En la oscuridad a cubierto de la noche en las alturas del cerro de Las Coronas se escuchaba la voz de la anciana abuela enseñando a sus ya maleados Pelones, en el siglo pasado les replicó “¡ahí!, pasados los años sesentas se incubó el huevo de la serpiente de la prostitución, del alcoholismo, las drogas, la corrupción, la explotación y simulación de la población y de autoridades en el corazón de la villa”. La explotación de la mujer cayó en los más negros vicios de la moral y degradación interna en las céntricas calles y callejones donde habitaron y se desenvolvieron mujeres y hombres que fueron personajes de la vida nocturna del viejo mineral de Pachuca. La anciana conoció un universo de vivencias, crónicas y anécdotas de más de 50 años de esas maneras de existencia y excesos que dieron rostro a la sociedad, la misma que lo oculta escondiendo ese antecedente y el origen de sus riquezas por ahora ya ser parte de gente de sociedad y de sociedades.
Ella enfurecida, al grado del enloquecimiento, reprochó “el comercio de la prostitución”, el vicio permitido con agrado por las autoridades, el embuste, “el moche”, formó una cadena de podredumbre del tráfico de mujeres con derecho de piso, donde muestra, como en otros ámbitos, las autoridades, el gobierno y la delincuencia desde por 1930 y hasta 1984 que fueron “un mismo caldo”, muy coludidos y apegados a sus intereses obtuvieron fuertes cantidades de dinero, favores y beneficios innumerables por simular desconocer lo que sucedía, lo que padecía la sociedad prolongándose por más de cinco décadas. Las flamantes e impúdicas autoridades veíanse al lado de ostentosos pudientes, esos adinerados ya embrutecidos por el alcohol roseaban en todo el cuerpo con champaña a las suripantas, luego de iniciar su embrutecimiento con pulque.
La gran fiesta para los cientos de peregrinos con dirección “allá arriba” con sus invitados de algunos estados circunvecinos y de la ciudad de México aficionados al baile, a la prostitución, al alcohol, a la variedad, a los puticlubs, comenzaba desde que agarraban camino a Pachuca los viernes y sábados. Lo mismo hacían los lugareños del mineral de argento y poblados vecinos o aledaños, se encontraban en lugares emblemáticos; en el Reloj, en los viejos, famosos, tradicionales billares El Paraíso, frente al reloj, en los portales o arcos del virreinal jardín Constitución, en donde rondaban conocidos “cinturitas”; padrotes explotadores de suripantas “…en la Habana quién ya no conoce a un magnífico bailarín, anda siempre muy bien vestidito que parece un maniquí…”.
Una vez sonando las nueve de la noche en el campanario del monumento a la Independencia, tomaban camino a las alturas, “allá arriba”, así nombradas y conocidos la acumulación de tugurios, cabarets cantinas, emborrachaderos, puticlubs, desplumaderos y desveladeros, lugares de presumidos suculentos placeres, vicios, alcohol, drogas, güilas y deliciosos bailes. La vieja conocía perfectamente el drama de esos lugares, lo nombraba ella diciendo “según relatos de los enterados en esta parte de las faldas del cerro de El Lobo se cometían atrocidades violentas, abusos a las mujeres, se vieron mujeres con cuerpos lastimosamente golpeados, con enormes rastros de violencia sexual, abusos claros por ser ellas, lucían moretones, magulladuras, descoyuntadas, quemaduras con cerillo o cigarro, revolcadas, innumerables estrujadas”, merecido “por ser lo que eran”, así lo oyó la abuela de la boca de la autoridad “…las abandonadas, son fruto caído del árbol frondoso y alto de la vida…”, que entre ellas se consolaban, se curaban y procuraban en la desgracia.
En los primeros años de la década de los sesentas del siglo XX, aseguraba la viejilla protestando que “en las alturas hay no solo hoyos negros, hay grandes socavones de la perversión y corrupción de autoridades, que por conveniencia voltean para otro lado, no se enteran, dejan en total impunidad los abusos claros que no contemplan sus ojos deslumbrados por el dinero. No ven, no sienten, no oyen ni la música que sonaba en las rockolas de El Centenario atendido en la barra por doña Raquel”, la anciana que ya ebria le gustaba repetir las canciones de la “Pena Negra” y “Mazatlán” con Sonia López, ahí mismo la osada y disoluta vieja, bien metida en los negocios de esa elite, regenteaba a más de tres prostitutas ya mayores de 70 años. “…amor perdido, si como dicen es cierto que vives dichosa sin mí, vive dichosa… Amapola, lindísima amapola, no seas tan ingrata ámame amapola, cómo puedes vivir tan sola…”
Asiduos y devotos asistentes fueron los miembros del batallón y zona militar de la villa, que destacaron nada más por sus disipaciones en esos lugares de desenfreno. Desde muy temprano hasta uniformados asediaban los tugurios, a las ficheras, a toda mujer ofrecida, ya enviciados por la hierba, inhalaciones y alcohol ingerido armaban distinguidos espectáculos donde daban los peores golpes a las indefensas suripantas, enfrentaban hasta los representantes de la fuerza pública. Nada más controlaba sus perturbaciones el destacamento militar que acudía al auxilio de cantineros, prostitutas y hasta autoridades del supuesto orden, que, como ganado, a puros toletazos se los llevaban en el carro militar.
Alterada por el desgobierno de los uniformados, ya entre sueños, balbuceando fatigada murmuró la abuela “poco más de uno se ha preguntado cómo es la vida de una prostituta cuando no está trabajando, ejerciendo su oficio alcoholizada con los beodos embrutecidos, drogándose, bailando y fichando en los tugurios por dinero para subsistir hasta con familia …vuelve ahí cabaretera, vuelve a ser lo que antes eras en aquel viejo rincón…”, la viejilla se quedó dormida sin explicar esa vida doméstica de las mujeres públicas.

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