Se ha llegado al momento de aceptar que la pandemia del Covid-19 no tiene una fecha de terminación, lo que no es fácil de asumir en una época donde los actos humanos están marcados por la inmediatez, lo efímero y la impaciencia. La idea de la “nueva normalidad” se parecerá a cualquier otra cosa menos a lo que estuvimos acostumbrados hasta hace unos cuantos meses. Esto se avizora precisamente en el fin de semana en el que en Hidalgo, con poco más de 4 mil casos y 700 defunciones, habrá menos de 10 municipios sin registro del coronavirus.

La gran incidencia de casos en nuestra entidad causó que el semáforo rojo se tuviera que extender una semana más, posiblemente porque en las primeras del confinamiento, Hidalgo fue el segundo estado del país donde menos se respetó la cuarentena. Sin embargo, en las próximas semanas se irán retomando las actividades, por lo que es importante darnos un tiempo para reflexionar y analizar sobre lo aprendido durante esta pandemia.

En este espacio nos hemos dedicado a analizar algunos de los efectos del Covid-19 en los territorios indígenas, particularmente de la Huasteca. El más importante de ellos fue la forma en que la desigualdad en servicios médicos en los municipios de población mayoritariamente campesina e indígena aumentó el riesgo al mostrar la siguiente realidad: la disponibilidad de camas y personal médico en Hidalgo es menor a la del promedio nacional, pero en los municipios indígenas esa cobertura es aún más pequeña.

Esto es una expresión de un problema estructural que indica que la Ciudad de México acapara la mayor parte de la infraestructura médica del país, situación que con sus respectivas dimensiones se repite en las capitales de los estados. En Hidalgo, los principales servicios médicos se encuentran en Pachuca, existiendo en las regiones periféricas del estado clínicas y pequeños hospitales, ninguno de tercer nivel, que son insuficientes frente a padecimientos cuya gravedad pone en riesgo la vida de los pacientes. Pero a pesar de esa situación, no puede dejar de reconocerse que en Hidalgo y otras entidades de la República se hicieron esfuerzos notables para construir instalaciones temporales que evitaran un colapso de los servicios médicos.

Sin embargo, en ocasiones el esfuerzo parece ser que no será suficiente frente al tamaño del problema; así se pudo percibir durante las dos últimas semanas cuando varios medios de comunicación reportaron de un probable desbordamiento de casos de coronavirus en Huejutla, ciudad con infraestructura médica de segundo nivel, instalada en tres hospitales regionales, que atienden a 300 mil habitantes de la región e incluso de municipios aledaños de Veracruz y San Luis Potosí.

Pero la posibilidad en estos momentos de un colapso no solo se debe al coronavirus: esta enfermedad ha restado atención a otros padecimientos que son cíclicos y altamente perjudiciales. El dengue y la salmonelosis han causado una gran cantidad de enfermos durante esta temporada, y en municipios como Atlapexco han generado brotes que hasta el momento no han podido ser controlados. Racimos de personas con síntomas de fiebre, dolor corporal y malestares estomacales, acuden a los centros de salud y consultorios privados.

Como el servicio público siempre, y ahora más, está saturado; no queda más remedio que regresar a casa la mayor parte de las veces con una receta de paracetamol y acudir a los remedios caseros hasta esperar a que la enfermedad pase. Los más afortunados, pueden pagar por estudios clínicos que confirman que el paciente tiene dengue, o bien descartar la enfermedad para dar a conocer al enfermo que tiene salmonelosis. Y cuando la gente recibe el diagnóstico se pregunta por qué tiene eso, respondiéndole el médico que seguramente porque comió en la calle; a lo que la gente contesta que no ha comido en la calle si todo está cerrado. Entonces viene un cúmulo de incertidumbres y dudas sobre la calidad del agua que se bebe o si se están preparando bien los alimentos.

Lo cierto es que este tipo de enfermedades año tras año causan una gran cantidad de estragos entre la población campesina e indígena de la Huasteca. Pero como son tan comunes ya no se les presta la atención suficiente, menos durante una pandemia como la que vivimos. A pesar de esto, médicos y enfermeras lanzan voces de alerta que pocas veces tienen eco.

Por eso, ante una nueva normalidad que más bien será la coexistencia indefinida con una enfermedad que trastocó nuestras vidas directa o indirectamente, es imperativo que la población más vulnerable del país, conformada por campesinos e indígenas, vea satisfechas sus necesidades de atención médica. Es hora de que el derecho a la salud, establecido en el artículo cuatro de nuestra Constitución sea consumado con actos concretos para que la salud de las poblaciones campesinas e indígenas de México no siga siendo el escenario de triples desigualdades: insuficiencia de personal médico, carencia de infraestructura de salud de tercer nivel y la ausencia de un sistema de salud intercultural que combine las técnicas de salud moderna con los conocimientos de la medicina ancestral de los pueblos originarios.

Finalmente, hay que agradecer que los pronósticos desalentadores de sequías en este año no se cumplieran. Afortunadamente desde abril ha estado lloviendo, lo que ha permitido que manantiales y acuíferos hayan podido recargarse para disponer del recurso indispensable para realizar uno de los actos que más se solicitó a la población realizar durante la contingencia: lavarse las manos con agua y jabón. Hasta la próxima.

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