La escena del retornar, luego “de salir al pan”, fue un verdadero cuadro de gran hermosura, amor y ternura, gracias a la sencillez de la habitación en la derruida y antigua vecindad, los pocos y austeros muebles con la escasa luz del levante, proveían artísticos claroscuros en el mineral de Pachuca en la segunda mitad del siglo XX, el cuadro podría haberlo pintado magistralmente en el siglo XVII Ludovicos Xuárez.
A pasos suaves deslizándose ligeramente como el viento, a modo de sombra, sobre la apolillada duela de pino “lavada y barnizada” con congó rojo que en otro tiempo también fue amarilla, entre perceptibles rechinidos la vieja abuela entra al cuartucho cargando una delicada canasta de carrizo de Ixmiquilpan que sostenía fuertemente del asa, en un momento interrumpe sus ligeros pasos frente a una rústica y pequeña mesa de pino, juntando delicada y piadosamente las manos, en ese instante, delicioso y seductor aroma inunda el espacio, es el olor de los suculentos, sabrosos, calientitos y sagrados panes que ha ido a buscar al viejo amasijo del vecindario, al voltear su maternal rostro apenas iluminado con tenue haz de luz crea una verdadera apertura celestial, de momento mira sobre su hombro buscando la otra habitación donde resuellan a pesuña suelta sus amados pollinos Pelones que ya perciben, olisquean y chascan el aroma de tal manjar.
Escena repetida de exquisita ternura, cubriendo sutilmente su cabeza con un rebozo raído, descolorido, negro-verdoso de Tulancingo tipo Santa María, vistiendo largas nahuas de manta cruda con hermosos e ingeniosos bordados rematados con hilos rojo quemado alternando con azul cielo en la blusa de cuello redondo con botones al frente, para despabilar a su plebe empezó a relatar que “a unas varas nada más cruzando el disparejo empedrado del paso vehicular y las vías del tranvía eléctrico de la calle de Matamoros”, frente al artístico Reloj monumento de 1910, mirando al ocaso a la histórica plaza de las diligencias (hoy plancha Indecencia) “aun de mañana ve lucir la finca de las más sobresalientes de la capital de los añejos reales mineros de la antigua villa de Pachuca, mostrando 16 angostas y altas ventanas de diseño original de 1934, con belleza indiscutible”, que no rivaliza ni compite, sino “dialoga con los demás construcciones y elementos que componen la plaza Independencia”.
Suspiró profundamente para recordar que “a finales del siglo XIX, llegó al mineral de argento atraído por la fama mundial de su producción de plata el gachupin de origen catalán don José Casas Surero, tahonero discípulo de la cofradía del arcángel San Gabriel, aquí fundó la que llamó La Palanca”, concurrida panadería de indiscutible calidad, “negocio de suculentos y deleitosos géneros como las doradas, azucaradas, gustosas y famosas bicicletas, los deliciosísimos cocoles y las muchas golosinas, principalmente las dulces y acarameladas palanquetas de nuez y piloncillo. Negocio que se acomodó en la antigua vetusta casona del siglo XIX como panadería, dulcería, pastelería, ofreciendo siempre cajas de obsequios y cajetas de Celaya, de su florecimiento se levantó, como el ave fénix, la nueva finca en 1934, ahí continuó despachando hasta que cerró sus puertas Don José en los primeros años de la sexta década del siglo XX.
“La familia Casas, influenciada por la Ciudad de México, antigua capital del virreinato español, siguiendo los pasos de las demandadas panaderías como El Globo de 1884, dicha como de la aristocracia porfiriana con sabor europeo”, dijeron y también lo presumía la abuela junto con los que saben, fundada por los italianos Tenconi. Igualmente ella como ostentada conocedora alardeaba de estar al tanto de la Flor de México, 1922, propiedad de los peninsulares catalanes Torrallardona don José y don Celedonio, se descocía por mentar de La Ideal Bakery, 1927, conocida como la Ideal de la familia Fernández, nombraba con gran frecuencia la de los señores Bonet, Serviteje y Tinoco El Molino, 1928, que daría otro rumbo a la panadería en México.
Las formas de la finca La Palanca de 1934, muestran la llegada del funcionalismo y el art deco traído a Pachuca en el segundo tercio del siglo XX, un nuevo y digno rostro de edificaciones diseñadas por brillantes profesionales. Brota a la par del despegue de un nuevo estilo arquitectónico original del siglo XX, que da el talante a El Frontón México de 1929, al esplendoroso edificio El Moro ,1932, de la Lotería Nacional en el Paseo de la Reforma. Aquí se cimienta en pleno entorno del jardín histórico, en la plaza, frente a la torre del Reloj monumento de la Independencia la emblemática finca de La Palanca que vendría a dar parte de la tipología del nuevo centro de la ciudad en auge desde 1910, definiéndose esas fincas con diseño artístico como parte de la riqueza de la plaza Independencia, la forman, en equilibrio entre ellas muestran su temporalidad y arte, en ningún momento “rivalizan”, nunca “compiten” con la obra de arte del Reloj monumento, como ignorantemente dijo el bromista del estado, miembro de las viudas de don Bartolomé.
La viejilla jalándose los pelos dando brincos a guarache tendido y hasta moqueando con lágrimas en sus pequeños y bellos ojos, aseveraría “lo que sí rivaliza en fealdad y mal gusto, sin rasgo de arte, son las formas de la plancha Indecencia, de la que sobresale su mentado minimalismo de ideas, junto con las edificaciones tipo jícara michoacana o alabrije oaxaqueño que están al norte y al sur de la plaza, con lo que propició la autoridad responsable la destrucción y pérdida del acervo de los pachuqueños, del estado y del país, todo por justificar los centavos de una manera burda, ofensiva y desvergonzada”.

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