La música del mundo o El efecto Montoliú, Andrés Ibáñez Organic african music, World Music Ensemble

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Cuando los grandes gourmets quieren cerciorarse de que las trufas que les son vendidas, de verdad tienen una selección digna de mantener el platillo entre lo mejor de las mesas del mundo, acompañan al dueño de los cerditos entrenados para olfatear en medio del bosque hasta que el animal encuentra el paradero que empieza a escavar con ansia y del que deben retirarlo rápido a riesgo de que se coma la trufa, hasta que se recolectan suficientes como para mantener el negocio entre las alternativas gastronómica de altos vuelos.

En forma bastante similar, precisamente porque como las papas crecen en el subsuelo, las trufas se consideran tesoros para el paladar, pero escondidos bajo tierra, el adjetivo “trufado” se usa para decir que ciertas literaturas o manifestaciones humanas están trufadas de recompensas ocultas a simple vista.

Aunque Andrés Ibáñez de ningún modo se puede calificar de recién llegado, es tan poco divulgada su obra que ha caído en el famoso “culto” desde la publicación de La música del mundo, en 1995, primer título de su obra, hasta las recientes La duquesa ciervo, El perfume del cardamomo o Construir un alma han conquistado el adjetivo “trufado”, por los refinamientos de un estilo que sin ceder a la forma de la narrativa tradicional para montar una novela, se las ingenia para desarrollar una especie de “película europea”, de esas en las que el tiempo desfila sin que parezca que vaya a suceder algo, pero se trata de uno de los núcleos centrales de la narración.

Perfectamente bien ubicado en el género fantástico, así como en la actualidad existen mapas cartográficos donde se mezclan Narnia, Tierra Media, Oz, Krull, Westeros, El País de las Maravillas, Camelot… la obra de Ibáñez tiene por rasgo característico amalgamar referencias de origen clásico y hacerlos confluir en un título de su producción, sin que por ello destaquen las florituras o los malabarismos de haber llevado a su trabajo referencias foráneas.

Lo cierto es que si comenzaron en un lugar, el escritor de El perfume del cardamomo dejó bien claro su comienzo en La música del mundo. La narración comienza describiendo, literalmente, un paisaje donde dos personajes, un niño y un adulto a bordo de un tren, son parte de un pequeño percance y, de pronto, la narración se llena de música. Música con pentagramas en los que además de los personajes, se describen las evoluciones de los instrumentos, las claves en que se cifra un pequeño acompañamiento de orquesta; los manierismos de ciertos instrumentos y, al final, esa música titular es la que marca el inicio de un rebuscamiento con el que toda la novela derrama inteligencia.

Formado en la filología y amante de la música, Ibáñez primero desconcertó y después cautivó la admiración con su novela, que en últimos casos es una proeza poco frecuente cuando se trata de propiciar la convergencia de elementos en apariencia inconexos, pero que por tratarse de las especialísimas habilidades del escritor, nos deja una versión bastante elaborada de una realidad difícil de concebir.

Países es el escenario a donde confluyen algunas de las obras magnas de autores consagrados como Onetti, Cortázar, Nabokov, Borges y donde parece que las fronteras son precisamente un efecto de doble naturaleza: es decir, por una parte de la misma forma en que la ciudad de Rayuela puede conectarse con los escenarios donde ocurrió Lolita, ¿qué tan cierto es aquello que entendemos por identidad, cuando se inscribe en la ficción de una forma por completo artificial y enfermiza, sin la naturalidad de un pretexto más poderoso, puede mantenerse así, sin más?

Lo que hace Ibáñez, precisamente, es crear un mundo nuevo donde se conectan todos los más grandes mundos de la literatura y el resultado es exactamente la falta de una brújula ordinaria, ya que conectar aquello que de origen está desencajado, es en sí misma la razón para entenderlo como algo fuera de serie. Paradójicamente, la literatura, que es el centro en donde deberían estar presentes todas las grandes obras y entenderse entre sí, sería un mundo adentro de la Tierra, pero solo ha sido posible antológicamente y casi siempre desde el corazón original, África.

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