Los vampiros caminan de día, es un mito que el Sol los aniquile.
–Me siento en una película– dice Martina, ella me sigue temerosa. Cerca de nosotras, hombres de maquillaje dramático fuman. –Vámonos de aquí.
–No pasa nada– camino por el pasillo para entrar a la tienda de ropa en tonos púrpura, roja y negra. Mi vista se sumerge entre las texturas aterciopeladas y los encajes vaporosos de las prendas. Tocarlas es la puerta que se abre para imaginar que me convierto en un vampiro
condenado.
–Vámonos, este sitio me da miedo– la voz de Martina me trae de los Cárpatos de vuelta a la tienda. –Es horrible la ropa, vámonos por favor.
Descuelgo un abrigo púrpura, lo coloco en su espalda para que se lo pruebe.
–Te ves como una de esas vampiresas–bromeo. Martina no necesita beber sangre para ser una condenada, solo tela, aunque en el enorme espejo de latón ella puede ver su reflejo.
–Prefiero este sitio– le digo tajante.
Llegamos al parque, como los demás turistas sacamos panes, quesos, carnes frías y un vino tan malo que no tiene corcho, solo hay que girar la tapadera metálica.
–¿Ves eso?– me dice señalando con el dedo hacia algún punto, que no distingo entre la ciudad, la torre o la botella que dejo enfrente. No importa, levanto los hombros. Empino la mitad del líquido, hago una mueca, el vino barato es ácido, “he tomado cosas peores”.
–Es tan hermoso– Martina sigue hablando, mantiene el dedo extendido frente a ella. Una plática banal. No la escucho. Observo al río, al cielo, la boca de la botella.
“¿Qué hago aquí?”, me pregunto mirando la torre. Un trago, dejo vacía la botella.
Las luces juegan en la ciudad el espectáculo de lo ficticio. Destapo la segunda botella, de la boca verde emana un olor avinagrado. Turistas se levantan, algunos se besan, el flash de las cámaras ilumina el parque. Un trago. Otra mueca. Inhalo, vinagre.
–…también tenemos que buscar un sitio donde comprar bolsos– concluye y me mira esperando una respuesta a su perorata.
–¿Cuántos habrán muerto ahí?– le digo y apunto a las aguas negras de superficie tranquila. Martina ignora mi comentario.
Imagino a los muertos ojos de plancton que mueven los líquidos dedos de sus manos, los pies azulados revolviendo las aguas del río en su nado lento de eternidad.
–Quizá una como tú nada allá abajo– apunto a las aguas iluminadas por la ciudad que duerme. Mi voz suena como si viniera del fondo del río.
–No me pones atención…– reprocha. De un vaso desechable, toma el primer trago de vino.
–Sí, imagina a una como tú que nada allá abajo, con el mismo miedo a la oscuridad, porque los muertos también tienen miedo, ¿los escuchas?
Mi voz líquida deformada por el vino, mi lengua dormida. Me recuesto en el pasto.
Martina me arrebata la botella que apoyo en el vientre, sirve vino en otro vaso y me lo
extiende.
–Sí, tengo miedo (bebe), pero esta es mi vida.
–Sí, lo lograste, estás muerta. Perdón, quiero decir, lo lograste, te casarás y dejarás todo de una vez.
Martina se recuesta en el pasto a mi lado.
–Estás borracha. Yo sabía que no iba a funcionar, desde niñas intento que estemos cerca y tú haces lo mismo– dice sin buscar respuesta. Por fin, calla.
Imagino que estoy inclinada a la orilla del río, ahí nadan algunas muertas, entre ellas está Martina, en un lecho acuático vacío, tragando el líquido helado, sucio. Todas las muertas deleitadas con el espectáculo de las luces en la superficie del agua. Mi viva hermana muerta mira la iluminación de la torre proyectada en las aguas negras. ¿Dónde está?, ¿junto a mi o dentro del río?
–Nos gusta la luz porque, en el fondo, somos mariposas casi ciegas bailando alrededor de un foco. Mejor te hubiera vuelto un vampiro y no una ahogada…
Le digo con voz deforme. Cierro los ojos y la veo caminar junto a esas muertas hasta perderse en las luces.

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