Cuando triunfó el Partido Acción Nacional (PAN) en el año 2000, Luis H Álvarez, uno de los líderes emblemáticos de ese instituto político, declaró que los comicios expresaron un triunfo cultural de su corriente. Y, en efecto, la victoria del blanquiazul, creyeron, había empatado política con realidad. Es decir, el triunfo del PAN, que había pregonado un proyecto proempresarial, por fin había logrado conquistar el poder en un contexto determinado por una economía de libre mercado.

Las valoraciones de este político no fueron del todo precisas, como lo mostró la realidad posteriormente. Seis años después, en 2006, el triunfo de Calderón fue tan apretado que la sospecha de un fraude electoral no estuvo fuera de lugar. Si el triunfo de Acción Nacional hubiese reflejado un triunfo cultural, el proyecto del blanquiazul habría implicado una mayor longitud temporal. La etapa del PAN se cerró con el regreso del Revolucionario Institucional en 2012. El PRI pudo haber reclamado que su triunfo era la continuidad del proyecto cultural del panismo, pero eso es otra cosa.

Lo anterior es estirar demasiado la cuerda, ¿por qué? Simplemente porque entre la población en realidad no existe una especie de cosmovisión –proyecto cultural– que refleje, de manera única, tal o cual punto de vista. Ni siquiera en la época prehispánica existía tal condición entre la población. Cada pueblo tenía su propia concepción del mundo. Los partidos tienen un proyecto que trata de reflejar, coyunturalmente, aspiraciones de la población, lo que no se debe confundir con que la población tiene un proyecto que aspire a encontrar un programa político partidista, como si los destinos de ambos estuvieran escritos en algún mito.

Si queremos ir más allá de los institutos políticos, en realidad para el campo de la filosofía crítica no existe ni siquiera una meta de los humanos en la Tierra. El ser aparece sin un sentido específico. El haber establecido metas a través de la religión, la biología o la política ya es un acto de poder que, al interior de una sociedad jerarquizada, ha sido impuesto como una interpretación que no es más que eso, una interpretación, tratando de hacer eco de ese interés del ser por dejar de ser instante, del temor a su finitud, a la muerte.

Entonces, los triunfos culturales solamente constituyen una interpretación y nada más. Si la oposición, como dice el obradorismo, está moralmente derrotada, esto significa lo contrario de aquello que pensó Luis H Álvarez, es decir, que la mayoría de los partidos políticos de oposición se encuentran desarmados ante el proyecto morenista. Estar derrotado moralmente no es otra cosa que no tener los argumentos suficientes –es decir un proyecto– como inyectar ánimo a la población de una disposición que la predisponga al combate contra la 4T.

La moral se refiere a un ámbito, según Norberto Bobbio (ver: “Política y moral”, en Nexos: 01/04/1992), que es lo bueno y lo malo en relación a la conducta humana. Para Bobbio, la moral y la política son imposibles de armonizar debido a que la política priva la “razón de Estado” hegeliana o el principio de Maquiavelo que establece que “el fin justifica los medios”. Entonces, cuando la oposición está moralmente derrotada debe entenderse por tal a un estado de ánimo totalmente decaído porque su proyecto de gobierno no resultó bueno.

Pero cuando se recurre a la moral para valorar lo político, porque si bien tiene razón Bobbio que son ámbitos imposibles de unir, lo cierto es que su utilización en el ámbito de la política es perfectamente factible como se usa el de la biología, por ejemplo. Si política es el reino de la razón de Estado, estamos en el mundo en el que, bajo determinadas circunstancias, el uso de los valores morales para calificar al otro tiene algún tipo de utilidad práctica.

En ese sentido, la valoración del otro como moralmente derrotado implica traer a lo público la conducta privada como gobernante. Es decir, que el otro utilizó el poder para fines que desde el punto de vista de la moral no son válidos, porque se ubican en terreno de lo malo. Esto quiere decir que en la era de la Cartilla moral del obradorismo, la oposición en su conjunto utilizó el espacio de la administración de lo público para lograr propósitos no públicos, sino privados. y ejemplo los podemos observar como en botica.

En cuanto a la oposición, está ha empezado a tratar de revertir los frutos amargos del triunfo de la 4T. Por la manera en que lo hacen, pareciera que le dan razón al juicio moralino de López Obrador. Los más débiles han empezado a conformar nuevos proyectos políticos, aunque como diría Touraine, se crean odres nuevos en vino añejo. Tal es el caso de la fundación del proyecto Futuro 21, que ha logrado confluir a quienes en el pasado hicieron todo lo posible por hacer fracasar a los partidos en que militaban. Lo mismo hace Calderón.

Los partidos que llegaron a gobernar como el PAN y el Revolucionario Institucional (PRI) de inmediato cambiaron a sus dirigencias. Alito, como se conoce al nuevo líder del tricolor, no se le ve más imaginación que copiar a sus enemigos la idea de hacer sus propias mañaneras. En tanto que el panismo todavía no se levanta del golpe que significó su peor derrota electoral, cuando ya en el estado de Puebla –fraude para elegir a sus dirigentes– pone en práctica modos de operar que lo colocaron ante la ciudadanía como una oposición moralmente condenada.

El morenismo logró construir un proyecto alternativo de nación a través de la 4T, que me parece un buen plan para limpiar la escenografía de los daños que dejaron las administraciones panistas y priistas, mismas que impedían el buen operar de la sala de teatro y que el auditorio pudiera sentarse plácidamente para poder recorrer adecuadamente el telón y ver la puesta en escena de una obra sin ningún tipo de implicaciones. Son retos para los que la oposición no parece estar preparada. El obradorismo rompió con el perredismo, las rupturas al interior del PAN no parecen dirigirse a superar el modelo antiguo, sino a seguir sus pasos.

Pero como hemos visto en países del sur, la oposición no se reduce solamente a los partidos, otras fuerzas son capaces de jugar ese rol… La oposición partidista es una, pero no es la única.

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