La necesidad de cristalizar la relación academia-empresa

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Alfonso Galindo Rodríguez, coordinador del área
Alfonso Galindo Rodríguez, coordinador del área

En las economías cerradas, la fabricación de bienes y servicios se lleva a cabo sin mayor rivalidad entre productores. La sociedad adquiere productos de los escasos proveedores locales que, al no competir, olvidan que la innovación es el motor del progreso humano.
En este contexto, la demanda de investigación aplicada es baja pues, con un mercado cautivo, los productores carecen de incentivos para mejorar y modernizar los productos que ofrecen a la sociedad.
En contraposición, la economía abierta exige a los productores de bienes y servicios estar en continua innovación y modernización, para asegurar que sus productos puedan competir contra otros de igual o mejor calidad y precio, que se producen en la economía global.
Esta circunstancia obliga a que los productores incorporen innovaciones en sus productos, que se obtienen de la investigación aplicada cuyo principal proveedor son las universidades y centros de investigación.
México vivió en una economía cerrada durante casi 40 años del siglo XX. En ese periodo, las universidades de nuestro país produjeron investigación, generalmente básica, de buena calidad, pero sin mayor vinculación con el sector productivo. Al menos en las universidades públicas la investigación fue financiada casi en su totalidad con fondos del erario público, y el sector de la investigación se rezagó notablemente en comparación con el de otros países que se enfocaron en investigación aplicada para el sector productivo.
A partir de la apertura económica de finales de la década de 1980 y principios de 1990, el gobierno propició, a través del Conacyt y la SEP, la formación de investigadores con incentivos adecuados para que participaran en el desarrollo de la investigación aplicada y pudieran contribuir a la modernización productiva y social del país. El resultado es que existe hoy una muy respetable planta de investigadores, de la mejor calidad, que tienen los conocimientos y capacidades para contribuir decididamente a la innovación y modernización productiva de México.
Algunos investigadores, de los recién formados, ya se dan a la tarea de aplicar sus conocimientos prácticos en actividades que permiten el crecimiento económico y el bienestar de la sociedad, que se puede medir en términos de ingreso disponible y empleos. Sin embargo, otros investigadores aún viven exclusivamente de los incentivos que les otorga el gobierno, a través del Sistema Nacional de Investigadores y otros mecanismos similares.
Al respecto, no se puede formular un juicio de valor en relación con los objetivos de los investigadores, pues es evidente que cada persona busca allegarse los recursos para su bienestar de la fuente que tiene al alcance. Lo que sí se puede hacer es indicar que la política gubernamental se quedó estancada en la formación de investigadores y faltó complementarla con un programa ambicioso de política industrial y de desarrollo que vincule efectivamente las ventajas competitivas regionales con las necesidades de innovación de las empresas y con el conocimiento de los investigadores formados bajo la iniciativa de la década de 1990 y que sigue vigente.
Hoy estamos en esa encrucijada. Frente a la realidad del neoproteccionismo estadunidense, necesitamos atraer inversiones de otros países al nuestro, y la mejor arma son nuestros investigadores y las ventajas competitivas de las regiones de nuestro país.
Necesitamos un programa nacional que fomente la atracción de esas inversiones y vincule a nuestros investigadores con la industria, especialmente con las empresas que necesitan innovación. Esto nos permitirá tener un México mejor.
En la UAEH llevamos muchos años preparando investigadores en áreas específicas del conocimiento. Por ejemplo, nuestra institución guarda un lugar prominente en la formación de especialistas en química en el ámbito nacional. Sin embargo, no se observa aún una política franca de atracción para que las empresas químicas consideren al estado de Hidalgo como el lugar al que deben de emigrar para lograr una mayor competitividad.
Nuestra tarea es trabajar en ese clúster industrial y otros muchos más, para que nuestro esfuerzo de formación de investigadores cristalice en una sólida relación académico-empresa y reditúe en un crecimiento económico sostenido, mejores empleos y mayor riqueza para nuestra sociedad hidalguense.

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