Lo estaba persiguiendo una sombra, un espíritu venido del otro lado de la oscuridad. Venía por él para sumergirlo en una negra noche sin retorno, sin huida, sin esperanza.

Llevaba una hora corriendo por la calle desierta y ya estaba agotado. Ningún alma se había cruzado con él en todo aquel tiempo y dudaba que volviera a encontrar a alguien en la desierta ciudad.

Todo había iniciado a las tres de la madrugada cuando salió del antro y un frío desgarrador lo atravesó de parte a parte. Poco después una lluvia gruesa lo empapó.

Al cruzar la calle y girar a la derecha, en una esquina que había atravesado miles de veces, le pareció que no era el lugar que siempre recorría, que era otro distinto. Buscó el nombre de la calle, pero no lo encontró.

No le dio mucha importancia a aquello y se adentró por ella sin temor alguno. Además, tomar otro camino significaba perder media hora para llegar a su casa, lo cual era demasiado.

Al poco de caminar por la acera desnuda, llena de presagios negativos, se arrepintió de su decisión, pues nunca se sintió tan perdido como en aquellos momentos en que nada de lo que veía le recordaba a nada.

En un momento dado se sentó en la acera y reflexionó sobre lo que debía hacer: “¿vuelvo por donde he venido y tomo otro camino o sigo por este que parece llevarme a ningún lugar conocido?”.

Paul era testarudo y decidió seguir adelante, según sus cálculos no le quedaba mucho para torcer a la derecha y encontrarse a 50 metros de su casa. Pero se equivocaba y eso, aunque no lo supiera en esos momentos, le costaría muy caro.

Empezó a sentirse perseguido por alguien y un sentimiento de miedo se apoderó de él. Al poco, estaba ciego de horror y sus pies volaban por los adoquines en una carrera desenfrenada.

Una hora después cayó de bruces, con la boca abierta buscando aire. La carrera lo había dejado exhausto. En su último instante, buscó con la mirada a su perseguidor, pero lo único que encontró su alma perdida fue su propia mirada vidriosa en un charco.

Una sombra pasó a su lado y miró directamente a sus ojos sin vida. Bajó hasta él y le cerró los párpados con unas manos sin carne, solo huesos. Luego, la muerte silbó su canción preferida y se fue caminando tranquilamente hacia el amanecer de un nuevo día.

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