillas ligeramente flexionadas, su cráneo mira hacia el suelo, la espalda está ligeramente encorvada, una mano extendida hacia el frente y la otra hacia arriba sosteniendo el asiento de Itzamná.

Kimil viste “ojos de muerte” en las muñecas y los tobillos, así como en el tocado; lleva un cinturón de placas de jade y expone el falo del que se desprenden líneas punteadas que indican un líquido, está eyaculando. Como el dios creador, el dios de la muerte también fecunda a la tierra.

En la sección inferior de la página 29 del Códice Madrid, se representa a la muerte con las piernas y los brazos abiertos, en sus manos sostiene unas semillas, a sus pies descansan dos imágenes del señor del maíz. Esa postura es justamente en la que solían colocarse las mujeres en la época prehispánica cuando estaban por parir. Rompiendo los esquemas occidentales de representación, podemos ver la columna vertebral expuesta. También el rostro carece de carne, es un cráneo de perfil cuya órbita ha sido ocupada por un cascabel azul; los cascabeles-globos oculares también se disponen para decorar su tocado, cuello, tobillos y muñecas. En una de sus manos sostiene un glifo que representa a una semilla de maíz de la que brotan algunas hojas; en la otra el mismo glifo combinado con otro para significar alimento. En el pie derecho se sienta el dios del maíz, representado como el maíz tierno y en el pie izquierdo otra imagen del maíz con todo el rostro amarillo y el ojo cerrado, identifica al maíz maduro y muerto. Quienes han tenido la fortuna de observar el proceso agrícola, saben que cuando madura el maíz y se prepara la cosecha suele quebrarse la caña de la planta para secarla. Así, en torno al dios de la muerte se muestra la semilla brotando, el maíz tierno, el maíz maduro y el alimento. Se trata del ciclo del maíz.

Los mexicanos reconocemos que el maíz es nuestro alimento fundamental, no solo de nuestro cuerpo, sino también de nuestra cultura. Pues bien, el ciclo agrícola, fundamental para la vida, está dominado por el señor de la muerte. Como soberano del mundo subterráneo, la muerte hace brotar la semilla y sostiene al maíz tierno, pero también es responsable de su muerte y, por tanto, es a quien debemos nuestra carne, la masa de maíz que nos alimenta y otorga vida.

Una forma de llamar al dios de la muerte es “el apestoso”. La muerte trae la putrefacción de la carne con hedores que hoy buscamos evitar, pero en una sociedad agraria, los desechos orgánicos y su descomposición son parte de la regeneración de la tierra, son el abono que la fertiliza. De esa forma, aunque en nuestro tiempo resulte sorprendente, la muerte es considerada dentro del pensamiento indígena como una condición indispensable para vivir. Morir es parir.

Analizar el pensamiento indígena prehispánico es descubrir otras formas de entender la realidad y abordar la existencia humana. Su manera de entender la muerte nos explica porque hoy, a pesar del paso de los siglos, los mexicanos bromeamos con la muerte y la invitamos a pasar a nuestra casa, no le tenemos miedo, sabemos que ella también celebra la vida.

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