Con tantos asesinatos y violaciones que han ocurrido en nuestro país se ha suscitado como nunca antes la posibilidad, quizá remota ¿o no tanto?, de implementar la pena de muerte como una medida justiciera contra todo aquel que perturbe la estabilidad de la sociedad.

Lo ocurrido a la niña de siete años, Fátima, no es un hecho aislado así como tampoco lo son los múltiples asesinatos de mujeres acontecidos a diario en México. Ahora más que nunca, en las calles, una vox populi pide, exige, la pena capital cuanto antes.

Tan antigua como la humanidad. La pena de muerte no fue objeto de críticas hasta el siglo XVIII con la difusión en Europa del movimiento ilustrado (primacía de la razón en detrimento de la autoridad, fe ciega en el progreso…) pero esas opiniones no se dirigieron tanto hacia el castigo como tal, sino a su abuso y brutalidad.

El pensador italiano Giuseppe Beccaria (1738- 94), sin embargo, se adelantó a su tiempo. En su obra Tratado de los delitos y de las penas expuso por primera vez una crítica razonada contra las ejecuciones: “La experiencia de veinte siglos prueba que el temor al último suplicio jamás ha disuadido a los hombres dispuestos a ofender a la sociedad”. Le apoyaron otros autores de la época, como el filósofo francés Voltaire y diversos gobiernos, como el de Toscana, primer estado europeo en abolir la pena de muerte, en 1786. A Austria le sucedió un año después. La generalización de las guerras napoleónicas (1793-1815) supuso un serio revés para el incipiente abolicionismo y las ejecuciones se restablecieron.

Durante el siglo XIX se extendió la lucha para eliminar la pena de muerte. Los esfuerzos de los abolicionistas consiguieron una significativa reducción de los delitos castigados de ese modo. Tras la segunda Guerra Mundial, la ONU manifestó su voluntad de que la pena fuera abolida en todo el mundo (sus recomendaciones no resultaban vinculantes para los países miembros). En aquellos momentos solo ocho países la habían suprimido en su totalidad; si no se podía alcanzar su total supresión, se debía intentar, al menos, que se aplicara con las debidas garantías: que fuera una pena recogida por la ley, destinada a mayores de 18 años en posesión de sus facultades mentales y reservada a delitos graves; sin embargo a pesar de estar establecidas estas garantías, existen ocho países: Arabia Saudita, EU, Irán, Nigeria, El Congo, Pakistán y Yemen que han ejecutado a menores desde 1990.

Pronto se demostró que el concepto “grave” variaba en función de los criterios culturales y religiosos. Así, en algunos países islámicos el adulterio femenino (no obstante el masculino) está castigado con la muerte. En la actualidad, 84 países han abolido la pena de muerte en todos los supuestos, otros la reservan únicamente para delitos especiales y algunos más la mantienen en su legislación, pero no la aplican. Los estados defensores de las ejecuciones suman 76 como es el caso de: EU, China, Irán, Arabia Saudita, Nigeria, Corea del Norte, Egipto, Cuba, Corea del Sur, Japón, Irak, por citar algunos que aplican la pena capital.

El problema de la pena de muerte radica en la falta de escrúpulos de los poderes políticos, económicos y religiosos que han ocupado ese método para detener el auge de movimientos obreros y opositores. El ejemplo de Irán que aplica la pena capital de acuerdo a la Sharia o ley islámica incluyendo ejecuciones de menores de edad que sirven, según argumenta el gobierno iraní, para dar ejemplo. Cabe mencionar que antes en ese país la pena de muerte se ejercía por medio de la dilapidación, ahora en un intento de mejorar la imagen al extranjero ese método brutal ha cambiado.

Los argumentos con que se defiende o se ataca la máxima condena del código penal son numerosos, así como los métodos de ejecución y las sentencias que se han revelado erróneas como el caso de EU en 1927 al condenar a muerte a dos anarquistas de origen italiano acusados de asesinato, pese a que uno de los auténticos culpables les exculpó; en España en 1963 la ejecución de Julián Grimau, ejecutado tras un proceso sin garantías imputándosele supuestos crímenes durante la guerra civil. Sea a favor o en contra es un tema que debe analizarse a conciencia con una ética y moral adecuadas, y valorar que la vida misma está en juego. ¿Tú lo crees? Yo también.

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