Ha llegado a mí El diario de un olvidista, una novela de Paolo Pagliai, no por azares, pero sí por fortuna. En ella se describe una situación que funciona como una perfecta máscara para el teatro del mundo, quiero decir, como una ficción que es más cercana a la realidad que la realidad misma.

Nos ubicamos en la ciudad de Amnesia, donde ha sucedido una revolución triunfante, quiero decir, de esas que se convierten en gobierno. El nombre de esa ciudad es un honor a la victoria.

Pasa que los grandes teóricos del momento han descubierto la cura para el mal entre los seres de la humanidad.

En efecto, el ímpetu de la guerra y el conflicto lo provocan las reminiscencias del sentimiento, rencor, odio y el desplante irracional de la pasión, el apego, la frustración, pero, ¿qué sostiene todo esto, qué puede alimentar este comportamiento tan incompatible con el orden, a saber, la vida?

Sasha Óblomov, quien ahora es catedrático de teoría y praxis del olvido en la Universidad de Amnesia, ha desarrollado una tesis: “¡La memoria! Es la memoria que mueve masas populares contra otros seres humanos culpables de pertenecer a otra etnia o fe religiosa. Es la memoria que empuja a un pueblo contra otro, en nombre de la historia pasada, de los males y ofensas sufridas”.

Imagina que le creemos, le damos nuestro respaldo. Ahora despiertas a la mañana de una amnesia perfectamente controlada por el partido olvidista.

Sus agentes están en todas partes, resguardando la estabilidad de una ciudad donde se ha prohibido todo atisbo de recuerdo; la apelación al pasado es signo de potencial amenaza. Las fotografías de la infancia, los objetos de la nostalgia, incluso los libros –llenos de mentiras y distenciones temporales facciosas, imaginación, teoría– son considerados armas de la crueldad y el terrorismo.

La paz significa vivir el momento, el aquí y ahora. Solo el presente es estabilidad y paz.

Se declara entonces una poderosa afrenta a la muerte, toda añoranza es un deseo de vuelta, y la vuelta es irremediable. Se consuma una debacle contra las más íntimas conjugaciones personales, la maternidad es un riesgo que debe ser vigilado. Si una madre pierde a su hijo, ha de ser convencida de no haberlo tenido jamás. Los difuntos no son más que desapariciones, de las que se habla solamente por la sorpresa abrupta de una ausencia simple.

Nunca más el arte infundirá entre las juventudes el anhelo por una nueva expresión, otra sensibilidad que manifieste los bordes y posibilidades dejadas en la deriva de nuestros errores. No hay errores, solo leves delirios de alteridad, ignorancia que debe ser corregida con una educación más rigurosa y estricta.

En verdad Amnesia es una ciudad apacible, nadie dice nada, no hay nada que decir. Pasado el tiempo, incluso ya casi no se requiere usar la fuerza. Ahora solo hay algunos brotes de alucinación de pasado que llenan los cuartos de la institución psiquiátrica.

Esta es la situación de la novela de Pagliai, y ni yo ni quienes la hemos leído nos sobresalta el ver cómo en sus entrañas se forman grupos de oposición, desde los suburbios y la clandestinidad. La trama se va extendiendo de forma cautivante en la tensión entre quienes prefieren el olvido y quienes buscan recordar sin opresión, con la desnuda libertad de sentir su pertenencia y nombre en el mundo.

¿A qué precio estamos dispuestos a defender lo establecido, el orden?

La resistencia y reclamo en contra del orden actual de las cosas –y hay que tomar esta palabra por altisonante– se mantienen vitales y con una energía que parece inagotable. Sin embargo, constantemente me queda una leve inscripción en la libreta, un tajo de escritura para preguntar algo absurdamente simple pero esencial: ¿Realmente qué es lo que estamos buscando?

El mundo de lo moral, lo cívico y político, el pensamiento, la subjetividad, es paradójico y extraño, lleno de complicaciones, complejo: justicia es pensar en ello y actuar en correspondencia.

Esas son las lecciones en El diario de un olvidista, un relato donde Paolo explora los elementos constitutivos de una situación paradojal, una que con un par de nombres más familiares a la opinión pública corriente podríamos llamar nuestra propia casa.

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