DIANA GONZÁLEZ VALDEZ
Tlaxcala
.- Camino de la sala a la cocina, de la cocina la sala, de mi cuarto al de mis padres, de mi puerta a mi cama o de mi puerta a mi ventana donde veo por fin el amanecer, siento alegría pero al mismo tiempo miedo.

Me pregunto cuándo volveré a salir. Veo el atardecer otra vez por mi ventana y sigo con el mismo pánico. Pienso en mis padres y hasta cuándo tendrán ese trabajo estable que me da de comer. Hasta cuándo lo seguirán cuidando para no contagiarse.

Cuando salgo por necesidad siempre utilizó cubrebocas y gel antibacterial. Veo personas que siguen su vida con normalidad, no les preocupa contagiarse, aseguran que es una farsa del gobierno.

Dicen que la ignorancia mueve al pueblo, y es cierto, muchas personas no creen, por miedo a perder su trabajo, van en contra de lo que los demás dicen, no creen por miedo, simplemente por miedo.

Pero cuando se enteran que un familiar suyo está infectado, que alguien del pueblo ha muerto, comienzan a sentir miedo.

¿Será cierto o falso? Entre discusiones estériles como esta, la pandemia lleva tres meses en México y no tendrá fin hasta que todas esas personas dejen atrás el escepticismo y eviten desafiar a lo desconocido.

El proceso de sanación fue la parte más difícil en mi pueblo, San Antonio Techalote, Tlaxcala, muchos no estaban de acuerdo, decían que quizá los líquidos que rociaban nos infectarían.

Todo se resume en una palabra: desinformación.

Hace poco nos enteramos que una familia completa del pueblo está infectada, los internaron en diferentes hospitales. La madre está separada de los hijos y el padre lamentablemente falleció de un infarto al saber la noticia.

Sus hijas y yernos ahora tienen el cargo. Ven por sus enfermos. Son los que lloran. Son los que soportan el rechazo del pueblo entero.

Llevo dos meses en cuarentena, esperando a que un día el rector de mi universidad diga que podemos regresar a clases, esperando que en las noticias digan que esto va a mejorar, que ya no estamos en el pico de la pandemia, que estamos mejorando.

Mientras eso pasa las horas se vuelven eternas y los días pesados, las tareas escolares son menos y cada día más estresantes. Ruego por que termine el semestre.

Deseo que cuándo inicie el nuevo ciclo escolar vea a mis amigos sanos, a profesores nuevos, con ganas de aprender lo que no hice este semestre perdido, porque así fue, fue un semestre de dos meses.

Cada día tenemos menos ganas de hacer actividades, cada día solo pensamos cómo vamos a subsistir, cómo esperamos la noche y ni siquiera podemos dormir porque no nos sentimos cansados.

A través de mi ventana contemplo varias cosas: el cielo, los pájaros, los animales y su dicha de ser libres, ellos no viven con miedo a pesar de la destrucción que provocan las personas en sus ecosistemas.

Necesitamos saber cómo es el dolor de los animales en un zoológico, cómo era el sufrimiento de elefantes, jirafas y leones enjaulados en circos. Hoy los humanos debemos aprender a entender ese sufrimiento. Si tan solo la gente dejara de decir que esto es una farsa del gobierno.

Volver a mi pueblo, en San Antonio Techalote, me hace feliz. Mientras todo pasa volveré con mi gato en brazos a mi ventana a ver el Sol caer y quizá mañana haya mejores noticias.

Comentarios