Lol Canul
Maestra en ciencias de la salud

Una crisis de salud no viene sola, llega acompañada o precedida de otras crisis. La que hoy en día atravesamos había coqueteado previamente con la crisis medioambiental de la que hoy tomamos algunas notas.

La contaminación del agua, del aire y del suelo ya eran un tema de preocupación desde mucho antes de que se desatara la pandemia por Covid-19, las semanas posteriores a su escalada, dieron muestra de la fuerte presencia de la vida humana como pieza de esas problemáticas. Por múltiples medios se compartieron imágenes y reportes que indicaban la disminución de varios indicadores de la contaminación ambiental, se observaron especies exóticas en ambientes urbanizados, la calidad del aire mejoró y hasta las imágenes satelitales mostraron la significativa disminución de la contaminación del aire.

Si bien esto parecía a primera vista un panorama esperanzador, algunas personas expertas recordaron que, tras la crisis financiera mundial de 2008, la contaminación del aire tuvo una disminución del 1.4 por ciento, para tener un repunte significativo del 5.9 por ciento dos años más tarde. Por tanto, la proyección podría tener un mayor impacto a largo plazo sobre el medioambiente y de manera conjunta, con la salud humana.

Para el pasado mayo los datos duros indicaban que las emisiones de dióxido de carbono habían tenido la mayor caída registrada en la historia y un periodo relativamente corto (comparada con eventos dramáticos como la gripe española, la Gran Depresión y el fin de la segunda Guerra Mundial), visiblemente podrían atribuirse a la reducción del tránsito aéreo y terrestre. La demanda de carbón disminuyó un 8 por ciento a nivel global, lo mismo que el gasto energético cuyo cálculo de reducción se estima en el 6 por ciento. Con ello, también se reflejaba la caída de la economía y era probable que, con la recuperación de la misma, se cumpliera la estimación del elevamiento de la contaminación de gases. Aunado a esto, Inger Andersen, directora del programa ambiental de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), aseguró que los efectos del Covid-19 serían solo temporales, por lo que de ninguna manera podrían contarse como algo positivo.

Por su parte, el biólogo colombiano Germán Andrade apuntó que los procesos ecológicos del planeta son lentos y que los efectos de la pandemia no son evidencia suficiente para creer que representen una recuperación para el planeta.

El próximo noviembre se planeaba la cumbre anual sobre la acción climática (COP26) de la ONU, en la que 196 países presentarían sus respectivos planes para cumplir con las metas establecidas en el Acuerdo de París de 2015. Este año, al haber transcurrido un lustro desde las medidas acordadas entonces, la reunión representaba la oportunidad de evaluar y mejorar las estrategias firmadas. Sin embargo, la pandemia también ha obligado a posponer la cumbre sin fecha fija, aun cuando la prioridad sigue siendo el cuidado a la salud y esta no representa una buena noticia para acompañar los paulatinos retornos a la vida activa, al menos queda la certeza de que las naciones se han organizado con el objetivo claro de la salud pública y que tal unión puede replicarse para la protección del medio ambiente.

Aún falta dar seguimiento a los datos que se siguen retomando durante el periodo del Covid-19, pero no se debe perder de vista que los gobiernos tienen la obligación de garantizar derechos humanos y de proteger a las personas tanto en la salud pública como del daño ambiental.

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