Las piernas y bultos eran un laberinto de obstáculos con los que Mariana intentaba chocar lo menos posible mientras corría, protegiendo con su cuerpo la invaluable y ridículamente delicada carga que llevaba entre manos en todas las ocasiones que pegaba contra una bolsa, un niño o un costal, mientras, detrás y en todas partes, escuchaba los gritos “¡agárrenla!”, “¡ladrona!”.
Salió del mercado a la carrera e hizo un trompo cuando chocó con una señora, apenas escuchó las groserías que le decía mientras seguía corriendo. Cruzó la calle sin percatarse del tráfico, las llantas de un coche soltaron un rechinido al frenar de momento, la defensa del vehículo apenas tocó las piernas de Mariana, pero fue suficiente para que cayera.
Se hizo un ovillo al rodar sobre el asfalto, rezando en torbellino que su carga no fuera destruida, la preciosa solución a todos sus problemas. Sin preocuparse por su espalda y brazos raspados, Mariana se levantó y continuó escapando, los gritos estaban más cerca y ahora estaban unidos a silbatos policiacos.
Atravesó la plaza brincando jardineras, entre arbustos que le arañaron aún más sus piernas, escuchando la bulla y silbidos para aprehenderla. En la siguiente calle tomó un instante para voltear al tráfico y evitar que fuera de nuevo atropellada, sin necesidad: una patrulla se detuvo y comenzaron a bajar oficiales hacia ella.
Mariana corrió frente a la patrulla, su frente sudando, sus manos protegiendo lo que había tomado, las botas persiguiéndola. En la acera había demasiada gente, demasiados vendedores con mercancía en el suelo, una mano intentó cogerla del hombro y escapó solo por centímetros; dobló una esquina, “¿por qué tenía que haber tanta gente?”, pensó Mariana con la misma rapidez con que movía sus pies.
Los silbatos y gritos seguían su persecución, los escuchaba como si los tuviera a un paso, parecía que todo el pueblo estuviera tras ella, pero no se atrevió a voltear para comprobarlo. Dio vuelta en otra esquina donde la calle comenzaba a estar más despejada, aunque no disminuyó el tamaño de sus zancadas.
El griterío comenzó a distanciarse, el asfaltó dejó paso a las vías de terracería, Mariana brincó una canaleta para dejar el camino y seguir su carrera entre pastos y hierbas, los silbatos ya solo eran perceptibles. Pasó un árbol solitario, siguió deprisa y alcanzó otro y otro, el pequeño bosque amortiguó los silbatos de la Policía, o tal vez ya no la perseguían. Decidió sentarse contra un tronco a descansar un momento para recuperarse.
Estaba echa un desastre, toda arañazos y sudor, el cabello enmarañado, pero vio lo que llevaba entre manos y sonrió al comprobar que milagrosamente estaba intacto, su respiración se fue calmando de a poco, su imaginación se lanzó en miles de posibilidad sobre lo que haría con su tesoro y la promesa de un futuro más favorable.
Más calmada, Mariana se levantó para ir a casa a paso tranquilo. Los árboles a su alrededor le brindaron tranquilidad y mitigaron un poco el espanto de su persecución, incluso rió sobre su experiencia, sorprendiéndose a sí misma que fuera capaz de lo que había hecho.
Tardó poco más de una hora que saliera del bosquecillo y ver su casa, una fina columna de humo salía del techo, su madre estaría cocinando. Dio una carrera para darle la sorpresa a su mamá y entregarle el regalo que les daría un mejor futuro, un mejor presente. Lo pensó y aminoró el pasó, tendría que limpiarse antes de llegar. Fue a la pileta para lavarse.
Con ternura, dejó su carga en la tierra mientras se limpiaba la cara, el cabello y las raspaduras lo mejor que pudo. Cuando creyó que estaba lista tomó el futuro que había descansado en la tierra y fue a casa.
Deslizó el tablón que hacía de puerta y entró en la semioscuridad, su madre meneaba una única olla de barro sobre la leña encendida, “¿dónde estabas?”, preguntó con una sonrisa, desviando la atención del agua que bullía con unas cuantas de rodajas de verduras, Mariana le regresó la sonrisa y, sin decir nada, dio un paso para colocar sobre la mesa desvencijada su regalo: “a la medianoche ya podremos tener comida todos los días, y cobijas, y platos, y todo lo que queramos y deseemos”.
La mamá de Mariana vio lo que había sobre la mesa, sus labios hicieron una mueca de ternura y preocupación, solo había una manera en que su hija pudo conseguir aquello. “Lo que quiero es que no lo vuelvas a hacer, te lo agradezco, pero por favor, no lo vuelvas hacer”, dijo y le besó la frente a Mariana, “aunque es injusto que todas sean para mí”, y dividió el regalo por la mitad.
Al recibir su mitad, Mariana se llenó de impaciencia porque llegara la medianoche; rápidamente su cabeza se llenó de sueños, sin embargo apartó uno de los seis que le compartió su madre para hacer lo justo: desearía dinero pagar las 12 uvas que había tomado.

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